Chuck Norris

PARTE IV: INVASION U.S.A. O EL MANIFIESTO EN FORMA DE PELÍCULA

Si Missing in Action era la carta de presentación de Chuck Norris como héroe de acción, Invasion U.S.A. (1985) fue su manifiesto político. Y cuando digo político, quiero decir que la ideología de la película cabe en una pegatina de «América, ámala o déjala».

Dirigida por Joseph Zito, el mismo que había hecho Missing in Action, Invasion U.S.A. plantea una premisa tan descabellada como maravillosa: un grupo de terroristas comunistas liderados por un tal Rostov (Richard Lynch, con la cara marcada por las cicatrices y una mirada de psicópata que daba miedo de verdad) invade Florida. Sí, Florida. Porque claro, si vas a invadir Estados Unidos, empiezas por el estado de los jubilados y los huracanes. Rostov y sus hombres siembran el caos, vuelan centros comerciales, matan civiles sin piedad. Y contra ellos, solo hay un hombre que puede detenerlos: Matt Hunter, un ex agente de la CIA que vive retirado en una cabaña en los Everglades, pescando y esperando el momento de volver a la acción.

Invasion U.S.A. es la película más ochentera que jamás haya existido. Lo tiene todo: una secuencia inicial en la que Norris aparece en una barca de aire a toda velocidad por los pantanos, un tiroteo en un centro comercial que es una obra maestra de la pirotecnia barata, y una escena final en la que Matt Hunter, después de haber masacrado a casi todos los terroristas, se enfrenta a Rostov con un lanzacohetes y le suelta la frase que resume toda la década de los ochenta: «Es hora de morir».

El presupuesto fue de doce millones de dólares, una fortuna para Cannon, pero la película los recuperó con creces. Norris no solo protagonizaba, sino que también coescribió el guion. Era su visión del mundo hecha celuloide: un mundo en el que los malos son malos porque sí, en el que los comunistas quieren destruir el sueño americano, y en el que un solo hombre con las botas puestas y las Uzis cargadas puede salvar la civilización occidental mientras se toma un café.

Lo fascinante de Invasion U.S.A. es que no intenta ser sutil. No hay moralidades ambiguas, no hay «ambos bandos tienen razón en algo». Los terroristas vuelan un barrio residencial con niños dentro. Matt Hunter llega y los mata a todos. Fin. La película es tan descaradamente propagandística que resulta casi abstracta, un cómic de acción hecho carne, hueso y cartuchos de dinamita.

Y el público la adoró. Norris se había convertido en el arma definitiva de Cannon, y Cannon sabía que tenía que seguir exprimiendo la veta.

chuck norris en invasion usa
Chuck Norris en Invasión USA

PARTE V: The Delta Force o cuando Cannon quiso hacer una epopeya

Si Missing in Action era el éxito inesperado e Invasion U.S.A. era el delirio patriótico, The Delta Force (1986) fue el intento de Cannon de hacer algo grande. Algo que trascendiera la serie B y se acercara a la épica.

La película está basada (muy vagamente, porque esto es Cannon) en el secuestro del vuelo 847 de TWA en 1985. En la vida real, el secuestro duró diecisiete días y acabó con la liberación de los rehenes tras complejas negociaciones. En la película, los terroristas secuestran el avión, lo llevan a Beirut, y entonces el presidente llama a los Delta Force, un grupo de élite liderado por el mayor Scott McCoy (Chuck Norris) y el coronel Nick Alexander (Lee Marvin, en uno de sus últimos papeles antes de morir). Y entonces, lo que sigue es media hora de Norris en moto, con un lanzacohetes, matando terroristas mientras me imagino que el público aplaude emocionado en el cine.

The Delta Force es, en muchos sentidos, la película más ambiciosa que Cannon hizo con Norris. Tiene un reparto de lujo para los estándares de la casa: además de Norris y Marvin, aparecen Shelley Winters, George Kennedy, Robert Forster y un plantel de secundarios que daban a la película un empaque inusual. La primera mitad es casi un drama, con la tensión del secuestro y los terroristas interpretados con una seriedad poco habitual en el cine de la Cannon. Pero la segunda mitad es puro Norris: el asalto al avión, la persecución en moto por las calles de Beirut, y una escena final en la que McCoy persigue al jefe de los terroristas hasta un cementerio y le dice, con esa mirada que no admite réplica: «Estás acabado».

La película recaudó más de diecisiete millones de dólares en Estados Unidos. Fue un éxito, pero no el éxito masivo que Cannon esperaba. Y aun así, generó una secuela —Delta Force 2: The Colombian Connection (1990)— y otra más sin Norris. Pero lo importante es que The Delta Force demostró que Norris podía ser algo más que un héroe de serie B. Podía ser el centro de una superproducción.

El problema es que Cannon no era una compañía de superproducciones. Era una compañía de producción rápida, barata y sin complejos. Y a veces, cuando intentaban hacer algo más grande, se les iba la mano.

Delta Force

-Muy bien, esto es lo que toca hacer, veis a un par de Comunistas oliendo los chichis a nuestras mozas yankis y les cortáis los huevos.
– Soy Chuck Norris.
– Ah, que te parece flojo?? Quieres mejor morderles los huevos como si fueses una hiena? Para que sepan quien manda digo.
– Soy Chuck Norris.
– Ah claro eso lo harían los mariquitas que no son héroes como tu. Entonces que le harías a los Comunistas?
– SOY CHUCK NORRIS.
– Joder macho, es demasiado incluso para mi y mira como esta echando las rabas por el suelo Lee Marvin de lo asqueroso que es lo que has propuesto. Joder si eres facha macho.
– NOOOOOOOORRIIIIIIIIIIIIIIIIIIIS
– DEJA DE BESAR CRUCIFIJOS!!!!

PARTE VI: Firewalker o el día que Cannon sobrevaloró a Chuck Norris

No todo iban a ser explosiones y patrioterismo. En medio de la racha gloriosa de Norris con Cannon, hubo una película que intentó hacer algo diferente. Se llamó Firewalker (1986), y fue, para decirlo con delicadeza, un error.

Por mi parte es una puta maravilla. Lo reconozco sin complejos: Firewalker es una de esas joyas que uno defiende con uñas y dientes en la trinchera del videoclub, sabiendo que su grandeza solo es inteligible para los que entendemos que Cannon Films no hacía cine, sino que exorcizaba demonios con una máquina de hacer sudor y ambición. Aquí, Golan y Globus nos regalaron el subidón de aventuras imposible: una versión cutre, gloriosa y absolutamente sincera de aquella arqueología de pacotilla que Indiana Jones vendía con sello Lucasfilm, pero que en Cannon se transfiguraba en algo más puro, más desesperado y, por tanto, más auténtico.

El protagonista tiene ese carisma de actor de alquiler que se deja los ligamentos en cada escena de riesgo evidente —dobles con la cara tapada, cuerdas que se ven, decorados que tiemblan— y aún así consigue que le creamos porque su mirada es la de un hombre que sabe que esta película es su única oportunidad de ser Errol Flynn durante ochenta minutos. La dirección de segunda unidad, que aquí es la primera y la única, convierte cada persecución en un acto de fe, cada explosión en un pequeño milagro de pirotecnia artesanal, y la banda sonora electrónica de esos años te mete en trance como si estuvieras ante Morricone en versión teclado Casio.

Lo mejor de todo es que la película es consciente de su propia entropía: el guion tiene agujeros por los que se cuela todo el sudeste asiático de cartón piedra, los diálogos son frases hechas elevadas a la categoría de poema bélico y el villano, que es el indio ese que palma en Predator con un machete en la mano, se convierte en antagonista típico de Cannon para una generación que creció alquilando cintas en formato VHS con la carátula desgastada. ¿Cutre? Sí, pero con la misma épica con la que uno llama cutre a una botella de ron barato que, sin embargo, te ha dado las mejores noches de tu vida.

Glorifiquemos El templo del oro porque es el templo donde Cannon Films ofrendaba su fe en un cine sin complejos, donde la falta de medios se transmutaba en inventiva y donde cada plano gritaba: «Esto lo hemos hecho con cuatro duros, pero con el alma de quien sabe que está fabricando un objeto de culto». Verla hoy es asistir a un rito de nostalgia pura, a una clase magistral de cómo la ambición puede más que cualquier presupuesto.

La cosa , es que la idea era hacer una comedia de aventuras al estilo En busca del arca perdida, con Norris haciendo de mercenario gracioso junto a Louis Gossett Jr. Sí, habéis leído bien: Chuck Norris haciendo comedia. La película los sigue en busca de un tesoro maya, y hay momias, trampas y diálogos supuestamente ingeniosos. El resultado fue un desastre acojonante. Norris no tiene gracia natural —es como ver a una roca intentar contar un chiste— y la química con Gossett no funciona. La película fue un fracaso comercial y crítico, y hoy en día solo se recuerda como el momento en que Cannon pensó que podía convertir a Norris en Indiana Jones.

Pero lo interesante de Firewalker es que demuestra algo esencial sobre la relación entre Norris y Cannon: funcionaba cuando Norris era Norris, es decir, un tío serio, hierático, casi ascético, que resolvía los problemas con las manos y los pies. Cuando intentaban hacerlo gracioso, cuando intentaban humanizarlo demasiado, la magia se rompía. Norris no era Harrison Ford. Era algo mejor: era un icono.

Cannon aprendió la lección. A partir de Firewalker, Norris volvió a lo que mejor sabía hacer. Y el estudio siguió exprimiendo su imagen hasta que ya no quedaron más que la piel putrefacta de los limones.

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Esa fina linea entre plagio e inspiración que surfeaba continuamente la Cannon Films

PARTE VII: el ocaso de Cannon y la despedida del guerrero

A finales de los ochenta, Cannon Films empezó a tambalearse. Golan y Globus se habían sobreextendido: producían demasiadas películas, demasiado rápido, y el mercado del vídeo empezaba a saturarse. Los grandes estudios les comían terreno, y las películas que antes eran rentables empezaron a ser un lastre. Norris, que había sido su estrella más fiable, empezó a mirar hacia otros horizontes.

En 1988, Norris volvió a ponerse las botas del coronel Braddock en Braddock: Missing in Action III. Fue la última de la trilogía, y también la última gran película de Norris con Cannon. La fórmula ya era conocida: Braddock regresa a Vietnam para rescatar a su esposa y a un grupo de niños, y se enfrenta a los mismos vietnamitas malvados de siempre. Norris también coescribió el guion. Era su despedida de un personaje que le había dado fama mundial.

Luego vino Hero and the Terror (1988), una rareza de acción urbana con Norris dando caza a un asesino en serie. Y después, Delta Force 2: The Colombian Connection (1990), que ya olía a fin de ciclo. Cannon estaba en caída libre. En 1989, Golan y Globus vendieron la compañía. En 1993, Cannon Films desapareció. Pero Norris, que siempre fue más listo de lo que parecía, ya había empezado a construir su siguiente etapa: en 1993 se estrenó Walker, Texas Ranger, la serie que lo mantendría en la televisión durante ocho años y que le daría una nueva generación de fans.

La era Cannon había terminado. Pero su leyenda apenas empezaba.

EPÍLOGO: el hombre que fue un ejército

Chuck Norris hizo más películas después de Cannon. Muchas. Algunas buenas, como The Hitman (1991) o Sidekicks (1992). Otras directamente olvidables, como Hellbound (1994) o Forest Warrior (1996). Llegó la fama en televisión, llegaron los memes en Internet, llegaron los libros de autoayuda y las declaraciones políticas rancias junto a su característico extremismo religioso Cristiano festivo. Llegó la leyenda de que Chuck Norris podía partir la atmósfera de un puñetazo y que las abejas, cuando picaban a Chuck Norris, se morían. Llegó todo eso que ahora, con su muerte, volverá a llenar las redes sociales durante semanas.

Pero para quienes crecimos en los ochenta, con el vídeo VHS calentándose después de dos horas de uso y la cinta de Firewalker. casi gastada de tanto rebobinarla, Chuck Norris nunca fue un meme. Fue la certeza de que, por muy mal que estuviera el mundo, siempre habría un tío con barba, botas militares y una cinta negra en la frente que no le temblaría el pulso a la hora de poner orden. Fue la respuesta a una pregunta que nadie se atrevía a formular: ¿y si un solo hombre pudiera con todo? Norris demostró que sí, que podía. Que bastaba con tener la mirada fija, las manos rápidas y un estudio de producción dispuesto a financiarte la pirotecnia.

Cannon Films le dio el escenario. Norris le dio la estrella. Juntos crearon un puñado de películas que hoy, con la perspectiva de las décadas, resultan casi naíf en su manera de entender el mundo. Pero también resultan honestas. No había dobles lecturas en una película de Norris. Los malos eran malos, los buenos éramos nosotros, y al final, después de hora y media de patadas y tiroteos, el orden se restablecía. Era una fantasía, claro. Pero era una fantasía que nos hacía sentir seguros.

Chuck Norris ha muerto. Y con él se va una forma de entender el cine de acción que probablemente no volverá. Hoy todo es más complejo, más ambiguo, más oscuro. Los héroes tienen traumas, los villanos tienen razones, y las películas duran tres horas con finales abiertos que piden secuelas. Norris, en cambio, resolvía todo en noventa minutos y se iba a casa. No pedía perdón. No daba explicaciones. Era el héroe que necesitábamos, aunque no lo supiéramos.

Así que sí, brindemos por él. Brindemos con lo que tengamos a mano mientras suena la banda sonora de The Delta Force de fondo. Brindemos por el coronel Braddock, por Matt Hunter, por Scott McCoy. Brindemos por esos años ochenta en los que Cannon Films nos prometió que, si apretábamos los dientes y creíamos en nosotros mismos, podríamos con todo. Y brindemos, sobre todo, por Chuck Norris, que nos hizo creer que un tipo de Oklahoma podía, literalmente, salvar el mundo.

Porque lo hizo. Una y otra vez. En pantalla, al menos, que es donde más importa.

Y ahora, si me disculpáis, me voy a poner Firewalker otra vez. Porque hay cosas que no pasan de moda. Y Chuck Norris, desde donde esté, estará esperando a que apriete el play.

Descansa en paz, dulce príncipe. O mejor no: sigue dando patadas en el cielo. Que los ángeles ya están avisados.

Mark Novoa es crítico de cine y colaborador de Fiebre de Cabina. Especializado en cine de acción, serie B y todo aquello que huela a VHS y pochoclo. Este artículo fue escrito entre marzo y abril de 2026, con un televisor de 14 pulgadas reproduciendo en bucle la filmografía completa de Chuck Norris en Cannon Films. Norris no respondió a las solicitudes de ser entrevistado, por razones obvias.

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