Ayn Rand: la parásita del egoísmo que palmó por fumar trujas a tutiplen y con la mano en el contribuyente clavada desde la boca hasta el recto
Hay peña que merece respeto por su obra. Otra, por mantener la dignidad. Y luego tenemos a Ayn Rand, una señora que no merece ni lo uno, ni lo otro, ni que la usen tan siquiera de trapo de fregar en un matadero. Bautizada como Alisa Zinóvievna Rosenbaum en la Rusia zarista de 1905, esta tipeja dedicó su triste vida a parir un aborto ideológico cuyo único dogma era que ser un sociópata de mierda te convertía en un titán de la civilización, que la codicia era el Santo Grial y que cualquiera que mostrara un miligramo de empatía era un parásito que merecía ser fumigado. Todo esto, por supuesto, aderezado con su inigualable hipocresía de garrafón: predicaba el individualismo salvaje mientras dirigía una secta de cenutrios con el cerebro lavado a los que no dejaba ni cambiar de posición sexual sin un sello compulsado ante notario y su coño moreno.
El objetivismo, ese estiércol intelectual que se sacó del papo, es sin duda la mayor estupidez disfrazada de filosofía del siglo XX. Una doctrina tan rancia que reduce la incalculable complejidad del espíritu humano a tres palabras de folleto de inmobiliaria Ibicenca: razón, individualismo y capitalismo. Como si las personas fuéramos cajas registradoras con pretensiones. Como si la empatía fuera una ETS contagiosa. Como si la solidaridad fuera un fallo de fábrica que hay que extirpar a hachazos.
Y el chiste que se cuenta solo es que esta tipa, que cruzó el charco huyendo de los “malvados” bolcheviques, se erigió en la profeta del capitalismo más salvaje mientras vivía de los royalties de sus diarreicos panfletos y de desvalijar las cuentas bancarias de sus adoctrinados. Porque el individualismo fetén, amiguitos, siempre se predica con un conocimiento aplastante cuando la nevera la tienes atiborrada de solomillos a costa del sudor ajeno.
Mark Novoa acaba de elevar la crítica literaria a un nivel puramente orgánico e indeseable. Nadie le advirtió que leer sobre el ‘egoísmo racional’ con el estómago vacío causaba este tipo de revelación existencial. Al final, Rand lo observa con esa cara de bulldog desde la pared mientras él devuelve al suelo hasta la última gota de empatía social hacia Ayn Rand. Definitivamente, la reacción más honesta que se ha visto en una galería de arte en años
De fracasar en la meca del cine a coronarse como la reina de los cuñados liberales, Rand aterrizó en Hollywood en 1926 con una máquina de escribir bajo el brazo, un complejo de Mesías de mercadillo y un ego con más densidad que un agujero negro alimentado a base de batidos de proteína de los Gim Bro de tu gimnasio. Hizo de extra cobrando básicamente por estorbar en el encuadre con cara de oler estiércol, vegetó en el departamento de vestuario de la RKO y terminó enganchando un puesto de guionista para Cecil B. DeMille. No escribía bien. Era dolorosamente torpe, pretenciosa hasta provocar el vómito y capaz de escupir diálogos con la fluidez orgánica de una colonoscopia practicada por un cirujano con párkinson y complejo de escultor.
Pero la fábrica de churros de Hollywood le regaló un altavoz gigante. Ese circo de tres pistas donde cualquier charlatán con labia pasa por Sócrates de la noche a la mañana, le sirvió para esparcir su veneno a legiones de panfilos. Porque las novelas de Rand, hablemos claro, son tochos infumables de proporciones masoquistas. La rebelión de Atlas supera las mil páginas de dolor rectal. MIL. PÁGINAS. Y no porque tuviera un pensamiento brillante que desarrollar, sino porque confundía la rabieta cíclica de una niña mimada con la profundidad de la metafísica.
Su primer ‘éxito’, El manantial (1943), la encumbró como la poetisa oficial de la psicopatía corporativa. La patética historia de Howard Roark, un arquitecto majara que prefiere reventar su propio edificio antes que consentir que le cambien un adorno de la fachada, es la paja mental más pajillera jamás redactada. Porque de eso va el objetivismo: una fantasía masturbatoria de omnipotencia de quinceañero acomplejado disfrazada de tratado de ética.
El cine como máquina de propaganda para censurar al vecino
Aquí es donde el circo alcanza su punto álgido de cinismo y la comedia se vuelve bastante puta mierda. Rand, que fue a Hollywood a escribir guiones, terminó mutando en la inquisidora oficial contra el «peligro rojo» en los estudios. Y lo hizo con la finura y la gracia de un hipopótamo con zancos bailando polka en un campo de minas.
En 1947 parió un panfleto miserable titulado Screen Guide for Americans para la Motion Picture Alliance, una panda de fanáticos ultraderechistas capitaneada por fachas de bronce como John Wayne y Gary Cooper. El folleto era un manual de instrucciones para amebas sobre cómo detectar «propaganda comunista» en películas que no tenían más pretensión ideológica que vender palomitas. Para Rand, si un empresario salía en pantalla cometiendo una villanía o si un personaje le prestaba una chaqueta a un tullido, fijo que ya tenías a la división de tanques del Ejército Rojo desfilando por el plató.
La «guía» incluyó un decálogo de prohibiciones que daba vergüenza ajena: No retrates a los banqueros o empresarios como gente sin escrúpulos. No glorifiques la dignidad de los muertos de hambre. Ni se te ocurra sugerir que el bien común está por encima de las apetencias del avaricioso de turno. Prohibido mentar la «justicia social». Y por lo que más quieras, no le des de comer a un comunista. Para esta paranoica, cualquiera que no le hiciera una felación al billete de un dólar cada mañana era un espía del KGB adiestrado para envenenar el pozo del pueblo.
Lo tronchante es que Rand, la autoproclamada superheroina de la libertad de expresión, se enfundó el capirote de la Inquisición para hacer exactamente lo mismo que denunciaba con aspavientos: censurar. Su panfleto fue una lista negra ejecutada con precisión burocrática. Y la jugada le salió redonda: el FBI distribuyó su zurullo impreso por los despachos de los ejecutivos y la demencia randiana se convirtió en catecismo obligado de la industria.
Ah, la Screen Guide for Americans de Ayn Rand, ese fabuloso panfleto de 1947 donde la Suma Sacerdotisa del egoísmo le explicaba a Hollywood cómo hacer cine sin volverse comunista por accidente. Es fascinante ver cómo intentaba vender la idea de que un villano rico o un empresario con dudas morales eran armas de destrucción masiva soviéticas diseñadas para destruir el sueño americano. Al final, el manual se lee como la paranoia febril de alguien que le tiene más miedo a la colectividad que a un guion pésimamente escrito. Resulta irónico que una guía pensada para proteger la libertad individual terminara pareciendo una lista de censura digna del mismísimo comité del politburó. En resumen: un manual tan ríspido y doctrinario que hace que la propaganda nazi parezca, por comparación, un episodio ligero de Bob Esponja
La era McCarthy y la chivata que quería ser la estrella del plató
En octubre de 1947, Rand acudió reptando al Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC) a soltar su diarrea verbal ante los micrófonos. Su numerito estrella se centró en destrozar Song of Russia (1944), una peli de la MGM que, según su fino olfato para la traición, vendía una estampa demasiado idílica de la Unión Soviética.
El argumento de peso de Rand era que en la película los campesinos rusos salían sonrientes, limpios y hasta despiojados, algo imperdonable porque ella «sabía de buena tinta» que el protocolo soviético exigía que todos salieran harapientos, tísicos y comiendo estiércol con una cuchara de madera. Le importaba tres cojones la verdad artística; solo quería ver rodar cabezas y arruinar las vidas de cualquiera que hubiera mirado un milímetro hacia la izquierda.
Lo que la bruja ocultó con celo bajo la alfombra es que en su juventud se pajeaba con el cine soviético y que su primera obra publicada en la URSS fue una carta de amor a la actriz Pola Negri. Pero no hay nada más peligroso ni más repugnante que un converso: necesitan escupir más ácido que nadie para convencer al resto del rebaño de que ahora son los integristas más leales del bando de turno de mierda.
El manantial: cuando la pantalla te escupe un mojón infumable a la puta jeta
La adaptación de El manantial se estrenó en 1949 firmada por King Vidor y con Gary Cooper haciendo un ridículo espantoso junto a Patricia Neal. Rand exigió amarrar el guion con cadenas de hierro para que ningún mortal mancillara su «obra cumbre». El resultado no fue cine: fue el monólogo infumable de dos horas de una cuñada ebria e histérica explicándote en tú boda por qué pagar impuestos es un crimen contra la naturaleza.
Gary Cooper, al que el traje de pensador le quedaba como un plumas de esquiar a un mero, interpretaba a Roark lanzando parrafadas soporíferas sobre la integridad, la genialidad incomprendida y el odio al prójimo. La crítica destrozó la película calificándola de melodrama delirante, indigesto y febril.
Tenían más razón que un santo.
Lo más ridículo de El manantial es que sus personajes no son seres humanos; son muñecos de ventrílocuo moldeados en madera putrefacta: el héroe sociópata, el malo colectivista y la tía tonta que no sabe si pasar de todo esto y darse a la bebida o llamar al manicomio. No hay matices, no hay conflicto dramático, solo bazofia dogmática masticada y escupida a la cara del espectador. Un truño de dimensiones épicas.
La rebelión de Atlas: el engendro que ni los buitres quisieron comerse
Tras el descalabro de El manantial, Rand cerró el grifo de las adaptaciones hasta que en 2011 a unos iluminados sin luces se les ocurrió la brillante idea de adaptar su novela fetiche. Atlas Shrugged: Part I fue un batacazo de proporciones bíblicas, un bodrio tan desolador que no fueron a verlo ni los perros de los acomodadores. Pretendía ser la epopeya definitiva de los empresarios perseguidos por el malvado Estado y quedó en un excremento audiovisual con actuaciones tan inertes y desprovistas de vida que en el set de rodaje no necesitaban figurantes, les bastaba con electroencefalogramas planos.
En IMDB la despellejaron viva. Un usuario random resumió el desastre con la precisión de Jack el destripador: si en el libro los protagonistas ya te caen como una patada en el bazo, en la pantalla «se les ve exactamente como lo que son: un par de psicópatas de manual. Cero empatía, obsesionados con la pasta y despreciando a cualquiera que no funcione como una turbina de vapor». Eso es el objetivismo: una patología médica vendida como alta filosofía.
La peli era tan absurdamente sectaria que parecía rodada por una civilización extraterrestre sin noción de la vida en la Tierra. Forzó tanto la máquina para colar la doctrina randiana que terminó estrellándose contra el sentido común. Porque el objetivismo no es una corriente de pensamiento; es la rabieta de una niña caprichosa que sueña con un mundo donde nadie le pida explicaciones por ser una basura de persona.
Ahí lo tienes: el capitalismo salvaje en su máxima expresión. Ayn Rand te vendió la idea de que con ‘puro esfuerzo individual’ ibas a conquistar el mundo, pero al final te tiene cagando en medio del andén mientras los demás te miran con cara de ‘por esto es que necesitamos regulación estatal’. La rebelión de Atlas, pero sin papel higiénico
La pasión de Ayn Rand: el culebrón de una pedazo de desequilibrada mental
En 1999, Showtime emitió The Passion of Ayn Rand, basada en la biografía escrita por la cornuda oficial del grupo, Barbara Branden. La película retrata a Rand como lo que siempre fue: una histérica con delirios de dominación, capaz de levantar una secta destructiva mientras soltaba discursitos libertarios sobre la soberanía individual.
El culebrón roza lo grotesco. Casada desde 1929 con Frank O’Connor, un pelele de adorno al que dejó sin alma, Rand se encaprichó en 1951 de Nathaniel Branden, un pipiolo veinticinco años menor. Durante dos décadas, la parejita capitaneó una secta donde no se movía ninguna cola sin la bendición de la matriarca. Controlaba qué leían sus cachorros, qué música escuchaban, con quién compartían cama y hasta el tono de la corbata con la que salían a la calle.
Y todo esto mientras se llenaba la boca pontificando sobre la libertad absoluta del individuo. Semejante nivel de cinismo es tan colosal que da hasta vértigo asomarse a él.
https://youtu.be/Uw03eo4bM-U?si=22RFEXtVLvjgXVZ-
De Rapture a la pantalla: cuando el objetivismo se convirtió en la mayor comedia involuntaria del gaming
Y como no hay truño ideológico que se libre de infectar los píxeles, el objetivismo acabó encontrando su hábitat natural en la industria del videojuego, ese reducto de alienados con luces LED en la caja de sus PC Gaming, que se creen titanes de la industria por especular con skins del Counter-Strike y negarse a pagar el IVA. El chiste supremo llegó en 2007 con BioShock, una genialidad donde Ken Levine decidió construir Rapture: una utopía submarina erigida por un magnate desquiciado bajo la lúcida premisa de ¿qué pasaría si encerramos a todos los acólitos de Ayn Rand a mil metros bajo el mar sin inspectores de hacienda ni regulaciones estatales?. ¿El resultado? Un parque temático de la degradación humana infestado de yonquis genéticos, cadáveres flotando en agua salada y sociópatas en esmoquin desolando pasillos para sacarle las tripas a un niño por dos gotas de baba mágica.
Lo verdaderamente glorioso de este soplamocos audiovisual es que demostró que el objetivismo en la práctica dura exactamente cuarenta y ocho horas antes de que la peña empiece a comerse los unos a los otros. Y no hace falta irse al fondo del océano para comprobarlo: ya lo intentaron en la vida real con el infame Free Town Project en Grafton (New Hampshire), donde una plaga de iluminados libertarios tomó el pueblo de Grafton para abolir los impuestos y las normas de basura, y el experimento acabó con las carreteras hechas pedazos, el primer homicidio en la historia del municipio y una horda de osos negros asaltando las casas porque a los «espíritus libres» no les salía de los huevos pagar cubos de basura antiosos. Porque en cuanto la primera tubería del retrete comunitario revienta o un oso de doscientos kilos entra a tu cocina a reclamar tus gofres, el libre mercado descubre con horror que ningún «genio creador» quiere desatascar mierda o patrullar el bosque si no hay un beneficio neto multimillonario de por medio.
Pero la comedia no acaba en la realidad ni en la pantalla: lo genuinamente descacharrante es presenciar a hordas de gamers con la capacidad de comprensión lectora de un percebe disecado tatuándose la cara de Andrew Ryan y memorizando sus eructos verbales como si fueran el prospecto médico para curar su impotencia social, absolutamente incapaces de procesar que el juego no es una oda a su querida matrona del egoísmo, sino una caricatura descarnada que se mofa en su puta cara de toda la doctrina. Pretender que el objetivismo funcione sin terminar en un baño de sangre, ataques de plantígrados rabiosos y fontanería podrida es como intentar montar una rave en un polvorín usando antorchas: una estupidez tan monumental que solo un liberal empollón alimentado a base de bebidas energéticas y tratados de microeconomía podría considerar una brillante idea de futuro.
Ver a alguien tatuado en el brazo El hombre elige, El esclavo obedece mientras cobra el paro es el pico de la comedia involuntaria del siglo XXI. El juego te advierte sobre el fanatismo ciego y tú vas y te conviertes en un meme andante del objetivismo de garrafón. Si no te diste cuenta de que Andrew Ryan es literalmente Ayn Rand travestida de señor de la guerra submarino, el problema no es el ADAM, es tu coeficiente.
El objetivismo y la esquizofrenia de cualquier guion que tenga que ver con esta mierda
Conviene analizar el vertedero ideológico que supuran estas historias. Obras que, al intentar trasladar los delirios de Rand a la pantalla, acaban convertidas en engendros contradictorios y nauseabundos.
El manantial nos vende a Roark como un mártir de la pureza. Pero el tipo es un sociópata que dinamita un bloque de viviendas (jodiendoles la vida y el pan a cientos de currelas) solo por una rabieta de ególatra al que le han movido un tabique. Un narcisista de mierda elevado a la categoría de divinidad.
Con Atlas Shrugged la cosa cruza la frontera de la demencia. Nos piden llorar por dos magnates a los que el fisco les aprieta las tuercas, pero ocultan que en la novela el tal John Galt monta un búnker para ricos en las montañas para no soltar un solo duro en impuestos. Es decir, la utopía libertaria no es más que una cueva de defraudadores de poca monta en busca de impunidad.
¿Y qué decir de su odio patológico a la compasión? Para esta iluminada, tender la mano a un desvalido era un pecado mortal y la empatía, un tumor que extirpar. Una visión del mundo desquiciada que niega la evidencia biológica más elemental: que la especie humana ha sobrevivido colaborando en tribu y no comportándose como alimañas rabiosas destrozándose la yugular.
El trágico final de la profeta: sola, amargada y enganchada a la teta del Estado
Llegamos a la traca final de este sainete miserioso. Si algo demuestra la biografía de Rand es que el destino tiene un sentido del humor jodidamente despiadado y apuñalante.
Nathaniel Branden, su juguete sexual, heredero intelectual y perrito faldero, se cansó de la vieja de los cojones y la mandó a tomar por culo. Y no por una pensadora de renombre, sino por una modelo quince años más joven llamada Patrecia. A Rand, camino de los sesenta y tantos, le dio un ataque de celos monumental al ver que su amante se iba con una chavala que podía ser su nieta.
En 1968, al descubrir el pastel, montó un espectáculo bochornoso: excomulgó a Branden, lo borró de los registros del objetivismo y llegó a pegarle puñetazos e insultarlo como una verdulera fuera de sí. Ahí tenéis a la suma sacerdotisa de la razón humana: una vieja despechada a guantazo limpio porque el mozo de turno no quería volver a su cama.
Por si fuera poco, en 1977 la modelo rival murió ahogada, y Rand, haciendo gala de una mezquindad infinita, se dedicó a hacerse amiguita de la siguiente mujer de Branden solo por seguir tocando los cojones a distancia.
En 1979 palmó su marido, el castrado de Frank. Rand se quedó más sola que un perro en un descampado de un verano random en los early noventa. Sus discípulos habían salido huyendo de la secta, su amante la había repudiado y ella se arrastraba por su mugriento piso de Manhattan devorada por un cáncer de pulmón. El 16 de marzo de 1982, su corazón reventó. Palmó sola, amargada y podrida por dentro.
Y aquí llega la humillación histórica que deja su legado convertido en cenizas: Ayn Rand, la tía que tildó los impuestos de «robo legalizado», la que llamaba «parásitos» a quienes recibían un subsidio y la que consideraba inmoral cualquier ayuda pública… SE APUNTÓ AL SEGURO SOCIAL Y AL MEDICARE PARA PAGARSE EL TRATAMIENTO DEL CÁNCER.
Lo hizo además como las ratas: a escondidas y de tapadillo, firmando con el apellido de su marido («Ann O’Connor») para que no la pillaran en la mentira. Su propia asesora fiscal lo admitió sin pestañear: «Los médicos eran carísimos y, sin la pasta del Gobierno, la vieja habría quedado en la puta ruina», o algo así entendí. Se embolsó más de 100.000 dólares del Estado y dejó que los contribuyentes le sufragaran la quimioterapia.
Es decir: la gran profeta del individualismo, la que escupía sobre los débiles, se tiró los últimos ocho años de su vida chupando de la teta del contribuyente con un alias falso. ¡Con un par de cojones de mono ahumado!
Intentó justificarlo, en una entrevista en los setenta, con la pirueta mental más patética jamás concebida, diciendo que solo «recuperaba» lo que le habían robado en impuestos. La típica gimnasia mental del libertario de pacotilla que llama a los bomberos cuando se le quema la casa pero luego llora porque le cobran la tasa municipal. Solo que con un cáncer devorándole los pulmones y la factura médica endosada a las espaldas del pueblo.
Ayn Rand palmó en la cama de un hospital sostenido por el Medicare. Cada currante estadounidense que cotizaba en su nómina puso dinero de su bolsillo para que esta farsante palmara con la cartera intacta. Tenía más de medio millón de dólares en el banco, pero prefirió que la juerga se la pagaran los demás. Porque el objetivismo mola mazo hasta que te toca pagar la factura de la quimio de tu propio bolsillo.
Ahí lo tenéis, el «buen vecino» de Nueva York, a dos páginas de La Rebelión de Atlas de convertirse en un Elon Musk de pacotilla pero sin el dinero. Le da una patada a una silla para demostrar su individualismo radical, un acto que grita «soy un adulto funcional» tanto como gritarle al microondas porque tarda mucho. Lo que Ayn Rand no te cuenta es que el «egoísmo racional» no paga las facturas del hospital.
El funeral del dólar gigante y la ridiculez final
Ni metida en el ataúd pudo evitar hacer el ridículo más espantoso. Su funeral contó con una corona de flores de dos metros con la forma del símbolo del dólar presidiendo el féretro. Un dólar gigante para despedir a la tía que convirtió la avaricia y la mezquindad en religión. Fue un espectáculo tan hortera, tan casposo y tan grotesco que el sepulturero no sabía si usar la pala o pedirle un aval bancario para cubrir el hoyo.
Imaginaos la escenita: cuatro frikis alienados supervivientes de la secta reunidos alrededor del ataúd decorado como un prosti barato de Las Vegas, rindiendo culto a la nada mientras el Estado al que tanto odiaban acababa de apoquinar las facturas del hospital.
El legado de una profeta de la putísima mierda
Rand palmó en el 82 en la más absoluta miseria moral. Repudiada por los filósofos de verdad y abandonada por sus propios perros fieles.
Sin embargo, su cadáver ideológico sigue supurando veneno a día de hoy. No en los centros de pensamiento serios, sino en los cerebros atrofiados de los criptobros, los fanfarrones de Silicon Valley y los millonarios cutres que necesitan una excusa barata para no pagar impuestos y sentirse superiores al resto de los mortales. Ese es su verdadero legado: dar cobijo intelectual a los miserables y a los psicópatas.
Y en el cine, su herencia es un montón de bodrios infumables, pretenciosos y desquiciados. El manantial es un coñazo infame, Atlas Shrugged es basura radiactiva y su biopic es un culebrón que da vergüenza ajena. Y eso sin contar con todas las películas inspiradas en su ideología rollo Pixar.
Así que cuando un listo de los huevos os venga a vender las bondades del objetivismo, recordadle quién era Ayn Rand: una farsante que predicaba libertad mientras tiranizaba a sus esclavos, que presumía de razón mientras escribía fantasías adolescentes y que odiaba el Estado de bienestar hasta que le tocó aflojar la pasta para sus bronquios.
Al final del melodrama, la heroína del capitalismo salvaje resultó ser la gorrona más grande de todo los Disparos Unidos de América, justo el tipo de basura humana que me gusta destripar en Fiebre de Cabina. Murió sola, despechada por un psicólogo veinte años más joven y aferrada a un cheque con el sello del Tío Sam. Le encantaba llamar vampiros a los demás, pero bien que se pinchó de la vena del contribuyente en cuanto le fallaron los bronquios. Una farsante de manual a la que seguiré pateando póstumamente cada vez que le dé al teclado.
En Fiebre de Cabina, Mark Novoa disecciona el objetivismo con el mismo pánico y asco con el que un multimillonario de Silicon Valley mira a un fontanero que le pide un vaso de agua. Pásate si quieres ver a un hombre perder la fe en la humanidad en tiempo real.
Aquí vemos el fin de fiesta típico en Mar-a-Lago: Donald ha colapsado tras comerse un buffet de Big Macs, dejando a la zombie putrefacta de Ayn Rand con la misión imposible de encontrar el clímax en ‘La rebelión de Atlas’. Lo más normal en la foto es el delfín fumador, que probablemente sea el estratega de campaña más equilibrado que ha tenido el tipo en años. Al menos la criatura marina tiene un vicio que no implica gritarle a los periodistas; esperemos que no se coma el libro, porque Ayn Rand ya era bastante indigerible. En resumen, si esto es ‘Hacer a América Grande Otra Vez’, prefiero el ‘Apocalipsis’ por correo certificado.
















