Wakaliwood Ebola Hunter

TRES PUTOS DUROS, A TOPÍSIMO DE ULTRAVIOLENCIA O POR QUÉ EL CINE DE UGANDA TIENE MÁS COJONES QUE TODO EL UNIVERSO CINEMATOGRÁFICO DE MARVEL JUNTO… esto es Wakaliwood

Hollywood está muerto por si no te has pispado aun, huele a plástico quemado y su cadáver está siendo devorado por ejecutivos trajeados que creen que gastar doscientos millones de dólares en un mapache hecho por ordenador es la cumbre del séptimo arte. Mientras la industria occidental agoniza entre secuelas innecesarias, reboots sin alma y universos cinematográficos que requieren un doctorado en mediocridad para ser entendidos, la verdadera salvación del cine de acción no ha venido de las colinas de Los Ángeles, ni de los estudios europeos. Ha bajado directamente de las barriadas de Kampala, Uganda, con un presupuesto que apenas cubriría el catering de aguacates de Tom Cruise.

Bienvenidos a Wakaliwood. Si no sabes de lo que estoy hablando, hazte un favor, tira tu carnet de cinéfilo por el retrete y prepárate para entender lo que significa el cine cuando le quitas el dinero, el ego y la pedantería, y lo llenas de sangre falsa, kung-fu callejero y pasión homicida.

CAPÍTULO I: El milagro de los doscientos dólares

Para entender el fenómeno de Ramon Film Productions (el nombre oficial de este bendito manicomio), hay que conocer a su profeta: Isaac Nabwana, o como se le conoce en las calles, Nabwana I.G.G. Este tipo no fue a la escuela de cine de Nueva York ni se pasó la juventud chupándole los cojones canosos a productores que huelen sospechosamente a esmegma. Nabwana aprendió a hacer cine haciendo cursos de reparación de ordenadores y viendo películas de Chuck Norris, Bruce Lee y Sylvester Stallone en cines improvisados de su barrio, Wakaliga.

Con un presupuesto promedio de 200 dólares por película (sí, dos ceros, lo que te gastas tú en un fin de semana si te vienes arriba pidiendo por Glovo), Nabwana ha creado una industria entera. Y no hablo de cine contemplativo de autor donde un tipo fuma mirando a la pared durante tres horas. Hablo de cine bélico. De helicópteros explotando. De comandos de élite. De mercenarios, caníbales y artes marciales.

¿Cómo demonios se graba Black Hawk Derribado en un suburbio de Uganda con el presupuesto de una cena entre colegas? Con una creatividad que dejaría a Christopher Nolan llorando en posición fetal. Ligad esto:

  • El equipo técnico: La cámara de Nabwana se construyó con piezas de repuesto y se arregla con cinta americana. Su grúa para planos cenitales está hecha con piezas de un tractor viejo y tubos de PVC. Los trípodes se sueldan a partir de gatos hidráulicos de coche.
  • Los efectos especiales (FX): Si crees que el CGI moderno es malo, espera a ver un helicóptero de Wakaliwood. Nabwana usa una versión pirata y prehistórica de Adobe After Effects en un ordenador ensamblado con chatarra que probablemente alcanza los cien grados centígrados al renderizar un frame. Los disparos de ametralladora parecen pintados en Paint, y las explosiones son tan descaradamente falsas que dan la vuelta a la campana de Gauss y se convierten en puro arte de vanguardia.
  • La sangre: Condones llenos de colorante alimentario y agua. Se pinchan, explotan y rocían a los actores. Tarantino pagaría millones por conseguir una textura así de ridícula y maravillosa.
  • El armamento: Las ametralladoras Gatling y las balas de estas películas están talladas a mano en madera o ensambladas con tuberías y sartenes viejas. Si te fijas bien, en mitad de un tiroteo frenético puedes ver la marca de la fontanería local en el cañón del arma.

Nabwana I.G.G.

Esa postura de «silencio en el set» demuestra que cuando se lleva el cine en la sangre, el mejor estudio de grabación es la propia determinación. Un verdadero maestro operando con la precisión de quien sabe exactamente cómo inmortalizar la escena

CAPÍTULO II: ¿Quién mató al Capitán Alex? El Ciudadano Kane del cine ugandes

El punto de entrada obligatorio a esta demencia es Who Killed Captain Alex? (2010), la primera película de acción de Uganda y, francamente, la única película que necesitas ver este año. La trama es un laberinto de venganza, mafia y helicópteros bombardeando Kampala que ríete tú de Misión Imposible.

El Capitán Alex es el mejor soldado del ejército ugandés, enviado para acabar con la Mafia del Tigre, liderada por un villano maravilloso cuyo cuartel general parece ser el patio trasero de su propio cuñado. De repente, el Capitán Alex es asesinado. ¿Por quién? No importa. Lo que importa es que su hermano, el «Bruce Lee de Uganda», clama venganza.

La película es una avalancha de violencia artesanal de 60 minutos de duración. Los actores no hacen coreografías ensayadas con dobles de riesgo; se pegan de verdad. El kung-fu de Wakaliwood (o Kung-Fu de Supervivencia, como deberíamos llamarlo) consiste en tíos lanzándose patadas voladoras en mitad del barro, aterrizando sobre ladrillos y levantándose para seguir grabando. Hay una secuencia donde un helicóptero CGI destruye media ciudad con unos efectos visuales que parecen sacados del primer Doom de 1993, y la seriedad con la que todos los actores miran al cielo gritando es más inmersiva que cualquier película de superhéroes reciente.

Con $85 en presupuesto y un «VJ» gritando encima de la película, este hombre logró más tensión y entretenimiento que toda la fase 4 de Marvel junta. La prueba viviente de que para matar al Capitán Alex no hacían falta efectos digitales, solo ganas de incendiar Wakaliwood.

CAPÍTULO III: La figura de VJ Emmie: El comentarista del caos

Aquí es donde Wakaliwood pasa de ser una curiosidad graciosa a un fenómeno cultural absolutamente brillante. En los cines locales de los suburbios africanos (las «video halls»), las películas en inglés o cantonés se proyectaban sin subtítulos. Para que el público entendiera qué estaba pasando, apareció la figura del Video Joker o VJ. Un tipo con un micrófono en la sala que traducía, comentaba, se burlaba e interactuaba con la película en tiempo real.

Nabwana, en un movimiento de genialidad absoluta, decidió integrar al VJ directamente en la pista de audio de sus películas. Y el indiscutible Dios de este formato es VJ Emmie.

VJ Emmie no es un narrador omnisciente; es tu colega hiperactivo que se ha tomado cuatro Red Bulls y te está gritando al oído mientras veis la peli. A lo largo del metraje de Captain Alex o Bad Black, Emmie interrumpe la banda sonora (que suele ser un cover midi en flauta de Kiss from a Rose de Seal) para gritar barbaridades increíbles:

  • «¡MOVIE! ¡MOVIE! ¡MOVIE!» (Para recordarte que estás viendo una película, por si la calidad del CGI te había confundido con la realidad).
  • «¡SUPA KICKER!» (Cada vez que alguien levanta la pierna más de un palmo del suelo).
  • «¡TIGER MAFIA! ¡EXPECT THE UNEXPECTABLE!» (La mejor frase promocional jamás concebida por el ser humano).
  • «He is hacking… he is hacking… HE IS THE UGANDAN HACKER!» (Mientras un personaje teclea en un teclado desenchufado frente a un monitor apagado).

Emmie rompe la cuarta pared, se burla de los propios errores de la película, avisa al público de que se preparen para la acción y añade efectos de sonido con su propia boca («¡Pew! ¡Pew!»). Es un nivel de autoconsciencia metanarrativa que Charlie Kaufman mataría por escribir, pero aquí surge de la más pura y cruda espontaneidad.

El único hombre en la historia del cine capaz de doblar todas las voces, narrar la acción y spamear «SUPA ACTION» en tiempo real sin arruinar la película. Es la prueba viviente de que si Nolan le pusiera un VJ Emmie a sus producciones, por fin entenderíamos de qué van sus putas mierdas.

CAPÍTULO IV: Bad Black y la madurez de un cineasta kamikaze

Si Captain Alex fue el debut explosivo, Bad Black (2016) es la consolidación del estilo Wakaliwood. Aquí Nabwana se atreve a mezclar la acción desatada con el drama social, pero a su manera. La historia sigue a Swaaz, un médico occidental interpretado por un turista que pasaba por allí y al que pusieron a actuar (literalmente, así es como Nabwana consigue a sus actores blancos), que aprende «kung-fu de comandos» para recuperar una chapa de identificación militar robada por una niña soldado.

En Bad Black, el presupuesto subió (probablemente a 250 dólares). Las coreografías son más rápidas, las explosiones cubren más porcentaje de la pantalla y la inclusión de los «Waka Starz» (niños del barrio entrenados en artes marciales que se parten la cara en pantalla con una agilidad terrorífica) le da a la cinta una energía que roza el frenesí. Hay persecuciones en motos que no envidian nada a Mad Max, asumiendo que Mad Max se hubiera rodado en un callejón sin asfaltar esquivando gallinas reales.

(Un médico estadounidense secuestrado por la mafia ugandesa que termina convertido en el mejor maestro de kung-fu de las favelas para ayudar a una prostituta a recuperar sus diamantes. Si le presentas este guion a un productor de Los Ángeles te echa de la oficina, pero en Wakaliwood es literalmente una tarde cualquiera de gloria cinemática)

CAPÍTULO V: Lecciones de dignidad artesanal para una industria agonizante

Lo fascinante de Wakaliwood no es reírse «de» ellos. Ese es el error del cinismo occidental. El gafapasta medio ve Who Killed Captain Alex? como una comedia involuntaria, cine trash para consumir de forma irónica en un festival alternativo. Pero si rascas esa pátina de superioridad moral, te das cuenta de que Nabwana y su equipo están haciendo exactamente el cine que quieren hacer. No hay cinismo en sus películas. Hay una alegría desbordante, pura e infecciosa. Saben perfectamente que su helicóptero se ve falso; por eso VJ Emmie grita «¡CGI ACTION!» mientras ocurre. Juegan con la precariedad y la convierten en su lenguaje estilístico.

En una industria donde los directores se deprimen si el estudio no les aprueba un travelling de grúa de 50.000 dólares, los tipos de Wakaliga agarran un tubo de fontanería, le pegan un móvil con celo, gritan «¡Acción!» y te regalan la persecución más divertida y honesta que vas a ver en tu vida. Nos están recordando que el cine, antes que un negocio, antes que un mensaje panfletario, y mucho antes que un escaparate de vanidad, nació para ser un jodido espectáculo de magia. Y en las calles de Kampala, la magia explota a base de colorante rojo y pólvora barata.

Nabwana I.G.G.

En Hollywood se gastan trescientos millones de dólares para que la gente mire el móvil a mitad de la película, mientras Wakaliwood, con cámaras caseras y pistolas de madera, llena teatros enteros con pura emoción. La lección es demoledora: el gran cine nunca dependió del presupuesto, sino del amor absoluto por contar una historia