Dino Lee: El Monarca de la Mugre que acabó cantándole a tu abuela en esmoquin (y sobrevivió a una lluvia de cristales)
Por Mark Novoa
¿Te has parado a pensar alguna vez, mientras hojeas las revistas del corazón en la cola del súper, que la auténtica historia de la cultura pop no se escribe en revistas supuestamente especializadas y gafapastosas? No, Fiebre Cabinero random. La historia de verdad, la que huele a cerveza rancia, a cuero sudado y a decisiones vitales más que cuestionables, se escribe en garajes llenos de humo, en platós de cine donde el maquillaje es un cubo de sangre de sirope de fresa y en las salas de urgencias a las 4 de la madrugada.
Hoy, en esta edición de Fiebre de Cabina, vamos a hincarle el diente a un personaje que vivió, sangró y, con toda probabilidad, vomitó en cada uno de esos escenarios. Un tipo que no solo cruzó la fina línea que separa el genio del pirado de atar, sino que la borró con lejía y montó encima un puto parque de atracciones temático de los horrores. Hablo, como no, de Dino Lee, el autoproclamado Rey de la Basura Blanca. Sí, el que salía en Blood Diner. Ese articulo al que no le hicisteis ni puto caso. Cabrones.
Pero no te creas que esto va solo de un cameo de tres al cuarto en una película que pondría enfermo desde el tipo del camión de la basura, a una veterinaria paseando por un mercado chino. No, querido lector. La historia de Dino Lee es una metamorfosis tan absurda y fascinante que ni Kafka, después de un par de rayas de lo que fuera que se metía la gente en el Studio 54, se la habría creído. Agárrate, sírvete un chupito de algo que queme tu ano, y prepárate para conocer a Mr. Fabulous, el superviviente definitivo.
1. La Guarida del Coyote: Austin, Texas (Donde el LSD corría más que el agua del grifo)
Para entender a este espécimen, primero tienes que trasladarte mentalmente a Austin, Texas, a principios de los años 80. Olvídate del Austin de ahora, lleno de barbudos con gafas de pasta que diseñan aplicaciones para pedir café de soja mientras escuchan vinilos de edición limitada del Expedition 33. El Austin de aquella época era una olla a presión. Un experimento sociológico a punto de estallar donde el punk más macarra, el country más llorón, el rock más cafre y una cantidad industrial de LSD se mezclaban en un cóctel molotov que quemaba desde las pestañas hasta los pelillos del chochete.
La escena musical no iba de buscar el éxito comercial. ¡Qué va! Iba de todo lo contrario: de ser lo más ruidoso, lo más sucio y lo más incómodo posible. En antros como Raul’s o el Club Foot, bandas con nombres como The Dicks o los Butthole Surfers ponían la banda sonora a una generación que había decidido bajarse del tren del «sueño americano» para montarse su propia verbena con alcohol de quemar y jeringuillas usadas. Fue en ese vertedero creativo donde nuestro héroe, un chaval de Los Ángeles que respondía al nombre de Robert Dino Lee Bird, decidió plantar su tienda de campaña. Venía con su banda de rockabilly, los Whirlybirds, pero aquello le pareció demasiado fino. Dino no había venido a Austin a hacer amigos ni a pasar desapercibido. Había venido a montar un imperio.

2. Llega el Rey (y viene con un consolador de metro y medio)
Dino Lee era un visionario. Un visionario de la mugre. Lo que él traía no era una banda de rock al uso; era un puto circo de tres pistas comandado por el mismísimo Calígula. Su invento, Dino Lee & the White Trash Revue, era una troupe de doce o más de putisimos locos (una «pandilla de pervertidos», como la describió algún medio con buen ojo) que practicaban un híbrido imposible de shock-rock, funk, punk y Tex-Mex. Cualquier cosa podía suceder.
Su puesta en escena, si es que se le puede llamar así a aquel aquelarre, hacía que los Lordi parecieran los Parchís. Te hablo de cabezas de cerdo recién cortadas ensartadas en una pica, de enanos luchadores enmascarados, de un atrezzo de temática adulta de tamaño obsceno al que apodaban «General Lee» y de las «Jam & Jelly Girls», un coro de robustas señoritas que se contoneaban sin pudor. El concepto «White Trash» no era una moda para Dino, no. Era su bandera, su religión. Él era el Rey de la Basura Blanca antes de que eso fuera una camiseta de 40 pavinis en una tienda para modernos.
¿Su música? Pues mira, técnica justita, pero actitud para dar y vender. Su discografía es una cápsula del tiempo que, si la abres, te vaporiza el tupé. Ahí tienes su obra magna, The King of White Trash (1985), con himnos generacionales como «Beer Party», «Everybody Get Some» o «Stud Pony». Y no te pierdas joyas posteriores como «If U Can’t Feed ‘Em, Baby Don’t Breed ‘Em» o la sutil «Wayne Newton Is a Dyke». En el fondo, en el fondo, siempre hubo un atisbo del crooner de casino que llevaba dentro, un Mr. Fabulous agazapado bajo toda esa mugre.

3. La Noche en la que el legendario Steamboat se convirtió en un ring de Lucha Libre (y Dino en leyenda)
El problema de creerse tu propio personaje es que el guion te lo acabas escribiendo tú solo, sin red de seguridad y sin un puto filtro. Y el 25 de mayo de 1986, el guion se fue a tomar por culo. Literalmente.
Imagínate la escena: el Steamboat, un local mítico, acoge un concierto benéfico para Ronnie Lane, bajista de los Small Faces y enfermo de esclerosis múltiple. El ambiente estaba más jodido que el seguro de responsabilidad civil del local al ver al bueno de Dino levantar un barril de cerveza por encima de su cabeza cardada. Todo el mundo iba pero que muy borracho. Mucho. Dino, en un arrebato de qué-cojones-estaría-pensando, decide salir a escena en plan unplugged: sin su troupe, sin sus chicas, sin su «General Lee». Solo él, un traje de raya diplomática de andar por casa y un bajo colgado al cuello. Suelta: «No he tocado el bajo en seis putos años, pero Ronnie Lane me ha inspirado a tocar el puto bajo esta noche». Un gesto casi conmovedor. Pues a la fauna que abarrotaba el local le importó tres cojones.
A los veinte minutos, un graciosillo le gritó: «¡No sabes tocar el bajo!». Craso error. Dino se transformó. El Rey de la Basura Blanca se convirtió en Hulk. Dejó el bajo y se cascó un monólogo de diez minutos salpicado de obscenidades, una especie de homenaje a Lane mezclado con una explicación médica que no entendía ni el becario de urgencias.
Los abucheos arrecian. Dino se viene arriba y empieza a sugerirles a los del público lo que pueden hacer con sus madres. El club corta el sonido para evitar una tragedia. Y entonces, privado de su única arma (el volumen), a Dino le explota la cabeza. Le suelta una patada a uno de los que increpa. El otro, con la huella de la bota aún caliente en el pecho, no se lo piensa: agarra su vaso de cóctel y se lo lanza a la cabeza.
Impacto directo. El vaso estalla en mil pedazos. La sangre empieza a manar a chorros por la cara de Dino como si fuera la portada de algún cómic de la editorial EC. Cegado por la furia (y por su propia hemoglobina), Dino levanta el pie de micro sobre su cabeza, dispuesto a segar cabezas, listo para cargarse a todo el que se le pusiera por delante. La banda y los de seguridad consiguen reducirle y sacarle de allí en ambulancia. ¿El epílogo? Guitarristas redactando cartas de dimisión en sus cabezas y el runrún de si Dino Lee había cavado su propia tumba en Austin. Spoiler: qué va.
4. Blood Diner: El Cénit de la Caspa Cinematográfica
¿Te crees que después de casi perder una oreja en un concierto benéfico Dino Lee se iba a retirar a un monasterio? Que te den. Nuestro hombre resurgió de sus cenizas (y de sus puntos de sutura) para alcanzar la gloria eterna en el único medio que podía contener tanto desfase: la serie Z.
Corría 1987. Jackie Kong, una directora que debió perder el manual de instrucciones del buen gusto en una mudanza, se disponía a rodar Blood Diner. La idea original era una secuela de Blood Feast de Herschell Gordon Lewis (el padrino del gore), pero aquello mutó en un engendro con vida propia sobre dos hermanos que montan un restaurante vegetariano como tapadera para matar mujeres, trocearlas y resucitar a una diosa mesopotámica llamada Sheetar. El guionista, Michael Sonye, necesitaba un villano para la escena del clímax, una orgía ritual de sangre y purpurina. Y a Sonye se le encendió la bombilla: necesitaban a Dino Lee.
Su aparición no es una actuación, ¿eh? Es una posesión demoníaca en toda regla. Ver a Dino Lee emergiendo entre los extras, aullando, con su personaje acreditado como «King of White Trash», es entender por qué el cine de bajo presupuesto es pura verdad. No hay filtros. No hay un departamento de recursos humanos. Solo un tipo que se lo cree a muerte dando el 200% por un cheque de cuatro duros. Compuso parte de la banda sonora, junto a Don Preston y Cecil Dill, y se llevó a su banda, The Luv Johnsons, para que tocaran en directo en medio de aquel aquelarre. Es el cénit de la caspa. Un monumento al «qué cojones estoy viendo».

5. El Giro de guion más absurdo de la Historia de la humanidad: De la sangre y la degeneración absoluta al esmoquin del bienqueda
Hasta aquí, la historia de Dino Lee es un documental de National Geographic sobre la fauna de los 80. ¿Podría acabar de otra forma que no fuera vendiendo seguros o regentando un bar cutre? Pues no. Dino Lee decidió pegar el volantazo más bestia de la historia del espectáculo. Se reinventó como Mr. Fabulous.
Un día, el Rey de la Basura Blanca colgó el cuero y la mugre, se puso un esmoquin impecable, se echó gomina en el tupé y montó su propia big band: Mr. Fabulous & Casino Royale. El repertorio: los clásicos del Rat Pack. Frank Sinatra. Dean Martin. El tipo que cantaba con un consolador gigante ahora cantaba «New York, New York». ¿Y sabes qué? No es una parodia. Dino Lee se toma su nuevo personaje más en serio que un dolor de muelas. Porque él es un showman. En sus conciertos, se pasea entre las mesas, suelta piropos vintage y seduce a las damas con clase y solera.
Cuando alguna incauta le pregunta si es verdad que antes era un punkarra, Mr. Fabulous monta un numerito teatral de indignación. «¿Quién está difundiendo esos viles rumores?», exclama. «¡Yo jamás me asociaría con esa música degenerada!». Luego, cuando la chica se va, se gira y suelta la verdad con una sonrisa de oreja a oreja: «No es que me avergüence de mis años como Dino Lee… es que esto nuevo va de romance. Y no quiero que se extienda el rumor de que en mi espectáculo de antes había chicas desnudas comiendo carne cruda». Tócate los huevos.

Conclusión: El Punk más cafre ahora es un señor mayor con esmoquin y perillita rebelde
¿Por qué nos importa Dino Lee? Pues porque es la prueba viviente de que el punk más auténtico no es el que se hace un corte de pelo raro, sino el que se reinventa sin pedir permiso a nadie y acaba siendo el tipo con más estilo de toda la sala. Dino Lee fue el Rey de la Basura Blanca antes de que fuera un meme. Se comió el escenario y un vaso de cristal. Y luego tuvo la inteligencia y los huevos de convertirse en Mr. Fabulous.
La próxima vez que veas Blood Diner, no mires a ese tipo del fondo aullando con un tupé que desafía las leyes de la física como a un puto extra. Míralo con respeto. Es el Rey de la Basura Blanca. Un superviviente nato. El tío que demostró que se puede pasar de cantar sobre fluidos corporales a cantarle a tu abuela sin despeinarse. Eso, amigo mío, es un artista. Larga vida al Rey. Eso sí, no le lances un vaso. Ahora va de esmoquin y no le pega ni con cola y puede que las fans mas acérrimas te rompan el espinazo. Avisado quedas.









