Tim Curry de pirata

EL COLOR DE LA MUERTE: NUESTRO ADIÓS A TIM CURRY, EL HOMBRE QUE HIZO DEL EXCESO, UNA PROFESIÓN RENTABLE

Anoche, mientras tú probablemente hacías scroll infinito en TikTok viendo a un subnormal casarse por la iglesia con una pizza con salsa de tomate, Tim Curry se fue al otro barrio a los ochenta años, en su casa de Los Ángeles. Sin aspavientos, sin payasos de alcantarilla bailando a su alrededor, sin un coro de travestis entonando «Time Warp» en su honor. Solo el silencio y el eco de una carrera que fue todo menos silenciosa. Y un montón de cuentas de Twitter se han acabado pispando hoy de lo sucedido y han publicado al unísono, en plan predecible y como una mente colmena, el mismo clip de Rocky Horror como si hubieran descubierto la pólvora, como si no hubieran pasado treinta años ignorando su existencia los muy falsarius de los cojones.

Llevaba más de una década aquejado de problemas de salud. Un derrame cerebral en 2012 le había robado la movilidad, pero nunca esa sonrisa de medio lado que parecía decir: «Sé algo que tú no sabes, y ese algo es probablemente obsceno». El cuerpo se rindió, pero el gesto permanece. Como el de Frank-N-Furter, como el de Pennywise, como el de todos esos secundarios de lujo que convirtió en lo único que valía la pena ver de películas que, francamente, no lo merecían. Porque ese era el contrato no escrito de Tim Curry con el universo: él aparecía, robaba la función, y el resto del metraje podía irse a tomar por saco con todos los honores.

Y ojo, podría estar hablándote de Rocky Horror, de It, de Legend o de esa de los Muppets. Pero no. Eso ya lo han hecho todos los obituarios perezosos de la prensa, los mismos que hasta ayer creían que Curry era «ese actor que hacía de payaso» y que su filmografía empezaba y terminaba en 1990. Hoy, en su memoria, vamos a hablar de tres películas que cumplen ese requisito a la perfección. Tres joyas imperfectas donde Curry hizo exactamente eso. Tres películas que, sin él, serían completamente olvidables. Con él, son inolvidables por las razones equivocadas. Y las he elegido precisamente porque no son las de siempre, porque tengo más criterio que un bot de Wikipedia y porque me apetece ver arder a los puristas que ya están buscando el botón de «denunciar» en sus móviles.

Vamos allá, que la vida es corta y el ácido no se gasta solo.

Personajes de Tim Curry

Si el concepto de ‘improvisación de último minuto’ necesitase una foto de portada para Wikipedia, felicidades, acabamos de encontrarla

El color de la magia (2008): Cuando Mundodisco se encontró con el telefilm de sobremesa de Antena 3

Adaptar a Terry Pratchett es como intentar embotellar un huracán con una cuchara de plástico en un bote de Nocilla. El hombre escribía como si la deidad de la escritura hubiera decidido darle una tarde libre a la gramática y contratar a un comediante en su lugar. Sus libros son una mezcla de filosofía, sátira y absurdismo que solo funciona cuando el lector acepta que el mundo es un disco plano sostenido por cuatro elefantes encima de una tortuga gigante. Si eso te parece razonable, bienvenido al club. Si no, probablemente estés leyendo a Coelho y este artículo no es para ti, así que puedes irte ya, que no te voy a echar de menos.

La adaptación de 2008, producida por Sky1, tenía todos los ingredientes para ser un desastre y, contra todo pronóstico, lo fue. Pero no un desastre aburrido. Un desastre británico: correcto, bienintencionado, con un reparto de lujo que incluía a David Jason, Sean Astin, Jeremy Irons y la voz de Christopher Lee como la Muerte. Y en medio de todo ese talento, Tim Curry interpretando a Ymper Trymon, el mago ambicioso que quiere convertirse en Archicanciller de la Universidad Invisible. Un personaje que en los libros funciona como una parodia del típico arribista sin escrúpulos, y que aquí, en las manos de Curry, se convierte en un recordatorio de que los británicos no saben hacer fantasía sin que parezca un culebrón de sobremesa.

Trymon es un mago que asesina a sus colegas para trepar en el escalafón académico. Ya te puedes imaginar el chiste: la universidad como una selva donde el que no corre, vuela. Pero Curry no interpreta a un mago malvado al uso. Es un mago que ha visto demasiadas películas de Vincent Price y ha decidido que esa es la única forma aceptable de existir. Hay un momento en la miniserie, cuando Trymon liquida a varios miembros de la Universidad Invisible con la misma indiferencia con la que yo hago zapping, en el que Curry mira a cámara con una expresión que dice: «Sí, esto es ridículo. Sí, soy consciente de que estoy en una adaptación de una novela de fantasía para la televisión británica que nadie va a ver fuera de Reino Unido. Y sí, voy a darlo todo de todas formas porque soy el único aquí que ha entendido el puto libro». Esa conciencia del absurdo es lo que separa a Curry del resto del reparto.

Porque luego tienes a David Jason haciendo de Rincewind, y el tío es un mito de la tele inglesa, pero aquí parece que está haciendo el paripé para pagar la hipoteca. Sean Astin hace de Twoflowers con la misma energía que puso en El Señor de los Anillos, pero con menos pelos en los pies y más cara de «¿qué cojones hago yo aquí?». Y Jeremy Irons, la madre que lo parió, haciendo de Lord Vetinari. Tiene el porte, tiene la voz, pero está tan desganado que parece que va a pedirle a su agente que le consiga un papel en el que no tenga que disfrazarse ni fingir interés. Solo Curry se toma en serio lo que está haciendo, y al tomárselo en serio, consigue que sea cómico. Ese es el truco que los actores de comedia mediocre nunca aprenden: la seriedad absoluta es la madre del gag.

La crítica recibió la miniserie con opiniones mixtas: elogiaron el reparto, criticaron el guion y la dirección, que era tan plana que parecía un documento de Word. Pero nadie, absolutamente nadie, criticó a Curry. Porque cuando tienes a Tim Curry haciendo de mago malvado en una adaptación de Terry Pratchett, todo lo demás es ruido de fondo. Incluso Christopher Lee prestando su voz a la Muerte palidece al lado de la energía de Curry. Y mira que Lee era un tío que había matado nazis de verdad, había grabado discos de metal sinfónico y había sido Drácula más veces que nadie, pero Curry le robó el plano con una simple sonrisa de medio lado.

Y sin embargo, hay algo triste en ver esta interpretación sabiendo lo que vino después. El color de la magia fue una de las últimas grandes actuaciones de Curry antes de que su salud comenzara a deteriorarse. Cuando rodó esta miniserie en 2008, ya tenía sesenta y tantos años, pero su energía era la de un hombre de treinta que no ha dormido en tres días pero sigue de fiesta. Pratchett, que sabía algo sobre la muerte y el humor, lo aprobó con nota.

The Colour of Magic

Tim Curry tiene la expresión exacta de alguien que sabe que su carrera ha sobrevivido a cosas peores, pero esto roza el límite. Dos frases bastan para resumirlo: enorme talento, lamentable presupuesto de sombrerería

Congo (1995): Gorilas asesinos, diamantes malditos y el mejor actor es un rumano con acento de Drácula

Ahora vamos a hablar de Congo. Y cuando digo Congo, quiero decir: una de esas películas que solo los noventa podían producir y de las que deberíamos pedir perdón colectivamente a la humanidad. Basada en la novela de Michael Crichton (el hombre que nos dio Jurassic Park y también La amenaza de Andrómeda, así que tenía derecho a algún que otro tropiezo, pero este fue un patinazo en las escaleras mecánicas con final en el hospital). La película es exactamente lo que parece: un grupo de científicos va al Congo a soltar una gorila que habla y se encuentra con gorilas asesinos. Spoiler: los gorilas ganan, y no por inteligencia. Y no, no es una metáfora del colonialismo ni una crítica al extractivismo, es literalmente monos con dientes afilados que destrozan a la gente. Si quieres mensaje, vete a ver Gorilas en la niebla.

El reparto es una colección de actores que han hecho cosas mejores y peores: Laura Linney, Dylan Walsh, Ernie Hudson, Bruce Campbell. Y luego está Tim Curry, interpretando a Herkermer Homolka, un filántropo rumano que financia la expedición. Herkermer Homolka. Repite conmigo: Herkermer Homolka. Es el nombre de un villano de Los Simpson que se ha colado en una película de acción por error administrativo. Es el nombre que le pondrías a tu gato si quisieras que te odiara y te arañara mientras duermes. Es el nombre de un hombre que, según la lógica de la película, es un «filántropo» pero que en realidad solo quiere los diamantes para sí mismo. Porque, claro, ¿quién no? Qué original. Qué giro. Crichton debió de estar tan orgulloso que se tomó el resto del día libre. ¡Un par de años libre!

Curry interpreta a Homolka como si estuviera en una película completamente diferente, y no me refiero a una mejor, me refiero a una que tiene sentido narrativo. Mientras Laura Linney hace de científica seria con la cara de «necesito otro trabajo y otro agente», Dylan Walsh hace de científico guapo con cara de «necesito otro peinado», y Bruce Campbell hace de Bruce Campbell con cara de «esto es un cheque, no me preguntes», Curry está en su propio rollo, orbitando alrededor de un planeta llamado «Voy a robar esta película y no me importa quién se entere». Su acento es… bueno, es un acento. No está claro de dónde viene exactamente, pero suena a algo entre el Conde Drácula, un presentador de televentas de Europa del Este y un cantante de ópera que ha bebido demasiado. Y funciona. Funciona porque Curry no pide permiso, no pide disculpas, no pide nada. Solo agarra el personaje por el cuello y lo sacude hasta que suelta todo el jugo.

Hay una escena en particular, cuando Homolka revela sus verdaderas intenciones, en la que Curry se permite un momento de pura maldad teatral. Baja las gafas de sol, mira al protagonista y sonríe. Esa sonrisa. La misma que usó en Rocky Horror, la misma que usaría en It. La sonrisa del hombre que sabe algo que tú no sabes, y que ese algo va a ser muy, muy divertido para él y muy, muy malo para ti. Y entonces suelta un diálogo de manual de villano digno de un tebeo de los años cincuenta y tú te olvidas de que los gorilas están hechos de gomaespuma, de que la trama es un sinsentido, de que Laura Linney parece estar contando los días para que esto termine. Te olvidas de todo. Solo ves a Curry.

Congo es una película de putísima mierda. No es «tan mala que es buena» a lo Plan 9 del espacio exterior. Es simplemente mala. Mala con mayúsculas, mala con letras de neón. Los efectos especiales no han envejecido bien (los gorilas parecen salidos de un parque temático de los ochenta), el guion es más predecible que un capítulo de Pokémon, y la dirección de Frank Marshall es funcional, que es la forma educada de decir «sin alma, sin ritmo, sin cojones y sin ganas». Pero Curry la eleva. No la salva, porque una película como Congo no se puede salvar ni con una segunda venida de John Milius y un milagro de la Virgen de Guadalupe. Pero la eleva. La convierte en algo que merece la pena ver, aunque solo sea para preguntarte: «¿Qué demonios está haciendo Tim Curry aquí y por qué demonios es lo mejor de la puta película?»

Y esa es la maldición y el don de Tim Curry. Podía estar en la peor película del mundo y, sin embargo, tú recordabas su actuación. Podía ser un secundario de tercera fila y, sin embargo, era lo único que valía la pena. Congo es el ejemplo perfecto: una película que nadie recuerda, pero un personaje que todo el mundo recuerda. Herkermer Homolka. El nombre es ridículo, el acento es dudoso, la interpretación es exagerada. Y es inolvidable. Hasta el gorila Amy, que se comunicaba por signos y era un señor metido en un traje donde sudaba como un pollo, tiene menos carisma que Curry en su día más perezoso. Eso es talento. O magia. O las dos cosas.

Tim Curry en Congo

Míralo bien, esa es la cara de un hombre que atravesó la selva tropical solo para encontrar un pedrusco del tamaño de su ego. Lo mejor de todo es el acento rumano que se inventó para cobrar el cheque.

The Shadow (1994): Pulp, exceso y el arte de ser el malo que no es el malo principal

Y llegamos a The Shadow. 1994. Alec Baldwin como el héroe. Penelope Ann Miller como la chica. John Lone como el villano mongol. Ian McKellen como el científico loco. Jonathan Winters como el chófer. Y Tim Curry como Farley Claymore, el ayudante del científico loco que se alía con el villano. Farley Claymore. Otro nombre que suena a personaje de cómic de los años cuarenta, otro nombre que suena a chiste de mal gusto. Y, de hecho, lo es. The Shadow está basada en el cómic pulp de los años treinta, esos cómics baratos que se leían en el metro y que tenían héroes con capa y villanos con acentos extranjeros. La película, dirigida por Russell Mulcahy (el mismo de Highlander, que ya es decir), intenta capturar ese espíritu. Y lo consigue, más o menos, como quien intenta coger agua con un colador. Es exagerada, es camp, es todo lo que una película de superhéroes de los noventa debería ser. Y Tim Curry está ahí, haciendo de todo menos el héroe, porque los héroes son para los aburridos.

Pero hablemos de Baldwin ya que estamos, porque la cosa tiene su aquel y la ironía es tan gruesa que podría usarse como ancla de la Enterprise. Alec Baldwin, el protagonista, el mismo que años después se ganaría el dudoso honor de acabar en los tribunales por aquel disparo en el rodaje de Rust. Ojo, que la justicia penal finalmente le absolvió de homicidio involuntario, pero el escarnio público, el juicio mediático y el daño a su legado fueron tan reales como el cadáver de su reputación. ¿Ironías de la vida? El tipo que iba de pistolero con su Colt en la cartelera de The Shadow demostró tres décadas después que lo que le sobraba en mandíbula le faltaba en sentido común. Baldwin interpreta a Lamont Cranston, un hombre que puede «nublar la mente» de los demás. Pero en la vida real, Baldwin no pudo nublar la mente del fiscal ni del jurado, y lo que es peor, no pudo nublar la del armero antes de coger el arma. En la película, Baldwin hace el héroe con la seriedad de quien cree que esto es El Padrino y él es Marlon Brando, con el ceño fruncido, la mandíbula cuadrada y la pose de «soy muy importante, miradme, tengo capa». Y luego llega Curry y le parte la cara interpretativamente hablando, sin esfuerzo, sin sudar, sin ni siquiera levantarse de la silla. Y no es que Curry haga un esfuerzo titánico, es que Baldwin es tan soso que un gorila de Congo con un brazo roto le habría robado la escena.

Claymore es el típico personaje que en cualquier otra película sería olvidable: un científico que trabaja para el malo, que traiciona a su jefe y que acaba siendo devorado por su propia creación. El clásico «cerebrito que se pasa de listo». Pero Curry lo convierte en algo más. Lo convierte en una pesadilla de plástico y sonrisas, en una advertencia de lo que ocurre cuando la ambición se encuentra con la locura y ambas deciden irse de copas. Hay una escena en particular que define su interpretación. Claymore está explicando su plan al villano principal, Shiwan Khan. Y Curry, en lugar de hacer la típica exposición de villano con la solemnidad de quien lee un prospecto médico, se permite un momento de pura locura. Sus ojos brillan. Su voz se quiebra. Parece que está a punto de reírse de lo absurdo de todo y de ti por estar viéndolo. Y, sin embargo, hay un peligro real en su mirada. Es un científico loco que disfruta siéndolo. No hay nada de calculado en su actuación; todo es instinto, todo es exceso, todo es Curry en estado puro.

La película fue un fracaso comercial. Recaudó 48 millones con un presupuesto de 40. No fue un desastre, pero tampoco fue un éxito, que en el cine es la peor condena: la mediocridad. La crítica fue mixta. La mayoría destacaba los efectos especiales y el diseño de producción, pero se cebaban con Baldwin, al que llamaban «poco carismático», «demasiado serio» y «sin chispa», que es la forma educada de decir «aburrido como una mona». Y, sin embargo, The Shadow ha ganado con los años un estatus de culto. No por Baldwin, que hoy es más famoso por sus problemas legales y sus tuits lloriqueando que por su filmografía. No por los efectos especiales, que son exactamente lo que cabría esperar de 1994. No por el guion, que es funcional pero predecible hasta la náusea. No. The Shadow se recuerda por Tim Curry. Por ese momento en que Curry, con su bata de laboratorio y su sonrisa de medio lado, te hace olvidar que estás viendo una película de superhéroes de los noventa y te hace creer que estás viendo algo especial. Algo que solo él podía hacer. Y mientras Baldwin se toma tan en serio su papel que parece que está haciendo un curso intensivo de interpretación para la escuela de Cristina Rota y no se le ocurre soltar la mandíbula ni un segundo, Curry se lo pasa bomba. Y tú también. Porque Curry entendió que The Shadow era un juguete, no una reliquia. Y jugó con él hasta romperlo, y al romperlo lo hizo inolvidable.

Tim Curry en La Sombra

Tiene la pose exacta de alguien que acaba de girar la válvula equivocada y sabe que ya es demasiado tarde para pedir perdón. Esa mirada maniática demuestra que el tipo no vino a arreglar nada, vino a disfrutar del desastre.

El legado de un hombre que hizo del exceso una virtud

Tim Curry fue muchas cosas. Fue Frank-N-Furter, el travesti de otro planeta que nos enseñó que el sexo, el género y el rock and roll eran una misma cosa. Fue Pennywise, el payaso que nos enseñó que el miedo también podía ser divertido (si tenías el estómago para ello). Fue Wadsworth, el mayordomo de Cluedo. Fue el Rey de las Tinieblas en Legend, el villano de Los Tres Mosqueteros, el tío de Solo en Casa 2, Gómez Adams cuando palmo Raúl Julia. Fue todo eso y mucho más. Demasiado más, probablemente, pero nunca suficiente.

Pero también fue Trymon, Homolka y Claymore. Fue el secundario de lujo que convertía cualquier película, por mala que fuera, en algo digno de ser visto. Fue el actor que entendía que el exceso no era un defecto, sino una virtud. Que la exageración no era un error, sino una elección consciente. Que el camp no era una debilidad, sino una forma de arte que solo los valientes practican. Y nosotros, los que hemos elegido estas tres películas para recordarlo, no lo hemos hecho por casualidad. Lo hemos hecho para huir de los tópicos, para no ser el enésimo obituario que pone el clip de Rocky Horror y se lava las manos. Lo hemos hecho porque sabemos que el verdadero Curry, el que pica de verdad, el que te deja la boca ardiendo, está en esos rincones olvidados de su filmografía donde otros actores habrían desistido, donde otros habrían hecho el mínimo esfuerzo, y él, sin embargo, se duplicó, se triplicó, se multiplicó hasta reventar la pantalla.

Y ahora se ha ido a los ochenta años. Un derrame cerebral que le robó la movilidad pero no la sonrisa, que le quitó el cuerpo pero no el gesto. Una carrera que duró décadas y que nos dejó momentos que no olvidaremos, por mucho que lo intentemos. Porque Tim Curry no era solo un actor. Era una presencia. Una energía. Una forma de entender el cine que pocos han tenido y que nadie volverá a tener, porque el mundo de ahora está lleno de actores recatados, correctos, seguros, políticamente impecables y artísticamente insípidos. En un mundo de perfiles bajos y gestos medidos, él fue el que dijo «más» cuando todos decían «basta». En un mundo de héroes serios como Baldwin (que luego resulta que no saben ni disparar sin cargarse a alguien), él fue el villano que nos hizo reír y temer a partes iguales, y que nos recordó que el cine es juego, no misa.

Cuando pienso en El color de la magia, en Congo y en The Shadow, no pienso en las películas. Pienso en él. En su mirada. En su voz. En esa forma que tenía de mirar a cámara, de romper la cuarta pared sin pedir permiso, y decir: «Sé que esto es ridículo. Y voy a hacerlo aún más ridículo. Porque eso es lo que hago, y porque tú, espectador, necesitas que alguien te recuerde que esto es mentira, que esto es teatro, que esto es diversión. Y yo soy el mejor en eso.»

Y lo hizo. Siempre lo hizo. Incluso cuando el cuerpo le fallaba, incluso cuando las películas eran un desastre anunciado, incluso cuando el guion era una mierda y el director no sabía qué hacer con él. Curry se plantaba, sonreía y robaba. Robaba sin pedir permiso, sin pedir disculpas, sin pedir nada. Robaba sin que nadie pudiera hacer nada para detenerlo, porque en el fondo nadie quería detenerlo. Todos queríamos verle robar. Todos queríamos verle ganar. Porque cuando Curry ganaba, ganábamos todos.

Descanse en paz, Tim Curry. Y que el más allá esté a la altura de tu exceso, que es pedir mucho. Pero, por favor, que no haya gorilas animatrónicos. Ya has sufrido bastante con esa mierda.

Tim Curry

Mark Novoa es crítico de cine en Fiebre de Cabina y ha visto Congo más veces de las que está dispuesto a admitir en un juzgado. Su terapeuta dice que es parte del proceso, aunque el terapeuta no sabe que Congo es la causa original de sus problemas. Y sí, ha elegido estas tres películas a propósito, con malicia y con criterio, para que no le acusen de ir a lo fácil. Que se fastidien los que esperaban el clip de «Time Warp». Esto es para los que saben.