Réquiem por una calva, té negro, vampiros alienígenas y un desmadre intergaláctico: La última y desatada frontera de Sir Patrick Stewart
Hay muertes que te cambian la vida, como cuando descubres que se han acabado las croquetas en el bar de abajo un domingo cualquiera porque tu nevera solo tiene telarañas, y luego está la defunción de Sir Patrick Stewart, que ha decidido colgar los bártulos espaciales y dejarnos aquí abajo con la morralla de la civilización moderna. El cosmos acaba de perder su cúpula craneal más brillante, su dicción de oro puro y la única mirada capaz de obligar a un Klingon estreñido a pedir perdón por el tono de voz cuando esta cagando.
Sir Patrick ha iniciado el despegue definitivo hacia la frontera final. Y tú, que estás ahí al otro lado de la pantalla mirando con cara de acelga marchita y te has criado devorando cine de caspa y palomitas con una mano en la grasa y la otra en el mando a distancia, sabes perfectamente que se nos va un trozo de infancia, de madurez y de dignidad pop. Porque Stewart era un milagro evolutivo irrepetible: un señor de la Royal Shakespeare Company que se pasó media vida recitando versos a grito pelado en teatros londinenses antes de especializarse en lo verdaderamente importante: ser el rey indiscutible de las mamarrachadas espaciales en Lifeforce, el predicador del té Earl Grey en Star Trek y el abuelo con superpoderes y demencia senil en X-Men.
Agárrate bien las bragas, enciende una velita aromática a la salud del pelo que jamás tuviste por tu peculiar genética y prepárate para un repaso tan afilado como una espada láser de cartón a la trayectoria de este calvo al que la diplomacia estelar le debe hasta el último suspiro. Pilla provisiones, porque aquí vamos a desmenuzar su leyenda con hachuela de carnicero y amor de fanático tarado, mezclando todos los universos que habitó hasta que la realidad y el celuloide estallen en mil pedazos.
Ni velocidad de curvatura ni leches: el viejo lobo de mar se ha pirado al más allá a pedirle un cóctel a los vampiros espaciales de Lifeforce. Descansa en paz, calva de oro puro.
De las catacumbas de Yorkshire a la calva más cotizada del West End: Origen y caída capilar de un lord del drama
Antes de convertirse en el capitán de una nave con forma de una sartén de teflón voladora pegada a dos tubos de neón con la que repartir Comunismo a Warp 9, o en un calvo telepata que vive en un caserón de lujo entrenando chavales en pijama mientras pontifica sobre la paz mundial desde una silla de ruedas con GPS, Patrick Stewart vino al mundo en el seno de una familia de clase trabajadora en Mirfield, Yorkshire. Y créeme, nacer en el norte de Inglaterra en los años cuarenta no te prepara para el glamour de Hollywood; te prepara para sobrevivir a base de esnifar carbón mineral, té hirviendo sin azúcar y una dieta estricta basada en el estoicismo más puro.
De chaval, Stewart descubrió que el teatro clásico era la única vía de escape sensata frente al blanco y negro industrial. Así que se metió de lleno en las artes escénicas con la disciplina de un monje cartujo y la mala uva de un tabernero escocés. Años de tanquearse teatros de provincias recitando textos de William Shakespeare le otorgaron ese vozarrón catedralicio que parecía capaz de demoler murallas de piedra con solo susurrar un pareado de El rey Lear o de Macbeth.
Pero claro, la alta cultura queda muy bien para ligar en los cócteles bucólicos de la BBC, pero no te paga la factura de la luz ni te permite comprarte un buen abrigo de tweed para los inviernos británicos. Así que el bueno de Patrick, con una coronilla que empezó a desertar de su cabeza antes de cumplir los treinta años (un drama capilar trágico que él supo llevar con la dignidad de un emperador romano en plena decadencia), comprendió una verdad absoluta: el futuro no estaba solo en las tragedias griegas tradicionales, sino en el glorioso, desatado y altamente lucrativo fango del cine de género.
Si el mundo moderno os da grima, mirad este pelazo setentero para recuperar un poco de fe en la humanidad. Brindemos por el despegue definitivo de un tipo que tenía más flow de joven que todos los influencers actuales juntos
Lifeforce (1985): Cuando el futuro capitán se metió en un beso homosexual intergaláctico con voz de soprano satánica
Para medir el coeficiente intelectual, la flexibilidad mental y la absoluta tolerancia al ridículo de Patrick Stewart hay que remontarse obligatoriamente a 1985. Época dorada, psicotrónica y ligeramente ilegal de la Cannon Films, donde los decadentes productores Menahem Golan y Yoram Globus financiaban películas a base de tachuelas, cocaína barata, cheques sin fondos y la promesa inquebrantable de enseñar carne en cada bobina para contentar al respetable público del videoclub de barrio. Así nació Lifeforce (aquí bautizada cariñosamente como Fuerza Vital, un subtítulo que denota una imaginación digna de un caracol con resaca crónica).
Agárrate los machos y busca un rincón oscuro donde llorar tus penas mientras contemplas el absoluto despropósito intergaláctico que nos ocupa. Imagínate la escena, si es que tus neuronas aguantan el nivel de desvarío: una expedición conjunta al cometa Halley encuentra una nave nodriza alienígena abandonada del tamaño de Manhattan, un trasto viejo, gigantesco y lúgubre, lleno hasta los topes de murciélagos espaciales gigantes y desecados como si llevaran siglos en el fondo de una lonja, y, por supuesto, de una alienígena de toma pan y moja, interpretada por la mismísima, mítica e inalcanzable Mathilda May.
La muchacha, que por lo visto vio cómo el departamento de vestuario se gastaba el presupuesto íntegro de la película en tabaco de liar rollo trujas y en bandejas de canapés de paté para contentar a los directivos en los descansos, se pasea por el set de rodaje y el resto del metraje luciendo palmito en pelotas vivas el noventa por ciento del tiempo, porque para qué gastar en trajes espaciales cuando se puede ahorrar. Y claro, la criatura aterriza en Londres, se planta en medio de la mugrienta Londres de los ochenta como quien no quiere la cosa y empieza a chupar la energía vital de los transeúntes y marineros despistados como si aquello fueran chupitos de tequila barato en una despedida de soltero de extrarradio, dejando a los muy respetables y estirados ciudadanos británicos convertidos en unos momios secos de los que dan auténtica grima.
Una auténtica obra maestra de la fiebre etílica cinematográfica de los ochenta donde la lógica, la ropa y el sentido común se fugaron por la puerta de atrás. Por el ano.
¿Y qué hacía nuestro querido doctor en arte dramático shakespeariano en semejante festín de serie B con presupuesto de mercadillo? Interpretación de rigurosa altura: el Dr. Armstrong, un psiquiatra de reputación intachable que, por cosas del guion y del destino, se ve envuelto hasta las cejas de cocaina en la movida intergaláctica.
El culmen absoluto de la historia de la humanidad, superando a la penicilina y a la invención de la rueda, no ocurre en una obra de Shakespeare, sino en el preciso instante en que Patrick Stewart decide que la cima de su carrera británica es dejarse poseer por un ente alienígena. Amigo mío, ahí es donde el cine se rompe por las costuras. Hablamos de la mismísima encarnación de la elegancia marcial dándose un beso interdimensional y salivoso con Steve Railsback mientras gime con voz de soprano satánica, contorsionándose como una cucaracha tras un manguerazo de vino de cartón y poniendo cara de estar expulsando una piedra del riñón del tamaño de una canica. Ver al tipo al que la BBC dio trato de caballero sagrado poner los ojos en blanco, chorreando baba por la papada mientras intenta sonar seductor y poseído a la vez. Una estampa tan lisérgica y aterradora que te cambia la flora intestinal solo de mirarla.
Ver a un titán del teatro clásico británico actuar con la solidez dramática de un gañán expulsado del conservatorio por prenderle fuego al piano, rodeado de vampiros espaciales desnudos y basuras siderales, es un viaje de LSD del que no se vuelve. Esto demuestra la verdad absoluta del séptimo arte: un actor de verdad no es el pedante que rueda en blanco y negro para que tres críticos con bufanda se masturben intelectualmente en un festival de mierda donde la gente se duerme en esmoquin. Un actor con mayúsculas es el que coge un guion perpetrado por un chimpancé borracho puesto de fentanilo caducado y lo defiende con la misma dignidad marcial, los mismos cojones y la misma compostura que si le estuviera escupiendo a la cara el monólogo de Hamlet a la mismísima reina entre bostezos de aristócrata.
Si los extraterrestres vinieran hoy a la Tierra y me pidieran una prueba de la grandeza absurda de la humanidad, les pondría la escena de la posesión y el beso de Patrick Stewart en Lifeforce. Con eso y con un cartón de vino don Simón tendríamos la paz galáctica asegurada por los siglos de los siglos.
El capitán Picard ensayando su primer contacto extraterrestre a base de achuchones babosos y espasmos de calabozo ochentero.
Star Trek: The Next Generation: El calvo ingles que hacia de gabacho y que convirtió el Earl Grey en un arma de destrucción masiva
Llegó el año 1987 y Gene Roddenberry, con más visión de futuro que el tío que compró la patente de las cremalleras antes de que existieran los pantalones, decidió resucitar la franquicia de Star Trek. A alguien con un sueldo público en las altas esferas televisivas se le ocurrió que una idea brillante para sustituir al machote testosterónico, peludo y testarudo de William Shatner (el insustituible Capitán Kirk, ese que ligaba con chatinas de piel verde mientras hacía flexiones en calzoncillos por los pasillos del Enterprise) era fichar a un actor británico, bajito, con el bigote perfilado al milímetro y una calva tan reluciente que reflejaba los focos del plató mejor que un espejo de diseño sueco.
Cuando los fans más puristas de la época vieron las primeras fotos de Stewart enfundado en el pijama elástico rojo de la Flota Estelar, las protestas llegaron por fax, carta y paloma mensajera hasta el mismísimo Congreso de los Estados Unidos. Parecía el contable aburrido de una gestoría de Móstoles listo para auditar las cuentas atrasadas de los Klingons o para firmar la baja laboral de un ingeniero de motores de curvatura.
Y sin embargo, contra todo pronóstico estadístico y lógica comercial, se armó el milagro cósmico. Stewart cogió el personaje, lo sacudió con elegancia británica y convirtió a Jean-Luc Picard en el líder supremo y moral de toda la galaxia conocida: un intelectual empedernido con serios problemas de alopecia y un sentido de la justicia tan inflexible que te hace sentir remordimientos de conciencia por no reciclar los cartuchos de impresora de la oficina.
Picard no resolvía los conflictos diplomáticos a base de mamporros como en la tasca del tio Sebas ni disparando primero; te sentaba delante, te miraba fijamente con esa cara de profesor cabreado que te ha pillado copiando en el examen final, se cruzaba de brazos con pausa dramática, se estiraba la chaqueta con el legendario y célebre Picard Maneuver (ese toque militar a la solapa que debería ser asignatura obligatoria y evaluable en la ESO) y te soltaba un contundente «Make it so» con voz de trueno celestial que te obligaba a firmar la paz intergaláctica antes de que se te enfriara el cruasán del desayuno.
Y claro, cómo olvidar el trauma generacional cuando los Borg lo secuestraron, lo mutilaron estéticamente y lo convirtieron en Locutus de Borg. Ver al referente ético de la galaxia convertido en un ciborg con un cable USB industrial metido en el cráneo y hablando con un tono metálico de teletienda nocturna fue un golpe bajo para la salud mental de la audiencia mundial. Pero ahí estaba Picard, superando el estrés postraumático con un buen té Earl Grey bien caliente, una luz tenue en su camarote y un par de monólogos existenciales sobre la naturaleza del libre albedrío que dejaban a Schopenhauer a la altura de un osito de peluche libre de derechos con depresión sonriente. Un auténtico titán de la galaxia.
El verdadero drama de la evolución humana no es la calvicie galáctica, sino ir a una gestoría de Móstoles y descubrir que el contable lleva un pijama elástico rojo de la Flota Estelar.
X-Men: La silla de ruedas con turbo propulsión, parkinson mental y más flow que un Rapper Trapper por Ibiza
En el año 2000, las películas de superhéroes daban una vergüenza ajena de esas que te encogen los testículos hasta la tráquea. Mallas de licra chillona frotándose entre sí, pelucones de tienda de disfraces del todo a un euro y efectos especiales con la textura de un protector de pantalla de Windows 98. Cualquier persona con dos dedos de frente y un mínimo de dignidad sabía que aquello era un producto diseñado exclusivamente para chavales con acné crónico, la habitación oliendo a humedad y muy pocos referentes cinefilos.
Pero el proyecto cayó en manos de Bryan Singer, un ser grotesco, un auténtico indeseable cuya catadura moral era tan abismal que años después la propia industria, nada sospechosa de tener escrúpulos, tuvo que tirarlo a la basura como el trapo sucio y tóxico que siempre fue, rodeado de demandas, escándalos turbios y una reputación de absoluto depredador de la que ya no lo lava ni el agua bendita. Sin embargo, en medio de semejante ciénaga humana, al tipejo le dio un milagroso chispazo de lucidez antes de que su carrera se fuera definitivamente por el sumidero de la historia: tuvo la ocurrencia divina de llamar a Patrick Stewart para interpretar al Profesor Charles Xavier y a su compadre Sir Ian McKellen para dar vida a Magneto. Y ahí, amigo mío, fue cuando dos viejos zorros del teatro británico convirtieron una peli de frikis en una lección magistral de interpretación.
La elección de casting fue tan perfecta, tan quirúrgica y tan celestial que la naturaleza misma debió aplaudir desde las nubes. Stewart no interpretaba al líder pacifista de la Patrulla X; es que Stewart emanaba esa autoridad moral de abuelo sabio y achuchable que te puede leer el pensamiento más oculto mientras te comes una tostada, pero que prefiere echarte una bronca paternal sobre la convivencia, la tolerancia y el respeto a la diversidad mientras echan una partida amistosa al ajedrez en el salón principal de la mansión de los X-MEN.
El culmen absoluto de su etapa mutante, la cumbre de su carrera en mallas (bueno, sin mallas, en silla de ruedas tecnológicamente avanzada), llegó con la película Logan en 2017. Olvídate de los rayos láser, de las explosiones digitales y de los fuegos artificiales de saldo: ver a Stewart interpretando a un Charles Xavier de noventa y pico años, senil perdido, cagándose encima de los nervios por culpa de la edad, con el cerebro desatado como un petardo defectuoso en una verbena de pueblo y soltando tacos de albañil en mitad del desierto mientras Hugh Jackman lo cuida como si fuera su abuelo chungo en una residencia subvencionada por la seguridad social, es cine social de primer orden mundial.
Era un profesor de universidad venido a menos atrapado en un tanque de agua oxidado, deglutando pastillas para la chaladura extreme como si fueran caramelos Pez y recordándonos crudamente que, al final, incluso los telépatas más poderosos del universo terminan perdiendo las llaves de casa, olvidándose de dónde aparcaron el aerodeslizador y discutiendo con el enfermero por el volumen de la televisión. Una auténtica obra maestra de la patética y hermosa condición humana.
El preciso instante en que el patriarca de la Royal Shakespeare Company descubre que su superpoder definitivo no es recitar a Macbeth, sino leerle el pensamiento al cuñado pesado de la fila tres y reírse de el, delante de su señora.
Lord inglés de día, gamberro de discoteca y pajillero mental de noche: El humor negro de un genio sin filtros
Porque claro, los críticos sesudos y aburridos se empeñaban siempre en ponerle coronas de laurel, togas shakespearianas y pedestales de mármol blanco, pero lo mejor de Patrick Stewart, lo que realmente hacía que te cayera bien de verdad, era que tenía el sentido del humor avieso, negro y gamberro de un colegial con acceso ilimitado a porros, malas ideas y bromas de mal gusto en el vestuario del instituto.
¿Quién si no el mismísimo Sir Patrick aceptaría meterse en el barro televisivo para interpretar al subdirector Avery Bullock en American Dad, un burócrata de la CIA tan desquiciado, cocainómano y peligroso para la seguridad nacional que hace que cualquier villano de película parezca un catequista? Un señor mayor con título de Sir concedido por la mismísima reina de Inglaterra, entregado en cuerpo y alma a ponerle voz a un tipejo obsesionado con las armas de calibre militar, las drogas sintéticas de diseño probadas en simios, la prostitución de lujo, el espionaje ilegal y las orgías satánico-festivas en sótanos clandestinos. Nadie más en todo el planeta. Solo un titán de la escena, un auténtico genio absoluto al que le importaban exactamente tres hectáreas de pepinos arruinar su finísima reputación de actor shakesperiano con tal de revolcarse en la mierda cómica más negra y echarse unas risas salvajes a costa de la audiencia. Ver a la máxima personificación de la elegancia británica soltar barbaridades que harían sonrojar a un marinero borracho es, francamente, lo mejor que le ha pasado a la televisión en este siglo.
Y qué decir de aquel cameo legendario, antológico e irrepetible en la serie Extras de Ricky Gervais, donde interpretaba a una versión de sí mismo absolutamente desquiciada, sentada en una mesa de producción mientras explicaba con total y pasmosa seriedad su nuevo proyecto de superproducción de ciencia ficción. Según su brillante mente creativa, el argumento consistía en que él interpretaba a un héroe con el superpoder definitivo: mirar a las tías por la calle y desnudarlas mentalmente al instante gracias a sus ondas cerebrales.
Y el tío lo contaba con tal nivel de detalle lascivo y orgullo interpretativo que te tenías que levantar a aplaudir: «Y entras en una cafetería, Gervais… y con solo un parpadeo, zas, ya no llevan nada puesto. Y para cuando se quieren dar cuenta, ya les he visto todo. ¡Ya lo he visto todo, maldita sea!». Magistral. Un monumento al humor autoparódico.
Se disfrazaba de langosta gigante para felicitar el año en internet, se iba de cañas, teatros y museos cogido de la mano de su inseparable amigo Ian McKellen por Broadway y las calles de Londres, adoptaba perros abandonados con un amor incondicional que enternecía hasta a las piedras y se reía de su propia calva con una elegancia y una soltura que dejaban a los niñatos pretenciosos de Hollywood a la altura de un betún de zapatos mal aplicado.
La elegancia marcial de un capitán de la Flota Estelar transformada en un subdirector de agencia gubernamental que te arruina la seguridad nacional mientras desayuna una tostada con mermelada.
El juicio final desde la barra del bar: Cuando Picard descubrió que el mundo moderno es peor que los Borg
Así que ahora, con el telón bajado definitivamente para una de las mentes más brillantes y divertidas que ha parido la pérfida Albión, nos quedamos aquí abajo mirando al horizonte digital con cara de náufragos. El mundo del entretenimiento se ha vuelto un poquito más aburrido, más plano, más políticamente correcto y, sobre todo, mucho más calvo de espíritu, aunque irónicamente nos falte su carisma reflectante para iluminar las noches oscuras.
Nos hemos quedado huérfanos de referentes masculinos que no necesiten bíceps inflados como balones de playa ni discursos populistas de cuñado para infundir respeto real. Porque Sir Patrick era esa anomalía maravillosa que te podía escupir la lista de la compra con la solemnidad de un exorcismo papal y, cinco minutos después, salir bailando claqué con un sombrero de copa o explicando cómo hackear una máquina de golosinas a base de patadas y malas pulgas. Se nos va la clase, se nos va el talento que no pedía perdón por existir y se nos queda este planeta abarrotado de influencers de pacotilla con sonrisa de diseño, dientes de porcelana y cero neuronas activas que no aguantarían ni dos segundos de monólogo en la Enterprise a la deriva sin cagarse vivos, llamar a sus mamás llorando y suplicar cobertura para TikTok mientras se desintegran contra un asteroide.
Y es que, si lo piensas bien, qué trágica paradoja dejar este mundo precisamente cuando más necesitábamos a un tipo con su empaque. Nos quedamos atascados en un siglo XXI donde nadie sabe arreglar un grifo, donde las inteligencias artificiales escriben poemas de mierda y donde la gente paga fortunas por botellas de agua que huelen a aire de montaña. Sin el capitán Picard para negociar el fin de nuestras miserias cotidianas, la realidad parece un episodio malo de una serie cancelada en la primera temporada.
Mark Novoa, intentando procesar el luto riguroso mientras se comía un bol de cereales de marca blanca completamente caducados frente a un viejo televisor de tubo que solo emitía estática e interferencias molestas, llegó a la profunda conclusión existencial de que si el mismísimo capitán Picard levantara la cabeza de la tumba, se ajustara el uniforme con su clásico estiramiento de solapa y viera el estado actual de la política internacional, el precio del aceite de oliva y la absoluta escasez de técnicos de mantenimiento decentes en este rincón tercermundista del universo, se pondría a dar puñetazos de pura rabia a la consola de mandos del Enterprise y pediría a gritos, con esa voz de trueno shakespeariano que hizo temblar galaxias enteras, que lo mandaran de una vez por todas a la dimensión psicotrónica de Lifeforce para que los vampiros espaciales lo chupen vivo y lo liberen por fin de tener que aguantar tanta gilipollez humana junta.
Cuando la colmena cibernética te implanta un conector USB en el cráneo pero tu sigues intentando descifrar si el guion lo escribió un genio de la televisión o un chimpancé borracho puesto de estimulantes.














