Citizen Vigilante, de Uwe Boll
Citizen Vigilante, de Uwe Boll, cine aceleracionsta

CINE ACELERACIONIOSTA, LA FÁBRICA DEL ODIO EN ALTA DEFINICIÓN: ACELERACIONISMO, CHIVOS EXPIATORIOS Y EL REGRESO DEL SULTÁN DEL ESTIÉRCOL

El Apocalipsis no es que te caiga un meteorito de 13×13 metros en los genitales. El Apocalipsis es que te levantes un martes por la mañana, abras una red social propiedad de un milmillonario de esos que ganaron su dinero con la esclavitud de gente en minas de esmeraldas, con complejo de mesías y descubras que el debate cultural del planeta Tierra está siendo dictado por Uwe Boll. Sí, ese Uwe Boll. El boxeador aficionado de Wermelskirchen. El hombre que convirtió videojuegos de tercera división regional, en crímenes contra la humanidad en forma de celuloide. El director que pasó una década entera demostrando que el cine de explotación no había muerto, sino que simplemente olía a sobaco y a presupuesto financiado con desgravaciones fiscales alemanas altamente sospechosas.

Resulta que en pleno 2026, el cine ya no quiere hacerte llorar, ni hacerte pensar, ni siquiera meterte la mano en la cartera con una secuela tardía de superhéroes en mallas. El cine actual, al menos el que opera en las alcantarillas del algoritmo, quiere que odies. Quiere que te suba la tensión. Quiere recordarte, cada quince segundos, que el vecino del piso de al lado —el que vino en patera o cruzó una frontera sin pedir permiso— tiene la culpa de que tu sueldo no te dé para comprar aceite de oliva y de que tu equipo de fútbol haya bajado a segunda división.

Bienvenidos a la era del cine aceleracionista de guerrilla. Una industria de la bilis sintonizada en la frecuencia del cabreo colectivo, donde los directores ya no filman planos; filman cebos de clics con metralletas. Y en el trono de esta pocilga, coronado con una gorra de béisbol sudada y sosteniendo un guion que parece redactado por un bot de 4chan en pleno brote psicótico, se sienta nuestro viejo amigo Uwe. Su última gracia se llama Citizen Vigilante. Y para asegurarse de que la sopa de casquería ideológica estuviera completa, ha contratado como protagonista al mismísimo epítome del colapso de Hollywood: Armie Hammer, el actor al que internet canceló por mandar mensajes subidos de tono sobre costillas a la barbacoa de señoritas y fantasías de antropofagia doméstica.

Estono es cine. Esto es una lobotomía con música de sintetizador barata. Agarraos los machos, que venimos con la escopeta cargada, es el cine aceleracionista.

Póster de Torrente Presidente

Con Torrente Presidente, Santiago Segura abraza definitivamente las dinámicas del cine aceleracionista, pisando el acelerador del esperpento patrio para dinamitar la política contemporánea desde sus propias ruinas. Al convertir el cinismo institucional en un espectáculo hiperbólico, la película opera como un acelerador de partículas del ridículo nacional donde la única salida al colapso es precipitarlo. El resultado es un ejercicio de populismo cinético que no busca satirizar el sistema, sino colapsarlo por exceso de velocidad con ayuda de gente tan satanizada como Kevin spacey, Vito Quiles o Alec Baldwin.

I. ¿Qué cojones es el cine aceleracionista o «Aceleracionismo Cinematográfico»?

Para entender por qué las pantallas huelen a pólvora y azufre, hay que repasar la teoría. El aceleracionismo clásico era esa paja mental filosófica que decía que, dado que el capitalismo es inherentemente destructivo y alienante, la única forma de acabar con él no es frenarlo, sino pisar el acelerador. Llevar el sistema al extremo absoluto de sus contradicciones para que explote por saturación. Si la sociedad está alienada, volvámosla absolutamente psicótica; si la economía es precaria, destruyamos los últimos reductos de estabilidad para que la masa no tenga otra opción que la revolución o la barbarie.

Pero claro, cuando esta movida pasa por el filtro de los productores de serie B y los agitadores de la extrema derecha digital, el aceleracionismo sufre una mutación asquerosa. Ya no se trata de colapsar las estructuras del capital. Se trata de acelerar el colapso de la convivencia civil.

El cine aceleracionista actual es un subgénero de la provocación pura que funciona bajo una premisa perversa: la indignación es el único combustible que queda en la taquilla. Su objetivo no es estético, es fisiológico. Quiere alterar tu sistema nervioso. ¿Cómo? Utilizando las narrativas más burdas, violentas y divisorias posibles para radicalizar al espectador común. Es cine diseñado específicamente para que un señor de cincuenta años comparta el tráiler en su grupo de WhatsApp al grito de «¡Al fin alguien dice las verdades!», mientras en el otro lado del espectro ideológico se organizan boicots que, paradójicamente, solo sirven para que la película reciba millones de dólares en publicidad gratuita.

Y dentro de este mapa de la infamia, el mecanismo estrella es el viejo truco del chivo expiatorio.

La fórmula es tan vieja como el Imperio Romano, pero adaptada al formato de lente anamórfica:

  • Paso 1: Identifica un malestar social real (la inflación, la falta de vivienda, el desempleo, el miedo al futuro).
  • Paso 2: En lugar de analizar causas complejas (fondos buitre, desindustrialización, automatización), simplifica el problema hasta que quepa en un bocadillo de cómic.
  • Paso 3: Culpa al inmigrante. Al extranjero. Al diferente. Al que no tiene un altavoz para defenderse.
  • Paso 4: Pon a un hombre blanco, traumatizado y extremadamente armado a limpiar las calles en nombre de la «gente de bien».

Este tipo de cine no busca la catarsis clásica; busca la combustión. No quiere que salgas de la sala aliviado tras ver cómo los malos reciben su merecido. Quiere que salgas mirando de reojo al repartidor de Glovo, sospechando de cualquiera que hable otra lengua, y deseando que un justiciero con la cara desencajada se pase por tu barrio a poner «orden». Es propaganda industrializada envuelta en el celofán del entretenimiento de acción.

Call me by your name

– ¿Que es lo que tienes aquí?

–  Tres kilos de carne en barra

– Joder macho, no eres para nada romántico

– Más que romántico, un poco caníbal. Carne en barra, humano…jejeje

– Así vas a quedar para vestir santos.

– Y para comérmelos

II. Uwe Boll y la genealogía del mal gusto

Para hablar de Uwe Boll hay que lavarse la boca con lejía. Y la polla también, ya de paso. Quienes llevamos décadas arrastrándonos por el fondo del cubo de basura del género sabemos perfectamente de qué pie cojea el señoro este. Hubo una época en la que Uwe era simplemente un chiste con patas. Un meme viviente. El tío que perpetró adaptaciones infames de videojuegos como House of the Dead, Alone in the Dark o BloodRayne. Películas tan rematadamente malas, tan pésimamente iluminadas y editadas con lo que parecía ser una motosierra desafilada, que la comunidad cinéfila internacional llegó a firmar peticiones masivas en internet rogándole que se retirara.

¿Qué hizo Boll? En lugar de esconderse en su cueva o apuntarse a un curso de realización en la escuela de cine local, retó a sus críticos más feroces a un combate de boxeo real. Los subió a un cuadrilátero y les partió la cara uno a uno. Un movimiento de relaciones públicas maestro que ya adelantaba lo que sería su filosofía vital: si no puedes convencerlos con talento, golpéalos hasta que se callen. Incluso apalizo al fondoncete de Carlos Palencia. No se si sigue vivo.

Pero debajo de ese bufón del gore cutre siempre latió un nihilista muy peligroso. Cuando se cansó de los vampiros y los zombis pixelados, Boll descubrió que la realidad le ofrecía un lienzo mucho más jugoso para desatar su misantropía. Así nació la trilogía Rampage. Aquella saga ya contenía todo el ADN del aceleracionismo moderno. Un tipo corriente, frustrado con la sociedad de consumo y el sistema político, decide ponerse un traje de kevlar, armarse hasta los dientes y salir a la calle a masacrar civiles al azar para «despertar al mundo». Boll no condenaba al asesino; lo filmaba con una fascinación casi erótico festiva. Disfrutaba con cada ráfaga de ametralladora, con cada transeúnte reventado contra el asfalto. Era el porno de la frustración social.

Tras unos años de aparente retiro donde se dedicó a los restaurantes de salchichas gordas y a despotricar contra Hollywood en vídeos caseros de YouTube donde parecía un abuelo enfadado porque le habían cobrado de más en el supermercado, Boll ha visto el cielo abierto con la actual polarización geopolítica. Ha olido la sangre en el agua. Sabe que las sociedades occidentales están al borde de un ataque de nervios colectivo por el tema migratorio, potenciado por discursos políticos incendiarios y la histeria catódica diaria.

Y su respuesta ha sido corrersenos en la cara su obra más abyecta, oportunista y abiertamente reaccionaria hasta la fecha.

Uwe Boll

Si Uwe Boll ya la jodió a lo grande adaptando Postal, lo de su última película tiene todavía más guasa. Nadie sabe a ciencia cierta si nos está colando una nazistada de manual o la cima del cine aceleracionista.

III. El caníbal y el justiciero: Desgranando Citizen Vigilante

Llegamos al meollo de la cuestión. Citizen Vigilante de 2026. La película que ha logrado que los organismos de calificación alemanes (la FSK) le nieguen el certificado de edad por considerar que directamente incita a la violencia contra las minorías y los migrantes. Una decisión que a Uwe, por supuesto, le ha importado tres cojones, porque rápidamente ha corrido a los brazos de Elon Musk para que su plataforma X se convierta en el megáfono de distribución alternativo de esta inmundicia. La tormenta perfecta del márketing del agravio.

Hablemos del reparto. Para interpretar a Sanders, el protagonista de esta bacanal de odio, Boll no podía elegir a un actor cualquiera. Necesitaba a alguien que arrastrara su propio fango mediático. Y ahí aparece Armie Hammer. El heredero de un imperio petrolero, el tipo de mandíbula cuadrada que Hollywood intentó vendernos como el galán definitivo en The Lone Ranger y Call Me by Your Name, antes de que salieran a la luz aquellos infames chats donde fantaseaba con cortarle un dedo a una mujer para guardárselo en el bolsillo o beberse su sangre. El «actor caníbal», como lo bautizó el ala más chismosa de las redes sociales.

Hammer, proscrito por la industria y con una carrera más muerta que el respeto de Boll por el eje de miradas, aceptó el papel. ¿Por qué? Porque Boll, muy ladino, sabe que el morbo vende. Ver a un actor cancelado por supuestas tendencias antropófagas interpretando a un psicópata xenófobo es un metachiste que se escribe solo. Es el colmo del cinismo cinematográfico. Igualito que por Torrente Presidente.

La trama de Citizen Vigilante es una fotocopia borrosa y fascistoide de Death Wish (El justiciero de la ciudad) de Charles Bronson, pero desprovista de cualquier atisbo de subtexto o dignidad dramática, y de desatre Cannon films. Sanders (Hammer) es un estadounidense que vive en Europa. Un expatriado —es decir, un inmigrante con dinero y privilegios, la primera ironía que a Boll se le escapa por completo— que sufre una tragedia personal de tintes brutales. A partir de ahí, el personaje sufre una epifanía fascista: la culpa de la decadencia de Occidente, del crimen callejero y de su propia miseria moral la tienen las oleadas de inmigrantes del sur global.

Lo que sigue es una sucesión de secuencias rodadas con esa cámara en mano temblorosa que Boll confunde con «realismo documental», donde vemos a Hammer persiguiendo y ejecutando de forma sumaria a familias migrantes en su propias casas. La película no tiene estructura, no tiene arco de personajes, no tiene coherencia interna. El guion parece escrito con los comentarios más salvajes de un foro neonazi. Las víctimas no son personajes; son caricaturas sin rostro, deshumanizadas hasta el extremo para que el espectador no sienta un ápice de empatía cuando Sanders les vuela la tapa de los sesos con un fusil de asalto.

Lo verdaderamente repugnante de Citizen Vigilante es cómo Boll retrata el vigilantismo. Sanders no es un proscrito atormentado. A medida que avanza el metraje, se convierte en una estrella de las redes sociales. La película celebra cómo los algoritmos premian su carnicería, cómo los usuarios de internet crean memes alabando sus asesinatos y cómo la opinión pública se vuelca con el verdugo. Es un espejo deforme y asqueroso de nuestro tiempo: la conversión del asesinato ideológico en contenido de consumo rápido para pantallas de cinco pulgadas.

Boll intenta escudarse en que su película es una «crítica social» y un «reflejo de las pasiones más bajas del ciudadano pacífico». Y una mierda, Uwe. No nos vendas gato por liebre. Esto no es una radiografía del fascismo cotidiano; es un manual de instrucciones. Es coger la gasolina del racismo ambiental, echarle el fósforo de la violencia gráfica explícita y sentarse a ver cómo arde la taquilla digital mientras te embolsas los beneficios del streaming.

Citizen Vigilante

Resulta imposible mirar su gesto tenso sin pensar en sus polémicos chats sobre canibalismo y sospechar que la pistola le pesa menos que las ganas de hincarle el diente a alguno de sus coprotagonistas.

IV. La estética de la bilis: Cómo identificar el cine aceleracionista

Para que no te la cuelen en el catálogo de tu plataforma de confianza, es vital saber diseccionar este tipo de cine. El aceleracionismo cinematográfico o cine aceleracionista, a parte de ser siempre una putisima mierda diarreica, comparte una serie de constantes formales y narrativas que lo diferencian del cine de acción o del thriller político convencional. Son producciones que no buscan la excelencia artística, sino la estimulación primaria del enfado.

Aquí tienes la guía definitiva para detectarlo antes de que te den ganas de lanzar el mando de la televisión contra la pared:

Característica Cine de Acción Tradicional Cine Aceleracionista de Guerrilla
El Antagonista Un villano con motivaciones claras (dinero, poder, venganza personal). Un colectivo deshumanizado (inmigrantes, minorías, colectivos sociales).
La Solución al Conflicto Restaurar la justicia o detener el plan del villano. La aniquilación física sistemática del «otro» para purgar la sociedad.
Tratamiento de la Violencia Estilizada, coreografiada o trágica. Fea, explícita y celebrada como un acto de justicia popular.
Relación con la Realidad Creación de un universo de ficción con reglas propias. Parasitismo de tragedias reales de los informativos para avivar el morbo.
Objetivo Final Entretener o conmover al espectador. Cabrear, polarizar y generar debates incendiarios en redes sociales.

 

El Cine Aceleracionista se alimenta de la estética del feísmo. Desconfía de las películas que abusan del color grisáceo industrial, de los diálogos que parecen sacados de un mitin de un partido ultra y de las producciones que basan toda su campaña de márketing en el hecho de haber sido «censuradas» o «prohibidas» por las élites biempensantes. La supuesta censura es su mejor activo comercial.

V. Conclusión: Tiradle un coctel Molotov a las pantallas y salid a la calle

El verdadero peligro de engendros como Citizen Vigilante y el cine aceleracionista no es que vayan a convertir a un ciudadano modélico en un terrorista de la noche a la mañana. La mente humana suele ser un poco más compleja que el mecanismo de un chupete, afortunadamente. El peligro real es la insensibilización por acumulación. Cuando la dieta audiovisual de una sociedad se compone exclusivamente de discursos de odio en formato de hora y media, lo intolerable empieza a parecer normal. La violencia verbal y física contra el eslabón más débil de la cadena social deja de ser una aberración para convertirse en el paisaje de fondo de nuestras vidas cotidianas.

Uwe Boll ha encontrado su hábitat ideal en el lodazal contemporáneo del Cine Aceleracionista. Ya no necesita esforzarse por hacer buenas películas; le basta con hacer películas que pinchen en el nervio más expuesto del racismo estructural. Y con Armie Hammer prestando su rostro demacrado para la causa, han cerrado el círculo perfecto de la explotación moderna: un director maldito y un actor maldito unidos para fabricar el producto más maldito posible.

Desde esta esquina del «internete» nos negamos a pasar por el aro. Frente a su aceleracionismo del cabreo y su cine de trinchera ideológica, la única respuesta válida es el desprecio absoluto, la crítica feroz y, sobre todo, no darles el dinero de tu suscripción. Si Uwe Boll quiere pelea, que vuelva a subirse a un ring de boxeo. Pero que deje de ensuciar las pantallas con su bilis barata y sus discursos de odio para masas aburridas. Ya basta de alimentar al monstruo.

Pasad de tas mierdas, tomaos un «ron-cola» y dejad de odiar al de enfrente solo porque un director alemán sin talento te lo sugiera en un plano contraplano mal editado.

Aquí metiéndole de hostias a Carlos Palencia, como Bonus en el texto