Upright: El arte de arrastrar un piano por la nada (o cómo sobrevivir a Australia y a uno mismo)
Introducción: La teoría del piano en el maletero
Hay una regla no escrita en la vida que dice que si vas a arruinarte el futuro, al menos hazlo con estilo. La mayoría de los mortales elegimos borracheras tristes, buscar en Google síntomas médicos a las 3:00 a.m. hasta convencerte de que te quedan cuatro semanas de vida por un dolor de muela o compras impulsivas en internet a las tres de la mañana. Pero los australianos no son como nosotros. Los australianos tienen reptiles del tamaño de piraguas, arañas que pagan impuestos y una capacidad innata para convertir cualquier drama existencial en una travesía en carretera con pinta de suicidio asistido por el paisaje.
Upright empieza con la premisa más absurda y maravillosa que se le podría ocurrir a una mente razonablemente lúcida: un tipo acabado, con la barba de tres semanas de quien ha tirado la toalla y un piano vertical metido con calzador en el maletero de una camioneta destartalada, cruzando el implacable desierto de Nullarbor.
¿Por qué llevar un piano de más de doscientos kilos a través de miles de kilómetros de tierra roja, moscas kamikazes y un calorazo que derrite las suelas de los zapatos? Porque el arte es así de caprichoso, o porque el ser humano es incapaz de gestionar la culpa sin meter de por medio un objeto voluminoso que entorpezca cada segundo de su existencia.
Y entonces ocurre. Porque en toda buena road movie tiene que haber un accidente, literal y figurado. Nuestro protagonista, Lucky Flynn, colisiona, de la forma más violenta, ridícula y providencial posible, con Meg, una adolescente de quince años que lleva más rabia concentrada en las venas que una lata de bebida energética agitada dentro de un microondas.
A partir de ese choque de chapa, huesos y malas decisiones, Upright deja de ser la historia de un hombre y un piano para convertirse en algo mucho más salvaje, tierno y desgarrador: el relato de dos naufragios ambulantes que intentan no ahogarse en medio del lugar más seco del planeta.
Al César lo que es del César y a la tarántula lo que pida Hacienda, que el asfalto del secarral no se paga solo.
Los sospechosos habituales: Tim Minchin y Milly Alcock
Para entender por qué Upright funciona con la precisión de un reloj suizo que ha sido sumergido en cerveza y luego secado al sol, hay que hablar inevitablemente de sus dos pilares fundamentales.
Por un lado tenemos a Tim Minchin. Para quien no lo conozca, Minchin es una suerte de virtuoso del piano, comediante, compositor de musicales de éxito masivo (Matilda) y un tipo con el pelo de un científico loco que acaba de sobrevivir a una descarga eléctrica. Minchin no solo co-creó, escribió y compuso la música de la serie, sino que le presta a Lucky Flynn toda su humanidad maltrecha. Lucky es un músico fracasado, un tipo golpeado por la vida, experto en huir de sus problemas a una velocidad razonable hasta que la realidad le pincha las ruedas. Minchin interpreta a Lucky no como el típico héroe incomprendido, sino como lo que realmente es: un desastre con buen corazón, alguien que usa la ironía como chaleco antibalas porque el dolor que lleva dentro pesa bastante más que el maldito piano.
Y por el otro lado de la balanza tenemos a la revelación absoluta. Milly Alcock.
Antes de vestirse de Targaryen en La Casa del Dragón o de embutirse en la capa de Krypton para ser la Supergirl más alcohólica, macarra y resacosa que la historia de DC Comics haya soñado jamás (imagínate a Supergirl intentando salvar la Tierra con un colocón de tequila y cara de «como me hables te vuelo con visión térmica»), Milly Alcock era Meg. Y déjame decirte algo: Meg podría comerse a un dragón de tres cabezas y a un escuadrón de kryptonianos para desayunar y escupir los huesos antes de la hora del almuerzo. Alcock despliega en Upright una energía volcánica, barriobajera, magnética y abrumadoramente honesta. Meg es una adolescente en fuga, armada con un vocabulario de palabrotas que haría sonrojar a un marinero de Liverpool y una armadura de cinismo tan gruesa que cuesta ver el corazón destrozado que esconde debajo.
La química entre Minchin y Alcock no se ensaya; eso es magia pura. Es el clásico emparejamiento de dos extraños forzados a entenderse, pero llevado a un nivel de veracidad que asusta. No hay paternalismo barato. No hay lecciones morales cursis de «el adulto sabio enseña a la joven descarriada». A menudo, es la cría de quince años la que demuestra tener un par de dedos de frente más que el cuarentón traumatizado, y es el cuarentón traumatizado el que recuerda que, detrás del escudo de tacos y patadas en las espinillas, Meg sigue siendo una niña asustada.
Supergirl más macarra y resacosa que ha parido el cómic solo podía tener el rostro de la chica que le plantó cara al desierto australiano.
El desierto como terapia de choque y la verdad del dichoso piano
Australia no es un escenario en Upright; es un personaje desquiciado que intenta matar a los protagonistas cada diez minutos.
El paisaje de Nullarbor es vasto, desolado, hermoso y absolutamente despiadado. Cruzar esa inmensidad con un piano a cuestas es la metáfora perfecta de la serie: todos cargamos con un muerto (o con un instrumento de percusión y cuerda) que no nos deja avanzar, pero intentamos convencer al resto del mundo de que solo estamos dando un paseo campestre.
Y aquí es donde hay que destripar el asunto con toda la solemnidad y el cachondeo que la ocasión merece: ¿por qué demonios Lucky cruza un desierto entero arrastrando más de doscientos kilos de madera y teclas?
Al principio la serie te vende que Lucky quiere llevarle el piano a su madre moribunda en Perth para congraciarse con su familia tras años de repudiarle. Muy bonito, muy filial, muy de telefilme de los domingos por la tarde. Pero la cruda y solemne realidad es mucho más sórdida y trágica: resulta que Lucky años atrás tuvo un romance prohibido con la prometida de su propio hermano. De aquel desliz de culebrón venezolano no solo nació la traición familiar definitiva, sino algo más: una hija secreta.
Ese piano no es un regalo para la abuela; es el artefacto de penitencia definitivo. Es el relicario de sus culpas. Es la ofrenda desesperada que Lucky arrastra cual Jesucristo australiano con resaca para intentar entregárselo a su hija de ocho años, a la que apenas conoce, mientras su madre se apaga en un hospital. Apenas un detalle sin importancia, ¿verdad? Un piano que no es solo música, sino la prueba viviente de que arruinaste la vida de toda tu familia y ahora pretendes arreglarlo todo llevando un trasto inútil a través del desierto. Lógica pura de artista arruinado.
La serie maneja ese ritmo trágico con la soltura de quien sabe que tiene entre manos un material excelente. Pasa del gag físico desternillante, como intentar subir un piano a un bote o lidiar con moteros de aspecto amenazante que resultan tener sus propios traumas emocionales, a una escena de una delicadeza desgarradora en cuestión de tres segundos. Y no chirría. Ese es el gran mérito de la producción y de la dirección de directores como Matthew Saville: la transición entre la carcajada salvaje y el nudo en la garganta se siente tan natural como la vida misma.
Porque la vida real no es un drama constante ni una comedia de enredo continua. La vida real es hacer un chiste malo en medio de un entierro porque la tristeza pesa demasiado. Y eso, Upright lo entiende mejor que el noventa por ciento de las series dramáticas de gran presupuesto que plagan las plataformas de streaming.
Minchin y su maltrecha humanidad luciendo orgullosos una camiseta de unicornio que resume perfectamente el optimismo suicida de cruzar el Nullarbor.
La música: El idioma de los que no saben hablar
No se puede hablar de Upright sin detenerse en su banda sonora. La música no acompaña a las imágenes; la música es la sangre que circula por las venas de la narración.
Cada tema, cada acorde al piano que Lucky rasguea bajo las estrellas del desierto, cuenta una parte de la historia que los personajes son demasiado cobardes para expresar con palabras. Hay algo profundamente catártico en ver a este par de marginados detenerse in extremis en mitad de la nada, abrir la trasera de la camioneta y ponerse a cantar.
La música en la serie actúa como un puente intergeneracional y emocional. Une la juventud rabiosa de Meg con el desencanto maduro de Lucky. Cuando cantan juntos, no están actuando; están comunicándose en el único lenguaje en el que ambos son completamente vulnerables y honestos. Las composiciones originales de Minchin, combinadas con una selección impecable de temas de la cultura popular australiana e internacional, le dan a la serie una identidad sonora vibrante, melancólica y adictiva.
La prueba gráfica de que las cicatrices curan, pero un piano vertical de doscientos kilos te sigue persiguiendo hasta en los pósters promocionales.
Temporada 1 vs. Temporada 2: La evolución de una cicatriz
Muchas series sufren el «síndrome de la segunda parte». Hacen una primera temporada redonda, autoconclusiva y mágica, y luego la codicia de los estudios las fuerza a estirar la goma hasta que pierde la elasticidad y te da en toda la cara.
Upright corría ese peligro. La primera temporada era un viaje perfecto de A a B. Tenía un principio, un nudo y un desenlace que te dejaba con una sonrisa triste en la boca y una lágrima colgando del párpado. ¿Hacía falta volver? Sorprendentemente, la segunda temporada demostró que sí. Si la primera entrega era sobre huir del pasado y llevar el equipaje a su destino, la segunda es sobre qué narices haces cuando ya has llegado y te das cuenta de que el destino no ha solucionado químicamente tus problemas.
Esta vez cambiamos el polvo seco del desierto australiano por los ríos, la humedad y las selvas tropicales del norte de Queensland. La dinámica cambia: Meg ya no es una niña, sino una joven buscando sus orígenes, y Lucky intenta encajar en una vida «normal» para la que claramente no está equipado. La introducción de nuevos elementos y la profundización en la historia familiar de Meg le aportan una nueva capa de complejidad a la historia. Sigue habiendo humor gamberro, sigue habiendo situaciones ridículas y, por supuesto, la música sigue estando presente, pero la serie demuestra una madurez enorme al negarse a repetir simplemente la fórmula que la hizo triunfar la primera vez.
La estampa perfecta de la seguridad vial en el Nullarbor: ella conduciendo con escayola y cero complejos, y él encomendándose a todos los santos con cara de pánico existencial.
Veredicto: ¿Por qué deberías verla hoy mismo?
En un panorama audiovisual saturado de franquicias de superhéroes de doscientos millones de dólares rodadas frente a pantallas verdes (incluso aquellas donde la propia Milly Alcock tiene que volar con capa), conspiraciones financieras de gente muy rica en trajes caros y thrillers oscuros donde todos los personajes parecen necesitar un suplemento de vitamina D, Upright es un soplo de aire fresco cargado de polvo, sudor y verdad.
Es una serie que respeta profundamente al espectador. No lo toma por tonto, no le da todo masticado y no teme incomodarlo con las miserias de sus personajes. Pero, sobre todo, es una serie que respeta a sus criaturas. Quiere a Lucky y a Meg con todos sus defectos, sus mentiras, sus arranques de ira y sus meteduras de pata. Y ese amor por los personajes se contagia a través de la pantalla.
Terminas de ver Upright y tienes ganas de llamar a ese amigo con el que hace años que no hablas, de aprender a tocar el piano, de comprarte una furgoneta destartalada o, simplemente, de sentarte a mirar el horizonte sabiendo que, aunque todo a tu alrededor sea un auténtico desastre, siempre se puede cantar una canción para espantar a los fantasmas.
Mark Novoa el Juntaletras de este artículo se siente identificado con Lucky Flynn porque ambos saben lo que es cruzar desiertos emocionales cargando con un piano imaginario a cuestas mientras la vida les arroja moscas a la boca. La única diferencia insalvable es que mientras Lucky tuvo la fortuna de cruzarse con una genialidad descarada como Milly Alcock para salvarle la existencia, Mark solo tiene a mano una taza de café frío y un teclado al que le falla la barra espaciadora. Pero oye, al menos a ninguno de los dos nos ha comido todavía un cocodrilo australiano.









