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El problema no es Juego de Tronos (I)

Vivi D. on 28 mayo, 2019 - 10:56 am in REPORTAJES

Marujas, bebés llorones y adolescentes eternos

De cómo los fenómenos de masas nos empobrecen culturalmente

Las redes sociales se han convertido durante estas últimas semanas en un hervidero de quejas y lamentos respecto a GOT. Unos lloriquean como niños malcriados exigiendo que se cambie un final que odian. Otros se regodean en el hecho de no verla, mirando al resto por encima del hombro, como si nunca hubieran pasado la tarde atiborrandose de doritos y episodios de La Rosa de Guadalupe, en pleno éxtasis del placer culpable que produce reventar neuronas y acumular adipocitos a la vez.

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El episodio de los otakus es droga dura

Al margen de las batallas absurdas de Facebook, que para ser sinceros son parte de la diversión, el hecho es que todo esto encierra un problema mucho más profundo del que la mayoría no parece percatarse. Incluso se podría decir que cualquier intento de ponerlo sobre la mesa es replicado con bufidos y acusaciones hacia quien ha tenido tal atrevimiento, de ser un snob aguafiestas. Para ser justos, realmente los haters pueden llegar a ser muchas veces snobs aguafiestas que huelen a doritos, sudor y vergüenza, no lo vamos a negar; sin embargo, ¿es ese motivo suficiente para renegar y pisotear cualquier crítica en contra de la histeria colectiva que suscita este fenómeno? ¿Existen argumentos más allá del odio irracional a todo lo que produzca un interés popular tan grande?

La maruja que llevas dentro

Tal vez debamos tomar un poco de distancia con este caso concreto para poder analizar con perspectiva todo esto.

Si el punto de vista que tomamos tiene que ver con su popularidad, el fenómeno de Juego de Tronos no deja de ser muy parecido al de cualquier otra serie mainstream, como Walking Dead, Breaking Bad en su día, Big Bang o Stranger Things. Y, aquí viene donde algunos se van a enfadar con la comparación: Lo mismo se puede decir de otros fenómenos de masas como el fútbol o (esta si que no me la perdonáis) los programas de cotilleos y los reality shows.

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Claro y conciso resume todo este tostón de artículo, ya os podéis ir a hacer algo de provecho

Recordad, estamos hablando a nivel de popularidad y nada más. Pero aun así, dejadme decir que tampoco creo que ninguno de ellos sea un producto cultural de primer nivel, ni necesita serlo. Su principal función siempre ha sido la misma, en todos los casos: ¿entretener? Ojalá, es lo que debería ser pero sabemos que no es así. Su principal función, como muchos ya habréis adelantado, es hacer dinero. Otra cosa es que ese dinero se haga entreteniendo, que es muy diferente. Entretener no significa que algo tenga calidad. Aunque personalmente opino que si algo es incapaz de hacerlo es automáticamente una porquería, se pongan como se pongan algunos, también soy consciente de que muchas veces podemos pasarlo realmente bien viendo o leyendo cosas que sabemos que son un auténtico petardo a todos los niveles. Incluso es común que ni siquiera necesitemos que sea el propio producto el que nos divierta, ya que a veces la chicha que buscamos obtener está en el cotilleo que lo rodea, y , de hecho, creo que este es el único motivo que explica que tanta gente diga que se aburre cada vez más con una serie a medida que avanza- Ejemwalkingdeadejemejem!-  y siga perdiendo su valioso tiempo de vida viendo algo que odia.

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Robado a la página de FB cine La Mina

No estoy diciendo que un producto mainstream sea por narices una porquería, simplemente digo que no necesita ser bueno. Tampoco se trata de juzgar gustos ajenos, ni de mirar por encima del hombro a quien decida pasar la tarde viendo una serie o a Belén Esteban graznando a cámara con la boca llena de galletas. Lo que digo es que una vez sobrepasado cierto umbral de éxito, la estrategia va a pasar a ser la de “mantener el resultado” y eso suele ir en detrimento de la calidad.

Cuando se pretende mantener el resultado no se arriesga, se intenta contentar al mayor número de gente posible dándoles de comer blandito. Poca polémica, poco riesgo y mucho dramita telenovelesco para mantener enganchadas a las marujonas que todos, sin excepción, llevamos dentro. 

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Robado vilmente de Memes marxistas-leninistas

Y es que todos vemos mierda, por favor, asumidlo. La vemos con placer culpable, porque es fácil de digerir para nuestros cerebros cansados y llenos de preocupaciones. Nos divierte, aunque sepamos que tiene un argumento pésimo a veces, que es simplón o que nos venden ficción como si fuera realidad. Aceptamos todas esas cosas porque criticar la porquería, participar del cotilleo sobre esa serie, partido o programa de televisión es tremendamente divertido, y la necesidad de socializar, por mucho que digan los que van de solitarios, está grabada a fuego en nuestra naturaleza.

Miramos con desdén a nuestra abuela por echar la tarde viendo programas de cotilleos, nos burlamos de la euforia melodramática de algunos aficionados al fútbol y nos reímos de la gente que ve La Rosa de Guadalupe o Betty la fea. Pero lo cierto es que si nuestra necesidad de comentar sobre algo popular y de dudosa calidad no sale por esos lados sale por otros. Incluso los que vais de “a mi no me gusta Juego de Tronos”, lo hacéis con otras series y no pasa nada, no hace daño a nadie, porque, aquí viene el quid de la cuestión: El problema nunca ha sido Juegos de Tronos, ni Sálvame, ni el fútbol, ni Vengadores, ni cualquier fenómeno de masas en sí, y no es, en ningún caso, un tema de conducta individual. El problema está en lo que hay detrás de que algo sea un fenómeno de masas y cómo algo, en principio divertido, puede llegar a ahogar y empobrecer culturalmente nuestra sociedad gracias a intereses que poco tienen ver con que tú te lo pases pipa con una serie.

La adolescencia eterna

El formato audiovisual está más conectado que ninguna otra forma de expresión con el capital. Esta es una conexión natural, no se puede hacer mucho para escapar de ella, incluso a pequeña escala.

Gracias a la educación pública, a las bibliotecas y a Internet, cualquiera puede escribir una novela o veinte si le da la gana, y a partir de ahí intentar venderla por todos los medios. Obviamente siempre lo va a tener más fácil si su posición económica, o la de su familia, le permite dedicar más tiempo y recursos a la escritura, además de tener contactos que le permitan publicar. Sin embargo, si quiere contar la misma historia con imagen y sonido lo tendrá muy difícil si no pertenece a los de ese último caso. La obra audiovisual está condicionada desde su inicio al dinero disponible, siempre, a excepción de proyectos muy pequeños como webseries y esos cortos de mierda hechos por tus amigos que ves a veces por compromiso.

No digo que sea imposible hacer algo interesante, pero es innegable que las posibilidades están muchísimo más limitadas, y la capacidad del ingenio para vencer la falta de pasta también tiene un tope. De esa forma, gran parte de los elementos que cualquiera puede usar en un libro de fantasía o ciencia ficción, por poner dos ejemplos, no podrán ser nunca usados en formato audiovisual si no tienes a alguien detrás pagando por ello. Y lo malo, es que, como es su dinero, van a querer intervenir en el proceso creativo aunque no tengan ni zorra de lo que están haciendo o si lo tengan, pero ese algo esté pensado para ganar dinero a toda costa, aunque reviente entera una buena historia. Esto es algo que todos asumimos, supongo. Nadie es tan inocente como para no percatarse de que lo que quiere un productor es obtener los máximos beneficios posibles de su inversión.

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¡Esto¡ ¡Esto es lo que quiero, perra!)

Sin embargo, de vez en cuando hay apuestas interesantes que buscan salirse de la norma y encontrar otro nicho de espectadores. Es ese punto justo en el que podemos encontrar el arte del medio audiovisual. Y no hablo, por favor, de obras sesudas que solo consiguen que te aburras como una ostra durante horas. Hablo de humor, de historias con una estructura aparentemente sencilla que encierran reflexiones interesantes, de provocación, de contar cosas que nadie suele atreverse a contar en las producciones donde se juega mucha pasta.

Cuando algo es popular, aunque en un inicio empezara siendo una apuesta arriesgada, es inevitable que el dinero meta excesivamente las narices en el guión. La prioridad de este pasará a ser la de atraer a un segmento de público cuanto más amplio mejor. Esto implica, por poner un ejemplo, que pocas veces veremos contenido para mayores de trece años. Este es uno de los temas clave de todo este asunto: La infantilización de la audiencia.

En Noviembre de 2013, el famoso escritor y guionista de cómics Alan Moore, declaró en una entrevista para The Guardian las siguientes palabras:

No he vuelto a leer ningún cómic de superheroes desde que terminé con Watchmen. Odio los superhéroes. Creo que son abominaciones. Ya no significan lo que solían significar.

Fueron originalmente creados por escritores que querían expandir la imaginación de su audiencia de entre 9 y 13 años. Eso es todo lo que debían hacer y lo hicieron de forma excelente. Actualmente, los cómics de superhéroes no están pensados para una audiencia situada entre los 9 y 13 años, no tienen nada que ver con ellos. La mayor parte de su audiencia está entre los 30, 40, 50, 60 años, y normalmente son hombres.

A alguien se le ocurrió el término “novela gráfica”. Estos lectores tragaron con ello; simplemente les vino bien para validar su amor por Green Lantern o Spiderman sin parecer, en cierta forma, emocionalmente subnormales.Esto supone un palo significativo para los adictos a los superhéroes, a la audiencia masiva adicta. No creo que los superhéroes representen nada bueno. Más bien creo que es un signo alarmante tener espectadores adultos yendo a ver la película de Los Vengadores, deleitándose con conceptos y personajes pensados para entretener a chavales de 12 años en los 50.

El problema no es Juego de Tronos (I) alan moore se retira de los comics

Alan Moore es conocido por echar bilis contra el cine comercial, especialmente sobre las adaptaciones cinematográficas de sus cómics. Muchos lo consideran un genio gruñón, al que hay que hacerle el caso justo, y otros, un maldito snob aguafiestas.

Pero puede que, de vez en cuando, necesitemos un poco a esos snobs aguafiestas.

Personalmente pienso que sus palabras son excesivamente duras, porque las lanza alguien desde una especie de púlpito, que quiera él o no, tiene gracias a la fama y al reconocimiento de su trabajo, contra una masa de gente a la que probablemente solo le apetece pasar un buen rato después de aguantar otro día de mierda. Es perfectamente normal que alguien, a nivel individual, se sienta en cierta forma dolido u ofendido cuando alguien sugiere que puede que sea “emocionalmente subnormal” solo por disfrutar de algo que no hace daño a nadie. Pero las palabras de Moore van más allá de una conducta individual. En realidad lo que plantea es un tema colectivo. El problema no es un señor de 40 tacos disfrutando con la última de Vengadores, el problema es por qué de repente hay tantísima gente adulta aferrándose a algo así. Por ello pienso que esas declaraciones ilustran perfectamente el estado actual de la ficción más masiva y la industria cinematográfica.

Como espectadores, y algunos también señalan que como sociedad, estamos viviendo en una especie de adolescencia perpetua, y en algunos casos incluso de infancia. Pero ¿a qué se debe esto y por qué es malo?

Muchos ya sabréis que en el mercado estadounidense las películas y series que superan la calificación PG-13 están poco más que abocadas al fracaso. Para los productores superarla es palmar dinero seguro. Y cuando, a pesar de todo, se hacen películas para mayores de 17 o 18, la rentabilidad se busca desesperadamente añadiendo grandes dosis de violencia y sexo, que es lo que el público espera de algo con esa calificación por edad. Debido a la moralina típicamente estadounidense respecto al sexo y la violencia, los contenidos para adolescentes son ridículamente mojigatos en muchos aspectos. Esa represión absurda hace que todo aquel contenido para mayores se convierta en el equivalente en ficción a la eyaculación precoz de quien ha pasado toda su adolescencia reprimido sexualmente y acaba de tocar teta. No me entendáis mal, no tengo nada en contra del uso del sexo y la violencia en ficción, pero reducir el contenido adulto a esas dos únicas cosas, y además siempre con el mismo tratamiento ansioso, repetitivo y poco original, es aburridísimo. El sexo que se muestra en la ficción de masas es la maldita versión filmada del misionero con la ropa puesta.

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Todo lo que se salga de ahí es visto como perverso y sórdido; algo rarito propio de pervertidos de callejón oscuro. Y sin embargo, el sexo embadurna hasta provocar el vómito todo intento de hacer algo para un público adulto; sin dejar espacio para un tratamiento maduro y más complejo de ciertos temas, personalidades y situaciones.Todo esto es uno de los síntomas que nos advierte de que nos han convertido en una sociedad infantilizada con cada vez menos referentes y juicio crítico.

Y digo síntomas, porque no señalaría como principal culpable a la ficción mainstream, ni siquiera a la industria que hay detrás, para mi su forma de actuar es una consecuencia, no la causa directa. Nada de todo esto sería posible sin un sistema económico que nos aboca a gastar toda nuestra energía y concentración en trabajos de mierda o su angustiosa búsqueda, mientras nos ofrecen ocio inofensivo para rellenar cualquier tiempo libre que podamos usar para pensar sobre esta situación absurdamente injusta y alienante. Y aunque es cierto que en casi todas las épocas, la vida de la mayoría de mortales nunca ha sido un campo de rosas y que la industria cinematográfica siempre ha explotado las ansias de evasión del público en épocas de crisis; ahora tenemos el añadido de que vivimos en la época dorada del marketing agresivo, del “yo y mi culo” y de la eterna adolescencia. Y de hecho, solo hay que ver la horda de subnormales demandando que se rehaga el final de una serie solo porque no les ha gustado, para darse cuenta de que estoy siendo generosa al hablar de adolescentes y no de bebés llorones.

Tal vez la ficción de masas no es la culpable directa de que solo nos miremos el ombligo y que los referentes culturales de la mayoría de nosotros sean ridículamente simplones y fáciles de masticar. Pero es indudable que se aprovecha de ello y  retroalimenta efusivamente este fast food cultural: barato, palatable y fácil de digerir, pero una porquería nociva que mina la salud y nuestra tolerancia a puntos de vista más complejos y llenos de matices. Con tanta mierda de este tipo ocupando cada esquina ¿qué sitio le estamos dejando a esas historias que sí podrían hablarnos como a los adultos que somos?

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