Chuck Norrisa

Nota de Mark Novoa: Chuck Norris falleció el 20 de marzo de 2026, a los 86 años. Este artículo, escrito en el estilo característico de mi mismo con mi mecanismo, se centra exclusivamente en su etapa como rey indiscutible de Cannon Films, la factoría de sueños cutres que convirtió al karateka de Ryan, Oklahoma, en un mito de la cultura pop. El resto de su vidal, los memes, Walker, los libros de autoayuda, la política, que sea un extremista religioso, un fachorro y demás, ósea todo eso, queda fuera. Porque cuando hablamos de Norris, lo importante es una época en la que un tío con una cinta negra en el cabolo y una barba de tres días podía reventar Vietnam entero en hora y media, con pausa para la siesta.

Prólogo: la muerte no es más que otro Chuck Norris fact

A ver, hablemos claro. Chuck Norris ha muerto. Y sí, ya sé que en cualquier otra página esto sería el momento para desempolvar la lista infinita de chistes: que si la muerte no se atrevió a llamar a su puerta, que si él no ha muerto sino que está esperando en la otra dimensión a que el mundo esté preparado para su regreso, que si en el cielo ahora están rezando para que no les patee el culo a los arcángeles. Todo eso está muy bien, pero no es de eso de lo que voy a hablar.

Porque Chuck Norris no fue un meme. El meme fue un síntoma, una forma que encontró Internet décadas después para procesar algo que ya sabíamos desde 1984: que Chuck Norris era, simplemente, la cosa más grande que le había pasado al cine de acción desde que John Wayne se calzó la pistola por primera vez y la uso para amenazar a todos comunistas que se encontraba por Hollywood. Y no lo digo como crítica, ojo. Lo digo como diagnóstico. Hubo un momento, concretamente entre 1984 y 1988, en que Chuck Norris fue la estrella más rentable del planeta para un estudio que era, a su vez, la cosa más descaradamente fascinante que jamás haya existido en Hollywood: Cannon Films.

Chuck Norris y los hermanos Golam
Chuck Norris y los hermanos Golam: deadly alliance

Ahora que ha muerto, toca hacer lo que mejor sabemos hacer por estos lares: sentarnos, abrir una botella de «Champaña», poner la película VHS en el vídeo —sí, aún tengo uno, no me miréis así— y repasar la época en que un hombre con menos expresividad facial que una piedra de granito se convirtió en el arma definitiva del cine de acción. La época en que Menahem Golan y Yoram Globus, dos primos israelíes con más ambición que vergüenza, vieron en él al soldado perfecto para su guerra particular contra Hollywood. La época de Missing in Action, Invasion U.S.A. y The Delta Force. La época en que Chuck Norris no era un meme. Era un ejército de un solo hombre.

PARTE I: el hombre que vino del karate (y de la Fuerza Aérea)

Antes de que Cannon le pusiera una Uzi en cada mano y le dijera «salva América, hijo, que nosotros ponemos las explosiones», Chuck Norris ya era alguien. Pero ojo, no era alguien en el sentido de estrella de Hollywood. Era alguien en el sentido de que si te lo encontrabas en un callejón oscuro, lo último que veías antes de despertarte en el hospital era su pie acercándose a tu cara a la velocidad del sonido.

Carlos Ray Norris había nacido en Ryan, Oklahoma, en 1940, en una familia que hizo de la dureza su única herencia. Su padre era un camionero con problemas con la bebida que desaparecía durante meses, y el pequeño Chuck desarrolló una timidez paralizante que duró hasta bien entrada su juventud. Pero había algo que los púberes retraídos suelen tener a su favor por muy angustiado que estés: o se dedican a la poesía o se vuelven letales. Norris eligió lo segundo.

En 1958, con dieciocho años y la necesidad de demostrar que no era un inútil, se alistó en la Fuerza Aérea. Lo destinaron a Osan, Corea del Sur, donde un compañero le puso el apodo de «Chuck» y donde, casi sin saberlo, encontró su destino. Allí comenzó a entrenar Tang Soo Do, el arte marcial que cambiaría su vida. A los veintidós años, ya de vuelta en California, empezó a competir. Perdió sus dos primeros torneos. Después aprendió a no perder. En 1967, ya era campeón indiscutible. En 1968, ganó el título de campeón de peso medio profesional de karate y lo retuvo durante seis años. En 1969, Black Belt magazine le nombró Luchador del Año. En 1970 Playgirl se planteo si nombrarle el señor más pecho hombre lobo del año o de la historia.

Pero aquí empieza la historia que nos interesa: el salto del tatami a la pantalla.

Norris debutó en el cine como un extra sin acreditar en The Wrecking Crew (1969), una película de Dean Martin que hoy nadie recuerda. Luego llegó el encuentro que lo cambió todo: Bruce Lee, que en aquel entonces era una estrella ascendente pero aún no el mito inmortal en que se convertiría, le invitó a interpretar a uno de los villanos en Way of the Dragon (1972). La escena del Coliseo romano, con los dos enfrentándose a muerte, es una de las más icónicas de la historia del cine de artes marciales. Lee era el héroe, pero Norris dejó claro que había alguien que podía plantarle cara al dragón.

Luego llegó Steve McQueen, que había sido alumno suyo en una de sus academias de karate. McQueen, que entonces era uno de los tipos más duros de Hollywood, le dijo algo que Norris nunca olvidó: «Tómate esto en serio, coño. Puedes ser una estrella, si lo deseas brillaras» o alguna chorrada de Jorge Bucay así. Norris le hizo caso y empezó a labrarse un camino.

Entre 1977 y 1983, Chuck Norris construyó una carrera modesta pero sólida en el cine de acción independiente. Breaker! Breaker! (1977) fue su primer papel protagonista, una historia de camioneros y pueblos corruptos que costó cuatro duros y recaudó lo suficiente para que los productores se frotaran las manos. Pero fue Good Guys Wear Black (1978) la que realmente lo puso en el mapa. Norris la considera su primer papel importante, y con razón: producida con una cantidad desorbitada de dificultades—alquilaron los cines ellos mismos porque ningún estudio quería distribuirla—, costó un millón de dólares y recaudó dieciocho. La película tenía algo que ninguna otra de artes marciales había tenido hasta entonces: era inequívocamente americana. Nada de templos orientales ni maestros sabios. Era un tío con un pasado en Vietnam que volvía para ajustar cuentas. Norris había encontrado su fórmula.

A esa le siguieron A Force of One (1979), The Octagon (1980), An Eye for an Eye (1981). Todas rentables, pero todas con el mismo esquema: Norris es un experto en artes marciales al que alguien (generalmente las autoridades incompetentes) pide ayuda para acabar con una amenaza (generalmente extranjera o corrupta). Luego llegaron los estudios: Columbia le fichó para Silent Rage (1982), una rareza de terror con Norris de sheriff; MGM le puso en Forced Vengeance (1982); Orion apostó por él en Lone Wolf McQuade (1983), su primera película de verdad con ínfulas de superproducción.

Pero todo esto era el precalentamiento. El combate de verdad estaba a punto de empezar.

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No es broma lo del pecho como un hombre lobo. NIIIIIIIIPLES!!!

PARTE II: Cannon Films o como convertir la cutrez en arte

Para entender qué pasó cuando Chuck Norris cruzó su camino con Cannon Films, hay que entender primero qué era Cannon Films. Y para entender Cannon Films, hay que entender a Menahem Golan y Yoram Globus.

Eran dos primos israelíes, llegados a Hollywood en los años setenta con más sueños que dólares y aún menos gusto y talento. Compraron Cannon Films en el 1979, una productora moribunda que hasta entonces había hecho poco más que telefilmes y algún exploitation olvidable. Pero Golan y Globus tenían una visión: hacer películas baratas, explotar las tendencias del momento —si Rocky triunfaba, ellos hacían su película de boxeo; si Rambo funcionaba, ellos hacían la suya— y venderlas como churros en el mercado del vídeo, que por aquel entonces estaba en pleno auge. Su lema era cantidad sobre calidad, pero con un entusiasmo tan contagioso que casi daba igual que las películas fueran malas. Eran malas con orgullo. Eran malas con estilo.

Cannon se convirtió en la fábrica de sueños cutres más importante de los ochenta. Sus películas tenían presupuestos ajustadísimos, actores que estaban muertos profesionalmente, que ya habían sido famosos (o que lo serían en sus sueños) y una obsesión enfermiza por las secuelas y las sagas. Si algo funcionaba, lo exprimían hasta la última gota. Y en 1984, encontraron su filón: Chuck Norris.

La historia oficial es que Cannon firmó con Norris un contrato múltiple que lo convertiría en su estrella absoluta. La historia no oficial es que Norris era el único actor vivo capaz de transmitir una amenaza creíble sin necesidad de diálogos —porque vamos, que hablar no era su fuerte— y que Cannon necesitaba una cara para dominar las estanterías de los videoclubs. Fue la alianza perfecta. El matrimonio entre el tipo que podía matarte con la mirada y los tipos que podían venderle a América la idea de que ese tipo era su salvador.

La primera película de Norris con Cannon fue Missing in Action (1984), y con ella empezó todo.

PARTE III: Missing in action – El regreso del hijo pródigo de Vietman

El año 1984 fue un año extraño para Estados Unidos. Ronald Reagan estaba en la Casa Blanca, la Guerra Fría vivía su último gran estertor, y Hollywood había descubierto que los veteranos de Vietnam ya no eran solo víctimas traumáticas sino que podían ser héroes de acción. Sylvester Stallone lo había demostrado con First Blood (1982) y su secuela Rambo: First Blood Part II (1985), pero Cannon no iba a esperar a que Stallone se llevara todo el pastel. Ellos tenían a Chuck Norris.

Missing in Action cuenta la historia del coronel James Braddock, un prisionero de guerra que pasó años en un campo vietnamita y que ahora regresa al sudeste asiático para rescatar a los soldados americanos que aún siguen cautivos. La premisa es tan simple que roza el absurdo, y sin embargo funciona porque Norris la interpreta con una seriedad que roza lo catatónico. Braddock no sonríe, no bromea, no tiene una vida emocional que vaya más allá del deber y la venganza. Es un hombre hecho de acero inoxidable, y Norris lo encarna con la convicción de quien sabe que las palabras sobran cuando las armas hablan.

La película fue un éxito. Recaudó más de 22 millones de dólares solo en Estados Unidos, una barbaridad para una producción de Cannon que había costado apenas unos pocos. De repente, Norris era una estrella de verdad. Pero Cannon, que tenía la mirada larga y la mano rápida, ya estaba planeando el siguiente movimiento.

Resulta que Missing in Action se había rodado como parte de un pack de dos películas. La segunda, Missing in Action 2: The Beginning, se había filmado al mismo tiempo que la primera, pero Cannon decidió estrenarla al año siguiente, en 1985. La jugada era inteligente: mientras la primera se centraba en el rescate, la segunda era una precuela que mostraba los años de Braddock en el campo de prisioneros, con un Soon-Tek Oh interpretando a un villano vietnamita tan malvado que hacía parecer a los nazis unos aficionados. La película era, en muchos sentidos, mejor que la primera. Tenía una estructura más sólida, un ritmo más pausado y una tensión que recordaba a El puente sobre el río Kwai, pero con más patadas voladoras y menos Alec Guinness.

El éxito de las dos Missing in Action convirtió a Norris en el rey indiscutible de Cannon junto a un acabado Chatles Bronson, otro que tal baila. Pero Golan y Globus no eran hombres que se durmieran en los laureles. Había que explotar la gallina de los huevos de oro hasta dejarla calva. Y eso significaba más Norris. Mucho más Norris.

The go-go boys
Mucho más Norris y mucho más chándal de tactel. Yo quiero uno igual