EL REY DE LOS MERCENARIOS: LA VIDA Y MUERTE DE MICHAEL MADSEN (UNA HISTORIA DE TALENTO, LISTERINE Y PORQUE HIZO UNA MIERDA COMO THE BROKEN KEY)
Michael Madsen muere de una parada cardíaca (Probablemente por ver Species II). Hoy el cielo es una película de serie Z… y ÉL es el monstruo.
Vaya procrastinada mesopotámica que me he cascado, que escribí esto a los días que palmo y lo publicamos ahora. Os la dejo tal como la concebí.
¡Ah, el teléfono negro de Fiebre de Cabina suena con noticias de Ultratumbaaaaa! Michael Madsen, ese pedazo de mercenario de los cojones con voz de cazallero por tener esa manía de beber de manera continuada tanto whisky barato como Listerine, para estar lo suficientemente intoxicado y así aceptar papeles tan locos como en Pirañaconda o The Broken Key y con ESA mirada de “te corto la huevera por tres pavinis”, ha decidido hacer su último gran papel: Fallecer en su casa a los 67 años tras una parada cardíaca. Irónicamente su mejor interpretación desde Sin City.
Pero no nos engañemos, esto no es una esquela al uso. Esto es una autopsia en caliente a la carrera más extraña, frustrante y gloriosamente patética de Hollywood. Porque Michael Madsen no solo fue Mr. Blonde; fue el rey de los mercenarios de la interpretación, un tipo capaz de pasar de cortarle la oreja a un poli con “Stuck in the Middle With You” de fondo a, años después, pelearse con un monstruo de plástico llamado Pirañaconda. Y ojo, que nosotros le aplaudimos por ello.
Porque si algo define a Michael Madsen es que pudo haber sido uno de los grandes. De hecho, lo fue. Pero decidió que era más divertido (y necesario para pagar las facturas) convertirse en el actor fetiche de la serie B, el puto amo del directo a DVD, el tipo que decía “sí” a cualquier guion que encontrara por el suelo de una gasolinera. Así que, querido lector, prepárate un cubata peleón (de los malos, como a él le gustaba), siéntate y disfruta de este viaje al abismo de un actor que se merecía un Oscar y acabó recibiendo un Razzie honorífico por existir.
Trailer de Matabot con “Stuck in the Middle With You”, mejor que la carrera de Michael Madsen de después de Sin city? Por supuesto que si!!!! Os recomiendo la serie
1. El Aviso: ¡Qué Muera el Espectáculo!
El jueves 3 de julio de 2025, mientras el mundo esperaba ansioso el tráiler del ultimo truño importante de Marvel o DC, la noticia saltaba como una rana en una freidora: Michael Madsen había sido encontrado tieso como una tabla en su casa de Malibú. Los servicios de emergencia llegaron, pero poco pudieron hacer. El hombre que interpretó al sadico Budd en Kill Bill se había ido al otro barrio. Su mánager, Ron Smith, con cara de póker, soltó el parte médico: “Parada cardíaca”. Como si le hubiera dado un infarto al ver su propia filmografía de los últimos quince años.
Pero el forense, que también tendría su dosis de humor negro, fue más preciso. El certificado de defunción hablaba de “miocardiopatía, enfermedad arterial coronaria y alcoholismo crónico”. Vamos, que el cuerpo de Madsen era un mapa de carreteras secundarias destrozadas por el alcohol y el paso del tiempo. Y es que, para ser justos, ¿cómo iba a estar sano un hombre que aceptó salir en The Broken Key?
Las redes sociales, como no podía ser de otra manera, se incendiaron. Los fans lloraban la pérdida del gran actor. Los haters le recordaban que rechazó el papel de Vincent Vega en Pulp Fiction por irse a hacer un western cutre. Y nosotros, desde Fiebre de Cabina, nos pusimos el traje de luto (un chándal de Cannon Films manchado de ketchup) para honrar a nuestro héroe: el hombre que demostró que, en Hollywood, el dinero fácil de la serie B siempre está al alcance de un borracho con carisma.
2. Los Años de Gloria (Antes de la Debacle)
No nos llevemos a engaño. Michael Madsen, en sus buenos tiempos, era la polla con cebolla. Nacido en Chicago en el seno de una familia con arte (su hermana es la oscarizable Virginia Madsen), Michael se crió a base de Steppenwolf Theatre, John Malkovich de padrino y una presencia imponente que tiraba para atrás. Su debut en el cine fue modesto, pero ahí estaba, picando piedra hasta que Ridley Scott le dio el papel de Jimmy, el novio de Louise en Thelma & Louise (1991). Era el tío majo, el que te caía bien. Pero todos sabemos que eso era la antesala del infierno.
El infierno tenía nombre: Mr. Blonde. Reservoir Dogs llegó en 1992 y Madsen se convirtió en leyenda. Ese baile. Esa cuchilla. Esa oreja. Quentin Tarantino, que ya entonces era un friki con ideas millonarias plagiadas de libros y las explotation australianas de los setenta y ochenta, le convirtió en el psicópata más cool de la historia del cine independiente. Y aquí viene la primera putada de la vida: Tarantino le ofreció el papel de Vincent Vega en Pulp Fiction. El papel que relanzó a John Travolta. Y Madsen, en un alarde de genialidad autodestructiva, lo rechazó para hacer Wyatt Earp con Kevin Costner. Wyatt Earp. Una película que dura nueve horas y aburre a las piedras. Este fue el momento exacto en el que el universo del cine de serie B se frotó las manos.
Aun así, sobrevivió. Donnie Brasco le puso al lado de Al Pacino y Johnny Depp, demostrando que podía hacer de mafioso con credibilidad. Sin City le devolvió al universo noir, y Tarantino le rescató para Kill Bill (donde hacía de Budd, el hermano cabrón de Bill) y Los odiosos ocho. Pero ya era tarde. El virus de la serie B había hecho metástasis.
– Hoy se come gente!!!
– Pero si es un huevo de atrezzo!!! o de Roger Corman!!!
– HOY SE COME GENTE!!!!
3. El Mercenario del Directo a DVD (La Máquina de Hacer CASPA)
Aquí es donde la cosa se pone hermosa. Michael Madsen no es el primer actor que da el salto a la serie B, pero sí es el que lo hizo con más estilo, más desvergüenza y, sobre todo, con más resaca. Hablamos de un tío que acumula más de 300 créditos en su filmografía. Y de esos, unos 290 son basura directamente apta para el desagüe. Direct-to-video. Esa es la frase mágica que probablemente pongan en su lapida.
La explicación es sencilla: Madsen bebía. No es un secreto. Sus problemas con el alcohol eran tan públicos como su cara de pocos amigos. Y en Hollywood, cuando eres un actor carismático pero con problemas de adicción, los productores de serie B te huelen como los buitres huelen la carroña. Ellos saben que, aunque el guion sea vomitivo, aunque el monstruo sea un títere de goma, aunque el director sea un mindundi, Madsen dirá que sí. Porque necesita pagar las facturas. Porque necesita la pasta. O porque simplemente le da igual.
Él mismo lo reconoció en una entrevista: “Te llegan estas horripilantes cosas directas a video por muy poco dinero, y luego vas al Festival de Cannes y tienen un póster tuyo de 20 metros de alto de la peor película del mundo”. Pues eso, que la dignidad tenía un precio y Madsen lo vendía en la tienda de segunda mano más barata del barrio.
En los noventa empezó el calvario. Free Willy 2 (sí, la de la orca famosa) ya fue un aviso. Pero la cosa empeoró. Películas como The Alternate (2000), 44 Minutes: The North Hollywood Shootout (2003) o Living & Dying (2007) fueron el pan nuestro de cada día. Luego llegó la década de los 2010, la del apocalipsis. Y aquí es cuando Madsen se convirtió en el mesías del rollo cutre.

Bonus Track: Homenaje a la voz que surgió del pixel: Michael Madsen y el eco de sus sombras digitales
Hay voces que no necesitan rostro. Voces que se deslizan por la membrana del altavoz como un cuchillo romo sobre una mesa de formica, arrastrando consigo el poso de todos los personajes que alguna vez habitaron. La de Michael Madsen es una de ellas. Cuando la escuchas —ese susurro agrietado, ese deje de cansancio irredento, como si las palabras le pesaran más de la cuenta— no ves al hombre de California, ves al señor Rubio bailando al ritmo de Stuck in the Middle with You antes de cercenar una oreja. Ves a Budd, la serpiente de Kill Bill, arrastrándose por una caravana con la dignidad hecha jirones. Pero hay un territorio donde esa voz se ha desprendido por completo del cuerpo, donde Madsen ha existido únicamente como espectro sonoro, como aliento digital atrapado en cartuchos, discos y descargas. Ese territorio es el doblaje de videojuegos, una filmografía sumergida que merece ser exhumada con la paciencia de un arqueólogo de lo efímero.
Pocos actores de su generación entendieron tan pronto —o con tanta indiferencia— el potencial expresivo de prestar la voz a un puñado de polígonos. Porque en los primeros dosmiles, el doblaje en videojuegos todavía era un terreno pantanoso. Las estrellas de Hollywood lo veían como un trabajo menor, un cheque fácil entre rodaje y rodaje, y las desarrolladoras apostaban por nombres reconocibles sin calibrar demasiado si esos nombres sabrían habitar un cuerpo que no era el suyo. Madsen, con esa mezcla de fatalismo y desapego profesional que siempre le ha caracterizado, se arrojó a la piscina vacía sin preguntar la profundidad. Y lo hizo en 2001, en un juego que cambiaría para siempre nuestra relación con la ciudad como escenario y con el crimen como mecánica: Grand Theft Auto III.
Liberty City era un páramo de neón sucio y aceras resbaladizas de lluvia, y allí, en el restaurante de Salvatore Leone, aguardaba Toni Cipriani. Madsen le dio voz a aquel capo rechoncho y temible, un hombre cuya lealtad se medía en cadáveres. Lo fascinante de aquella interpretación no era lo que decía, sino cómo lo decía: Madsen entendió que el jugador no necesitaba un torrente de líneas de guion, sino una presencia. Su Toni Cipriani era pausado, amenazante sin aspavientos, alguien que mascullaba órdenes con la misma naturalidad con la que uno pide un café. En cada “llévame al muelle” o “encárgate de ese soplón” latía una verdad incómoda: aquel no era un actor leyendo frases en un estudio insonorizado, era un mafioso cansado de cargar con el peso de la ciudad. La interpretación vocal de Madsen en GTA III demostró, casi sin pretenderlo, que la voz en los videojuegos podía ser atmósfera, no solo información. Podía ser un zumbido persistente en el oído del jugador, una incomodidad que nos acompañaba incluso después de apagar la consola.
Apenas dos años después, Madsen volvió a un mundo abierto, pero esta vez en una producción que aspiraba a borrar la frontera entre el cine de acción serie B y el videojuego de barrio: True Crime: Streets of LA. Encarnó a Don Rafferty, un jefe mafioso irlandés que arrastraba su autoridad como quien arrastra un abrigo demasiado pesado. El juego, que se disfrazaba de thriller policíaco con ramificaciones morales, era un desfile de estrellas prestando sus voces —Christopher Walken, Gary Oldman—, pero Madsen aportaba algo distinto: no estaba allí para deslumbrar, estaba allí para dar verosimilitud a un cliché. Su Don Rafferty era un hombre que había visto demasiados atardeceres sucios desde la ventana de un despacho con moqueta raída, y cada línea de diálogo sonaba a epitafio no escrito. En aquella época, la crítica ni siquiera se detenía a valorar el trabajo vocal en los videojuegos más allá de la anécdota friki, pero escuchar hoy a Madsen en True Crime es asistir a un ejercicio de economía dramática que el medio tardaría años en reconocer.
Luego llegó Driv3r, y con él uno de los encargos más extraños de su carrera: poner voz al protagonista, Tanner, un policía infiltrado de gesto adusto y gabardina perpetua. El juego, ambicioso hasta la temeridad, pretendía emular el cine de persecuciones con una seriedad casi ofensiva, y Madsen se tomó el papel exactamente con la misma gravedad con la que se habría tomado un thriller de serie B para el videoclub. Su Tanner hablaba en monosílabos, arrastraba la respiración antes de cada frase y desprendía ese desencanto tan característico que convierte a un poli de ficción en alguien peligrosamente real. Sin embargo, lo que hoy nos resulta fascinante de aquel trabajo es precisamente lo que en su momento lo condenó a un limbo de incomprensión: Madsen no intentó hacer un héroe de videojuego, no impostó una bravuconería que no sentía. Jugó a ser un hombre roto que conducía demasiado rápido porque no soportaba el silencio del asiento de al lado. Y esa decisión, tan opuesta a lo que exigía el molde del protagonista interactivo, convirtió a Tanner en un fantasma melancólico, en un eco de lo que pudo ser y no fue.
El año 2005 nos trajo un desvío inesperado hacia el país del sol naciente: la primera entrega de Yakuza, doblada al inglés con un reparto que parecía sacado de un sueño febril de Quentin Tarantino. Madsen puso voz a Futoshi Shimano, patriarca de la familia Shimano, un ogro de los bajos fondos de Kamurocho. Aquel trabajo condensaba en pocas frases toda la poética del actor: su Shimano era brutal y primario, sí, pero también arrastraba una especie de sabiduría cansada, una comprensión del crimen como único lenguaje posible. En un videojuego japonés que respiraba melodrama y honor por cada poro, su voz grave y cascada actuaba como un ancla de realismo sucio, como si de repente la yakuza se hubiera dado de bruces con los bajos fondos de una película americana de los setenta. Madsen encajaba en aquel universo porque jamás juzgaba a sus personajes; simplemente les prestaba el pellejo vocal y los dejaba caminar solos hacia su destino, que casi siempre era una muerte absurda y violenta.
Y luego, claro, estaba el regreso a casa, o al infierno. En 2006, el videojuego de Reservoir Dogs le permitió reencontrarse con el señor Rubio, aquel psicópata coreográfico que se había instalado para siempre en el imaginario colectivo. Volver a encarnar a un personaje que ya había marcado a fuego su carrera podía haber sido un gesto de pereza, pero Madsen encontró en la repetición una forma de ahondar en la herida: el videojuego le obligaba a habitar de nuevo aquella violencia ritualizada, aquel sadismo con sonrisa de hiena, pero esta vez desde la intimidad del estudio de grabación, lejos de las cámaras. Su Blonde digital era más inquietante porque no lo veíamos cortar orejas; solo escuchábamos su respiración entrecortada, sus chistes secos antes de la tortura, su manera de convertir el silencio en una amenaza palpitante. Fue una interpretación que entendía que el medio no necesitaba el primer plano, sino la textura sonora de la crueldad.
Los años fueron pasando, y Madsen, como tantos actores de su estirpe, encontró en los videojuegos un refugio intermitente, un lugar donde su voz podía seguir narrando el ocaso de hombres rotos sin que el físico le pasara factura. En 2014 llegó uno de sus trabajos más redondos y, curiosamente, uno de los menos comentados: William Carver en la segunda temporada de The Walking Dead de Telltale. Carver era un villano que se presentaba con la calma engañosa de un predicador sureño y se revelaba como un tirano de manual. La interpretación de Madsen confería al personaje una gravedad casi shakespeariana; cada palabra estaba medida para que el jugador sintiera el aliento del lobo en la nuca. Carver no necesitaba gritar para aterrorizar: le bastaba con modular una frase, con bajar el volumen hasta convertir cada sílaba en una losa. Aquel era el Madsen que mejor comprendía la naturaleza del doblaje en los juegos narrativos, donde el actor ya no es un mero emisor de órdenes, sino un paisaje emocional en sí mismo. Su Carver nos enseñó que la voz, cuando está bien escrita y mejor interpretada, puede ser la mecánica de juego más inmersiva.
Y entonces, en 2023, el fantasma volvió a manifestarse en un artefacto tan extraño como fascinante: Crime Boss: Rockay City. El proyecto parecía diseñado por un algoritmo nostálgico empeñado en juntar a todos los iconos del cine de acción y el thriller noventero: Chuck Norris, Danny Trejo, Danny Glover, Michael Rooker y, por supuesto, Michael Madsen. Él interpreta a Travis Baker, el jefe criminal que controla los hilos de la ciudad desde una oficina que huele a whisky barato y a derrota anticipada. Lo interesante de su intervención en Crime Boss no es lo que hace, sino lo que representa. Madsen presta su voz a un personaje que ya ha interpretado decenas de veces, pero lo hace en un videojuego que, como una cinta de VHS rescatada del fondo de un armario, abraza su condición de pulp desacomplejado. Travis Baker es un eco, un reflejo cansado de todos los gángsters que Madsen ha sido, y su voz suena a testamento: grave, cadenciosa, con ese punto de hastío metafísico que solo los actores que han vivido demasiado saben imprimir. No importa que las animaciones faciales se queden cortas o que el guion no le regale frases memorables; importa que su voz está ahí, llenando el espacio vacío entre el jugador y la pantalla, recordándonos que hubo un tiempo en que el carisma vocal era suficiente para sostener un universo entero.

Contemplada en su conjunto, la carrera de Michael Madsen en el doblaje de videojuegos es la historia de un actor que nunca menospreció un medio que el resto de la industria trataba con condescendencia. No vino a los videojuegos a facturar y desaparecer; vino a habitar cuerpos de alambre y texturas pixeladas con la misma seriedad con la que había habitado los fotogramas del celuloide. Sus personajes digitales forman una constelación de perdedores, mafiosos, policías corruptos y tiranos carcomidos por el tiempo, todos unidos por un hilo invisible: la certeza de que la voz, cuando es auténtica, puede humanizar incluso a la criatura más artificial. En una industria que cada vez depende más de la captura de movimientos y los hiperrealismos faciales, la presencia de Madsen en estos juegos nos recuerda que el doblaje, en su forma más pura, es un acto de fe. La fe de que un puñado de ondas sonoras puede insuflar alma a la nada. Y él, con su susurro de perdedor irredento, ha conseguido que esos ecos sigan reverberando mucho después de que los créditos se hayan desvanecido en la pantalla. Porque quizá el mayor logro de Madsen en este medio no sea haber interpretado a tal o cual personaje, sino haberse convertido, para toda una generación de jugadores, en esa voz que surge del pixel y se niega a morir.
4. Pirañaconda: La Obra Maestra de la caspa ficción
Si tuviera que elegir una película que resuma la esencia de Michael Madsen como rey de la serie B, esa es Pirañaconda (2012). Producida por la mítica fábrica de basura de Roger Corman y emitida en Syfy, la película es exactamente lo que parece: una piraña gigante se cruza con una anaconda y sale un bicho horrible de plástico que se come a todo dios.
¿Y qué hace Madsen ahí? Pues interpretar al profesor Lovegrove, un científico con gafas de sol y pose de malote que investiga unos huevos mutantes en una isla de Hawai. Rodeado de actores porno (porque la tía buena de turno es Rachel Hunter) y de un guion que parece escrito por un mono con una máquina de escribir, Madsen se pasea por la selva con la misma cara que pone el camarero del bar cuando le pides la cuenta y no tienes dinero.
Lo mejor de Pirañaconda es que Madsen ni siquiera intenta disimular. Sabe que está en una mierda de película, pero su presencia magnética hace que sea imposible apartar la mirada. Cuando el bicho de goma aparece, él aprieta el gatillo sin despeinarse. Es el héroe que no pedimos, pero el que necesitábamos. La crítica la destrozó, pero eso a nosotros nos da igual. Pirañaconda es el Citizen Kane de los telefilms horteras.

(Ya ni sale Madsen en el póster. Prefieren poner a un CGI mierdero y un culo random antes que a el. Tristisimo)
5. The Broken Key: El Clavo en el Ataúd Creativo
Pero si Pirañaconda era la guinda del pastel de mierda, The Broken Key (2017) es el cuchillo que remata al actor en su tumba de serie Z. Dirigida por el italiano Louis Nero, esta cosa incluye en su reparto a pesos pesados del cine de acción como Rutger Hauer, Christopher Lambert o Franco Nero. Y aquí está Madsen, haciendo de Tully DeMarco, un personaje tan profundo como un charco.
¿De qué va? Ni puta idea. Escribí un articulo gigantesco sobre ella y sigo sin pisparme de nada. Algo de una llave rota, un manuscrito egipcio, viajes en el tiempo, que el papel vale tanto como un barril de Brent en Blood Drive y un futuro distópico (año 2033) con mucha parafernalia esotérica. Lo que importa es que Madsen aparece, dice cuatro frases con su voz de ultratumba, cobra un cheque (probablemente en metálico y por debajo de la mesa) y se va a la suya. The Broken Key no es una película, es un agujero negro de talento.
Y lo peor no es la calidad del producto, sino el mensaje que envía. Cuando aceptas hacer una cosa así, estás diciendo al mundo: “Oye, que me da igual todo. Que me da igual mi carrera, me da igual mi legado. Solo quiero el dinero”. Y eso, amigos míos, es el espíritu puro de la serie B.
Esto es un quien es quien del actor fracasado más bien
6. El Calendario de la Vergüenza: Más Títulos Infames
Para que os hagáis una idea del nivel de descenso a los infiernos, aquí va una pequeña lista de títulos que engrosan la filmografía de nuestro héroe:
- Boa vs. Python(2004): Madsen hace de cazador de serpientes. Los efectos especiales son de un pinball de los 80.
- The Brazen Bull(2009): Presupuesto de 300.000 dólares. Madsen hace de villano en una casa cutre.
- UKM: The Ultimate Killing Machine(2006): Directo a vídeo. Un experimento militar que sale mal. Lo de siempre.
- The Stray(2008): Madsen y Angie Everhart. Un perro perdido. Pues eso.
- Being Michael Madsen(2007): Una meta-basura donde él se interpreta a sí mismo acusado de asesinato. El colmo del narcisismo barato.
Y así hasta unas cuantas decenas más. Cada título es un puñetazo en la mesa. Cada título es una prueba de que Madsen, pese a tener el carisma para comerse la pantalla en una producción de gran estudio, prefería el cheque fácil y la resaca fácil.
Mencion especial a que hizo de no se que malo por el videojuego de Telltale Games ese de Walking Dead, donde su voz de cazallero daba un plus de maldad o dejadez, no se.
7. El Precio de la Resaca: Problemas, Alcohol y Bancarrota
Pero la serie B no solo le chupó el talento, también le chupó la vida. Los últimos años de Madsen fueron un auténtico vía crucis. En 2022, su hijo Hudson se suicidó a los 26 años. El actor se hundió. Se divorció de su esposa, DeAnna Morgan, entre acusaciones de violencia doméstica y problemas legales. Las detenciones por conducir ebrio se sucedieron. Y el dinero empezó a escasear.
En 2024, pocos meses antes de morir, sus hijos se peleaban con su exmujer por la herencia, una herencia que, por cierto, incluía deudas millonarias. Madsen, que podría haberse retirado como un señor, estaba atrapado en un ciclo infernal de aceptar papeles de mierda para pagar abogados y mantener el tipo. Su salud, minada por el alcohol y las penas, no aguantó más.
El informe forense habló de alcoholismo crónico. Y aunque sus representantes dijeron que estaba sobrio antes de morir, el daño ya estaba hecho. El corazón de Madsen, como su carrera, estaba agrietado y lleno de parches.

8. El Legado del King: ¿Por Qué le Queremos?
A estas alturas, os preguntareis: “¿Y por qué coño le queremos tanto si hizo tantísima mierda?”. Pues porque Michael Madsen era auténtico. No era un muñeco de Hollywood, no era un postureta de festival, ni un trepa. Era un actor de los de antes, de esos que si tenían que cortar una oreja, la cortaban; y si tenían que luchar contra una pirañaconda, se ponían el traje de faena y lo hacían sin rechistar.
En un cine cada vez más plastificado, lleno de efectos digitales y superhéroes de postureo, Madsen era el tío del barrio que podía pasar de dar miedo a dar ternura en cuestión de segundos. Su mirada perdida, su voz rota, su presencia imponente y ese punto de locura controlada lo convertían en un animal de escena único. Por eso le perdonamos The Broken Key.
Además, hay que reconocerle un mérito enorme: mantuvo vivo el cine de género. En una época donde las productoras solo apuestan por franquicias millonarias, Madsen se curró decenas de películas de bajo presupuesto que dieron de comer a equipos pequeños, a técnicos noveles y a actores en paro. Fue un trabajador incansable. Un mercenario, sí, pero un mercenario con oficio.

9. Epílogo: La Última Escena
Así que, ahí lo tenemos. Michael Madsen se ha ido. Y lo ha hecho como un actor de serie B: sin grandes honores, sin alfombras rojas, pero con el cariño de todos los que hemos disfrutado viéndole matar bichos de plástico o decir frases lapidarias con su voz de ultratumba.
Su funeral, si se tercia, seguro que será cutre: un ataúd de cartón piedra, un cura borracho y una banda sonora de Pirañaconda sonando de fondo. Pero nosotros le despediremos como se merece: viendo Reservoir Dogs y brindando con el whisky más barato que encontremos. Porque Michael Madsen nos enseñó que, a veces, los mejores actores están en las peores películas.
Y tú, querido lector, la próxima vez que veas un título ridículo en el catálogo de una plataforma de streaming (algo así como Sharknado 8 o La venganza de los cangrejos asesinos), acuérdate de él. Acuérdate del rey de los mercenarios. Porque ese tipo de cine ya no se hace sin él.
Descansa en paz, Michael. Que el cielo sea una película de bajo presupuesto… y tú seas el protagonista.
FIN (Por ahora. Hasta que salga su biopic en DVD).











