Jaguar Lives Póster

LA CUMBRE SUPREMA DEL CUTRE-CINE:

POR QUÉ JAGUAR LIVES! DECIDIÓ ARRANCAR SU BASURA EN EL VALLE DE LOS CAÍDOS

Hay decisiones cinematográficas que se toman bajo los efectos de la cocaína cortada con polvos de talco, otras por pura desesperación de unos productores perseguidos por el fisco, y luego está lo de Jaguar Lives! (El felino, 1979): la indiscutible obra cumbre de la mierda fílmica internacional. A los auténticos genios de la producción no se les ocurrió una idea más fina para arrancar una peli de artes marciales que plantar a un tejano con mallas de tergal, tupé con fijador y un bigotón de actor porno alemán a dar patadas giratorias en la mismísima explanada del Valle de los Caídos.

Sí, habéis leído bien. El Valle de los Caídos. Esa tarta de boda fascista hecha de hormigón, dolor y megalomanía que a cualquier ser humano con el cerebro más evolucionado que el de un lémur le produce urticaria, retortijones de vientre y unas ganas desbocadas de ducharse con salfumán para quitarse el hedor a rancio. Pues bien, los ejecutivos gringos, compinchados con cuatro funcionarios del tardofranquismo que olían a Soberano, farias y misa mañanera, miraron ese monumento a la humillación humana, a la voz de pito de un tirano y al sufrimiento de miles de presos políticos, y dijeron: «¡Coño! Qué sitio tan apañado para que un yanqui retaco juegue a ser Bruce Lee».
Agarraos los machos, abrid una litrona caliente y desabrochaos el pantalón, porque la historia de cómo un subproducto de artes marciales de tercera categoría convirtió el mausoleo del Generalísimo en un cuadrilátero para zafios es la mayor opereta, el mayor esperpento y la mayor desfachatez de la historia del cine rodado en España.

La verdadera broma macabra no es que estuviera allí el cadaver del dictador unihuevista y le diese por culo esa explosión, sino que un piloto despistado con un par de bombas, fuera más eficiente sacando ese escombro que la ley de memoria histórica entera.

El Kung-Fu Exploitation: Cuando Hollywood perdió el juicio, el gusto y la dignidad

Para entender cómo terminamos con un karateca repartiendo estopa a la sombra de una cruz de 150 metros de altura, hay que viajar a finales de los años 70. Bruce Lee llevaba unos años criando malvas y la industria del cine estaba como un drogadicto con el mono, buscando desesperadamente al próximo rey del mamporro. Cansados de importar películas de Hong Kong con doblajes soplados (donde el efecto de sonido de un puñetazo era literalmente una maza de carne golpeando pechugas de pollo congeladas), los productores americanos dijeron:

«Vamos a hacer la nuestra, pero a lo grande, con dos cojones y con un blanco al frente».

¿El pequeño e insignificante problema? Que no tenían a nadie con la agilidad de Bruce Lee. Ni siquiera con la de un gato atropellado y tuerto.

Así que reclutaron a Joe Lewis.

Joe Lewis

Para quienes no tengan el dudoso honor de conocerlo, Joe Lewis era un campeón real de kickboxing y karate. El tipo era un auténtico tanque, pero en pantalla… La madre que lo parió, ¡joder! En pantalla tenía el carisma de un ladrillo de zurullo, la expresividad facial de una berenjena pocha y una presencia escénica que oscilaba entre el portero de discoteca resacoso y el modelo de catálogo de calzoncillos de saldo del 76. Tenía un tinte rubio de bote que gritaba «agua oxigenada», un torso peludo cuidadosamente podado y una mirada de no haber entendido el guion en ningún momento del rodaje.

El plan era perfecto en la mente de un productor borracho de champán de baratillo (Fred Weintraub, el tipo que produjo Operación Dragón): juntar a esta masa de carne con un puñado de glorias hollywoodienses venidas a menos que aceptaban trabajar a cambio de un sobre en negro o una caja de puros, hablamos de Christopher Lee, Donald Pleasence, Barbara Bach, Woody Strode, Capucine y hasta John Huston, aderezar la mezcla con secuencias de acción filmadas en diez países para parecer una película de James Bond para indigentes, y vendérselo a los distribuidores internacionales antes de que a alguien le diera por mirar el montaje final.

¿Y por qué venirse a España? Porque a finales de los 70 España era un chollo de proporciones bíblicas. Tenías técnicos cualificados dispuestos a trabajar por tres pesetas, paisajes que valían lo mismo para Almería que para el Tíbet si el espectador tenía tres dioptrías de astigmatismo, y una administración en plena Transición dispuesta a abrirle las piernas y el ano bien a gusto, y las localizaciones, a cualquier guiri que viniera soltando dólares frescos.

Lo que nadie con dos dedos de frente pudo vaticinar es que la localización estrella para arrancar la matanza fuera el mismísimo panteón del tirano de un solo huevo.

El felino 1979 (Jaguar LIves!)

Ahí lo tienes, el mítico actor de Viernes 13, o de lo que hiciera falta con tal de pagar las facturas, explicándole al héroe cómo funciona la patria mientras calcula mentalmente si el rodaje le da para comer carne tres días a la semana.

La gran pregunta: ¿Por qué coño el Valle de los Caídos?

Llegamos al meollo del asunto. Al epicentro de la bazofia. Al motivo por el que esta película merece una estatua en el Museo de la Vergüenza Histórica.

Imaginaos la escena. Año 1978. El equipo de producción llega a Madrid buscando localizaciones. El productor quiere un escenario monumental. Quiere algo impresionante, sombrío, casi satánico, que represente el escondite de una organización criminal o la base de entrenamiento inicial.

En un país normal te llevas al equipo a El Escorial o a un castillo en Segovia. Pero claro, en España la dictadura acababa de palmarla, el Valle de los Caídos estaba ahí plantado en la Sierra de Guadarrama como un Satanazo de granito, y la oficina de turismo (que todavía olía a sotana, a naftalina y a luto riguroso) les debió de decir:

«¿Buscáis un sitio grande, gris y donde nadie os pida cuentas? ID AL VALLE. La explanada es enorme, los monjes abades cobran cuatro duros por mirar para otro lado y así le damos salida al complejo, que desde que murió el Jefe está un poco flojo de visitas».

Y los norteamericanos, que en materia de historia europea tienen el nivel cultural de una zapatilla usada, llegaron allí, vieron la enorme cruz de hormigón, las estatuas de los evangelistas con cara de estreñimiento severo y la explanada gigantesca de piedra, y exclamaron: «¡Holy Shit! ¡Esto es la hostia! ¡Parece la base secreta de Lex Luthor!».

A los yanquis les importaba un pito que bajo sus pies hubiera miles de prisioneros políticos enterrados sin nombre, o que aquello fuera la catedral del dolor, la represión y el nacionalcatolicismo más cafre. Para ellos era simplemente «un decorado gratis con escaleras muy chulas para hacer piruetas».

Y así se fraguó la mayor profanación estética de la historia: utilizar el templo supremo del fascismo patrio como el plató de mercadillo para una peli de guantazos de serie B.

La diferencia entre la tiranía de Lex Luthor y la dictadura franquista es de nivel: Lex preside la potencia mundial con trajes a medida y satélites, mientras que nuestro anacrónico régimen patrio se conformaba con decorados para Jaguar Lives! y una vergonzosa cruz gigante cayéndose a cachos.

La escena: Karatekas en mallas, explosiones de petardo de fiesta de pueblacho y la basílica del horror

Si no habéis visto el arranque de Jaguar Lives!, no sabéis lo que es el verdadero esperpento creado en EsPPaña. Es tan malo que borda la genialidad.

La película arranca sin anestesia. Plano general del Valle de los Caídos. La cámara se recrea en la inmensidad de la cruz mientras suena una música de sintetizador baratero que parece la sintonía de un anuncio de detergente para lavadoras de Karens yankis.

De repente, aparece Joe Lewis, nuestro héroe Jonathan «Jaguar» Cross, vestido con un pijama ajustado de tergal que marca más de lo que la decencia cristiana permite. Y no está solo: está entrenando a sus secuaces conducidos por Woody Strode (que hace de su maestro, el sensei).

¿Y dónde entrenan los tíos? En la mismísima explanada del Valle.

Ahí tenéis a unos tipos disfrazados de ninja de mercadillo haciendo flexiones, dando patadas al aire y haciendo estiramientos de ingle enfrente de la puerta principal de la basílica. Es tan sumamente absurdo que el cerebro cortocircuita y dan ganas de abrirse las venas con el borde de un CD. Es el equivalente a rodar una batalla de Power Rangers en el Muro de las Lamentaciones o poner a Jean-Claude Van Damme a hacer un split sobre la tumba de Lenin.

Pero la cosa mejora, amigos. La base es atacada por unos mercenarios. Y ahí empieza la fiesta del mamporro.

Jaguar Lives

Joe Lewis empieza a repartir hostias como si regalara caramelos a la salida de un colegio. Un tipo le entra por la izquierda y Jaguar le mete un taconazo en la boca con la cruz del Valle dominando el encuadre. Otro esbirro intenta apuñalarlo y Jaguar lo tira rodando por las escaleras de acceso a la basílica. ¡Por las mismas escaleras por las que las viejas del régimen subían a rezar por la salvación de España! Ver a un especialista madrileño rodar por los peldaños de granito del panteón franquista tras recibir un puñetazo en los cataplines es una experiencia purificadora y casi curativa.

Para rematar el espectáculo, aparece un helicóptero sobrevolando la explanada soltando petardos mientras suena un tiroteo digno de caseta de feria. Todo rodado con tanto pasotismo que se ven las marcas de tiza en el suelo y a un técnico de producción al fondo pasándose un bocata de chistorra por detrás de una columna.

El clímax llega cuando una bomba hace volar por los aires parte del escenario con explosiones reales de la época. El coche explota, el fuego se eleva tapando la cruz, y Joe Lewis mira a cámara con cara de haber dejado el gas encendido en su apartamento de Texas. Un arranque que dejó al público español de 1979 dudando entre llamar a la Guardia Civil, pedir la devolución de la entrada o morirse de la puta risa.

jaguar Lives!El franquismo vendía el Valle como el cenit de la grandeza patria, pero cualquier escena de karatecas desincronizados en Jaguar Lives! transmite más valentía y menos vergüenza ajena

Un reparto de ancianos ilustres cobrando en dinero negro

Después de convertir el Valle en un circo de acrobacias para retrasados, la película no tiene más remedio que despeñarse, porque no hay forma humana de superar haber puesto a un yanqui en mallas a hacer karate sobre la tumba del dictador.
A partir de ahí, la trama intenta ser un thriller de espionaje mundial, pero en realidad es solo una excusa para que la producción use unos billetes de avión que estaban a punto de caducar. La película salta de Madrid a Almería, de Almería a Roma y de Roma a Tokio sin el menor sentido del espacio ni del tiempo. En una escena el protagonista está en un chiringuito grasiento de la costa y a la siguiente ráfaga de montaje aparece en un tejado en Japón sin haber tenido tiempo ni de cambiarse de calzoncillos.

Pero lo verdaderamente glorioso es el reparto de viejas glorias arruinadas que pasaban por allí para cobrar el cheque:

  • Christopher Lee: El gran Sir Christopher Lee aparece haciendo de magnate malvado llamado Adam Caine. El pobre tipo ponía cara de estar interpretando Hamlet en el Royal Shakespeare Theatre mientras recitaba diálogos que parecían escritos por un orangután borracho con sobredosis de morfina. Verlo compartir plano con Joe Lewis es como ver a un premio Nobel de Literatura intentando debatir sobre física cuántica con un perchero.
  • Donald Pleasence: El mítico actor de Halloween. Hace del general Villanova, un dictador zafio. Pleasence directamente pasa de todo olímpicamente. Se nota a leguas que rodó sus tres escenas en dos horas, borracho como una tenca, con una desgana monumental y que corrió al banco más cercano a cobrar el cheque antes de que rebotara.
  • Barbara Bach: Guapísima, dice dos frases con cara de no entender en absoluto qué putas mierdas hace allí y desaparece de la película como si hubiera salido huyendo en el primer taxi que pasó por el plató.

Poner esa pedazo de explosión detrás del reparto es la forma más honesta que tuvo el cine de 1979 de sugerirnos cómo tendría que haber acabado el mausoleo del Cuelgamuros: reducido a pirotecnia de bar de carretera.

El arte del mamporro cutre: Patadas al aire y efectos de látigo

Hablemos de las peleas, porque el director, Ernest Pintoff, tenía el mismo talento para filmar acción que un mejillón fosilizado.

Las peleas de Jaguar Lives! son una verdadera joya del desastre técnico:

  • El sonido: Cada vez que alguien mueve un brazo en pantalla, suena un impacto brutal (¡ZAP! ¡WHIP!), aunque el puñetazo se quede a medio metro de distancia de la cara del rival. Es fascinante.
  • Los especialistas: Los matones son en su mayoría especialistas patrios con patillas de hacha, camisas desabrochadas enseñando el pelo del pecho y una curva de la felicidad considerable producto del carajillo. Ver a estos castizos madrileños intentar hacer saltos mortales antes de que la patada de Joe Lewis les roce es puro teatro del absurdo. Saltaban al suelo medio segundo antes por pura prisa de irse a comer el menú del día al bar de la esquina.

El programador de la ETB aquel día merece un monumento más alto que la obscena cruz de Cuelgamuros: hay que ser un genio de la televisión para poner en parrilla una peli de serie B solo por el gustazo de ver ese mausoleo volar en pedazos.

La risa cínica como única venganza histórica

Hay algo profundamente poético y destructivo en el hecho de que un lugar concebido para la solemnidad fascista, el nacionalcatolicismo más rancio y la glorificación del horror terminara convertido en el escenario de una comedia involuntaria de artes marciales de tercera categoría.
Es el triunfo del esperpento sobre la barbarie. Jaguar Lives! nos regaló, sin quererlo, el mejor castigo posible para el monumento: la ridiculez absoluta y sin paliativos. Ver a un tipo rodar por las escaleras del mausoleo mientras explotan petardos de feria no cura las heridas de la historia, pero al menos le quita a ese pedrusco de mierda toda su pompa y su impostada majestuosidad. Lo convierte en lo que siempre debió ser: el decorado barato para un chiste de pésimo gusto.

Mark Novoa, como persona a la que le asquea el Valle de los Caídos y todo lo que tenga que ver con él, solo lamenta no haber tenido una máquina del tiempo para plantarse en aquel rodaje de 1978. Le habría comprado a Joe Lewis las botas de karate con la suela de acero más dura del mercado para decirle al oído: «Joe, olvídate del guion y zúmbale a esa fachada con ganas, a ver si de una puta patada giratoria les tiras el chiringuito abajo y nos ahorras medio siglo de berrinches fachas«.

Y si de paso al pirotécnico se le hubiera ido la mano con la dinamita de atrezzo hasta dejar la explanada nivelada para montar un parque acuático, servidor habría pagado la entrada encantado. Nos queda al menos el consuelo de saber que el gran templo del fascismo patrio quedó registrado en la historia como lo que siempre fue: el plató perfecto para una santa mierda de película.