Kevin Sorbo en la serie Andrómeda

EL COMUNISTA INVOLUNTARIO: CÓMO KEVIN SORBO DEFENDIÓ EL SOCIALISMO GALÁCTICO SIN ENTERARSE DE UNA PUTA MIERDA PINCHADA EN UN PALO

I. INTRODUCCIÓN: EL HÉRCULES TONTOLABA QUE NO SABÍA DÓNDE SE METÍA

Hay una clase muy particular de ironía que solo puede darse en la ciencia ficción televisiva de principios de los dosmiles. Esa ironía que te golpea en la cara como un cucurucho de patatas fritas grande, envuelto en una hoja del cartel del cine de barrio donde ponían el Spiderman 1 de Sam Raimi y que sin embargo parece resbalar sobre la frente de sus protagonistas como el almibar de un churro quemado sobre el bigote de un señoro que acaba de decirte con toda su puta cara: “No tengo whatsapp”. Estoy hablando, cómo no, de Gene Roddenberry’s Andromeda, esa space opera que duró cinco temporadas entre 2000 y 2005 y que, si tienes más de treinta años, probablemente la recuerdas como «esa serie del Hércules aquel que salia en Xena, en el espacio que ponían después de comer».

El planteamiento era tan sencillo como el mecanismo de un botijo: el capitán Dylan Hunt (interpretado por Kevin Sorbo, que venía de repartir hostias como panes en Hercules: The Legendary Journeys) se queda congelado en el tiempo durante trescientos años cerca de un agujero negro, mientras se subleva un solo tío de la tripulación de su nave. Cuando despierta, descubre que la gloriosa Mancomunidad de Sistemas, una federación interestelar de paz y prosperidad, ha sido destruida por unos cabrones llamados nietzscheanos (Lugar de origen del único tipejo individualista que se subleva), que son básicamente humanos tuneados genéticamente con más hueso que cerebro y una filosofía que mezcla a Nietzsche, el darwinismo social y, atención al dato, a Ayn Rand.

Hasta aquí todo correcto. Space opera estándar de la factoría Roddenberry, con su viuda Majel Barrett ejerciendo de productora ejecutiva y Robert Hewitt Wolfe, un guionista que venía de Star Trek Deep Space Nine, encargándose de desarrollar el concepto a partir de notas que el difunto Gene había dejado archivadas desde los años sesenta y setenta. El problema, el auténtico y glorioso problema, es que el señor que se puso al frente de esta cruzada galáctica para restaurar la civilización no tenía ni la más remota idea de qué tipo de civilización estaba restaurando.

Kevin Sorbo, el mismo que años después se dedicaría a protagonizar películas como God’s Not Dead (donde interpreta a un profesor ateo malvado que, spoiler, al final palma atropellado y se convierte al cristianismo in extremis), es un tipo que lleva años quejándose de que Hollywood lo ha «cancelado» por ser un cristiano conservador. Un hombre que ha declarado sin pudor que lo han puesto en listas negras por sus creencias religiosas y sus opiniones políticas de derechas. Un señor que, según sus propias palabras, ha sido víctima del «marxismo cultural» que campa a sus anchas por los estudios de California.

Y este mismo señor pasó cinco años de su vida interpretando a un personaje cuyo único objetivo vital, cuya razón de ser narrativa, era reconstruir una utopía comunista a escala galáctica.

Esto no es una interpretación. Esto no es una lectura forzada. Es lo que pone literalmente en el guion. Pero claro, cuando tú eres el protagonista y además ejerces de productor ejecutivo (porque Sorbo ascendió a ese puesto a partir de la tercera temporada), quizá no te paras a leer la letra pequeña del contrato ideológico que estás firmando con la audiencia.

II. LA MANCOMUNIDAD DE SISTEMAS: SOCIALISMO ESPACIAL DE BUENA CALIDAD

Vamos a ponernos serios por un momento. La Mancomunidad de Sistemas, Systems Commonwealth en el original inglés, es el marco político sobre el que se sostiene todo el universo de Andrómeda. Según la wiki oficial y el lore de la serie, se trata de una federación democrática de planetas, estaciones espaciales y sistemas solares que se extiende por tres galaxias. Nació del Imperio Vedrano, una civilización de humanoides con poderes casi divinos que decidió compartir su tecnología y su organización política con otras especies.

Hasta aquí, todo suena muy parecido a la Federación de Star Trek, ¿verdad? Y es que Roddenberry no se escondía. La Mancomunidad es básicamente la Federación de Planetas Unidos pero con esteroides: más grande, más antigua, más integrada. Y lo que es más importante: más abiertamente socialista.

Mientras que en Star Trek el tema económico se trata con cierta ambigüedad (eso de que «el dinero ya no existe» pero luego ves a los ferengi haciendo trapicheos), en Andrómeda la cosa es más explícita. La Mancomunidad es un sistema donde no existe la propiedad privada en el sentido capitalista del término. Los recursos se distribuyen según las necesidades. No hay corporaciones interestelares compitiendo por contratos. No hay mercados de valores galácticos. Hay una administración central que gestiona la economía de miles de mundos para garantizar la paz y la prosperidad de todos los ciudadanos.

Suena muy bonito, ¿no? Una utopía donde todos colaboran, nadie pasa hambre y en general no es que se viva dignamente, se vive de puta madre. El problema es que esto es literalmente la definición de comunismo que aparece en cualquier manual de teoría política. Y no hablo del comunismo autoritario rollo Unión Soviética de Stalin (aunque la Mancomunidad tiene su brazo militar, la Alta Guardia, y su sistema de vigilancia interestelar), sino del comunismo utópico: propiedad colectiva de los medios de producción, abolición de las clases sociales, distribución equitativa de recursos y un gobierno central fuerte que garantiza el cumplimiento de todo esto.

Pero espera, que hay más. Porque si te fijas bien, la Mancomunidad no es solo comunista en su economía. También lo es en su estructura política. El poder reside en un Consejo formado por representantes de todos los mundos miembros. Las decisiones se toman por consenso. Las leyes se aplican por igual a todos los ciudadanos, sin distinción de especie o planeta de origen. Y existe una Declaración de Derechos Fundamentales que protege las libertades individuales dentro del marco colectivo.

Ahora bien, ¿qué es lo que derriba esta maravillosa utopía comunista? ¿Una invasión alienígena? ¿Un cataclismo cósmico? ¿Una plaga interestelar? No, nada tan épico. La Mancomunidad cae por una traición interna, por la rebelión de una raza que considera que todo ese rollo del bien común y la cooperación es una mierda pinchada en un palo.

Señoras y señores, con ustedes: los nietzscheanos.

Para que os pispeis de que va la vaina. Mirad que desubicado esta Kevin Sorbo

III. LOS NIETZSCHEANOS: EL OBJETIVISMO HECHO CARNE (Y HUESO, Y MÁS HUESO)

Aquí es donde la cosa se pone verdaderamente deliciosa. Porque los villanos de Andrómeda no son unos alienígenas viscosos que quieren conquistar la galaxia porque sí. No son una amenaza lovecraftiana procedente de otra dimensión. No es el Thanos hippie ecologista que nos dio el UCM. No, los destructores de la utopía comunista de Roddenberry son una subespecie humana modificada genéticamente que sigue una filosofía basada en tres pilares fundamentales: el superhombre de Friedrich Nietzsche, el Darwinismo social de Herbert Spencer y… redoble de tambores… el Objetivismo de Ayn Rand.

Sí, has leído bien. Ayn Rand. La absurda escritora y filósofa ruso-estadounidense que dedicó su ridícula vida a defender el individualismo radical, el egoísmo racional, el capitalismo sin restricciones y que irónicamente acabo palmando sola y abandonada en un Medicare. La autora de La rebelión de Atlas y El manantial. La mujer que afirmaba que la virtud suprema es el interés propio y que el altruismo es una forma de debilidad moral, MURIO COMPLETAMENTE ABANDONADA mientras glorificaba el egoísmo entre esputo y esputo de su ultimo estertor, La moraleja no llego en la “La Rebelión de Atlas”, sino al final de su vida, porque por lo visto ni el Superhombre Randiano te salva de pedir caridad en el Medicare porque te ha abandonado todo quisqui.

El chiste se cuenta solo.

Pues bien, en el universo de Andrómeda, los nietzscheanos son la encarnación de todo eso. Son humanos diseñados para ser más fuertes, más rápidos, más inteligentes y más longevos que los humanos normales. Tienen espolones óseos en los antebrazos (porque nada dice «soy superior» como tener cuchillas incorporadas en las muñecas). Se organizan en clanes o «manadas» (Prides) que compiten constantemente entre sí por recursos, poder y prestigio. Y lo más importante: consideran que la cooperación y el bien común son conceptos para débiles, para «humanos de base» que no han entendido que la vida es una lucha constante donde solo los más aptos merecen sobrevivir.

Suena familiar, ¿verdad? Es básicamente la filosofía de Ayn Rand llevada al extremo de la ingeniería genética. El «hombre que no necesita de nadie», el individuo que se construye a sí mismo y que desprecia a las masas parasitarias que viven del esfuerzo ajeno. El héroe randiano, pero con más testosterona y menos discursos de cien páginas.

Pero aquí viene lo mejor. Porque los guionistas de Andrómeda no se limitaron a crear una raza que «lee a Ayn Rand» como quien lee el periódico. No, fueron mucho más allá. Los nietzscheanos nacieron literalmente en una estación espacial llamada Ayn Rand Station. Su planeta de origen se llama Fountainhead (El manantial, el título de una de las novelas más famosas de Rand). Su capital política está en Ayn Rand Station. Y su fundador, el genetista Paul Musevini, creó a los primeros nietzscheanos siguiendo los principios del objetivismo y el darwinismo social.

No me estoy inventando nada. La wiki oficial de la serie, los foros de fans, las enciclopedias de ciencia ficción: todos coinciden en esto. Los nietzscheanos son, literalmente, los hijos putativos de Ayn Rand. Son el objetivismo hecho carne, sangre y hueso (mucho hueso, insisto). Y son, además, los responsables de destruir la gloriosa utopía comunista de la Mancomunidad.

¿Se puede ser más explícito? Roddenberry (o más bien Wolfe y Barrett, que fueron quienes desarrollaron el concepto) no estaba haciendo una crítica sutil. Estaba clavando una estaca en el corazón del pensamiento randiano y luego bailando sobre su tumba. Estaba diciendo: «¿Veis esta filosofía que defiende el individualismo a ultranza? Pues mirad en qué se convierte cuando se lleva a sus últimas consecuencias: en una raza de supersoldados arrogantes que destruyen la paz galáctica porque no soportan la idea de compartir».

IV. EL MAPA DE LA VERGÜENZA: TOPONIMIA RANDIANA EN EL ESPACIO PROFUNDO

Vamos a detenernos un momento en el detalle toponímico, porque es una joya que merece ser examinada con lupa. En la ciencia ficción, los nombres de planetas, estaciones y sistemas estelares nunca son casuales. Son pistas, guiños, a veces puñaladas traperas disfrazadas de homenaje.

En el caso de los nietzscheanos, la toponimia es un ajuste de cuentas en toda regla.

Empecemos por lo obvio: Ayn Rand Station. La estación espacial donde el doctor Musevini y sus tres mil seguidores se establecieron tras huir de la Tierra. La estación que se convirtió en la capital política de la Alianza Nietzscheana. La estación que vio nacer a los primeros Homo sapiens invictus.

No contentos con esto, los creadores de la serie bautizaron el planeta que orbita la estación como Fountainhead. Para quien no esté familiarizado con la obra de Rand, The Fountainhead (traducida al español como El manantial) es una de sus dos novelas fundamentales, junto con La rebelión de Atlas. Cuenta la historia de Howard Roark, un arquitecto individualista que se niega a doblegarse a las convenciones sociales y que termina dinamitando un edificio satánico que ha sido modificado sin su consentimiento. Es, en esencia, un manifiesto del individualismo creativo frente a la mediocridad colectivista.

Pues bien, en Andrómeda, Fountainhead es el hogar de una raza de fanáticos genéticamente modificados que dinamitan (metafóricamente) la Mancomunidad de Sistemas porque no soportan la idea de vivir bajo un gobierno colectivista. La ironía es tan gruesa que podría usarse como blindaje para naves espaciales.

Pero la cosa no acaba aquí. Si uno se pone a escarbar en el lore expandido de la serie, descubre que hay más referencias. Los nietzscheanos veneran a su Progenitor, Drago Musevini, como una figura casi divina. Su filosofía está codificada en textos sagrados que mezclan pasajes de Nietzsche con fragmentos de… sí, La rebelión de Atlas. Consideran que el individuo excepcional tiene derecho a imponerse sobre las masas. Creen que el egoísmo racional es la única brújula moral válida. Y desprecian cualquier forma de altruismo o cooperación desinteresada.

Ahora bien, ¿qué hacen los guionistas con todo esto? ¿Presentan a los nietzscheanos como antihéroes complejos que plantean dilemas morales interesantes? No. Los presentan como los villanos. Como los malos de la película. Como los cabrones que traicionaron a la Mancomunidad, desataron una guerra civil que se cobró millones de vidas y sumieron a tres galaxias en una nueva edad oscura porque, insisto, no querían compartir.

El mensaje es meridiano: el objetivismo randiano, llevado a sus últimas consecuencias, conduce inevitablemente a la destrucción de cualquier proyecto colectivo. Es una filosofía de depredadores que solo puede florecer a costa del sufrimiento ajeno. Y en el universo de Andrómeda, esos depredadores reciben su merecido: la mayoría de los clanes nietzscheanos acaban exterminados, sus mundos arrasados y su cultura reducida a cenizas.

Que Ayn Rand fuera fan de Star Trek (está documentado que veía la serie original y le gustaba, lo cual ya es otra ironía deliciosa) no le salvó de recibir este homenaje envenenado por parte del legado de Roddenberry.

Serie Andrómeda, con Kevin Sorbo
Kevin Sorbo en Andrómeda

– La vida es mejor cuando el Sol Solea, Jesucristo Jesucristea y ser un buen y estúpido capillitas.  Para que conocer, si puedo directamente creer y no preocuparme de naaaaaaada de la vida.

– Kevin Sorbo de todos los santos, macho, que en la serie eres MUY Comunista. Osea, Mancomunidad, Comunismo…emmmm ¿Eres imbécil?

– !!!!!Prefiero creer que saber!!!! ¡¡¡¡¡Daaaaadme un Oscar!!!!!
V. LA PARADOJA DE KEVIN SORBO: EL CRUZADO CONSERVADOR QUE RESTAURÓ EL COMUNISMO GALÁCTICO

Y llegamos al plato fuerte. Al núcleo de este despropósito cósmico que convierte a Andrómeda en una de las series más involuntariamente hilarantes de la historia de la televisión.

Kevin Sorbo, el hombre que interpreta al capitán Dylan Hunt, es un conservador declarado. Un cristiano devoto. Un tipo que se ha pasado la última década quejándose de que Hollywood está dominado por una élite progresista que odia los valores tradicionales y persigue a cualquiera que se atreva a discrepar.

En 2023, Sorbo declaró a Fox News que su agente lo había abandonado y que había sido incluido en listas negras por expresar sus opiniones políticas y religiosas. Ha participado en películas como God’s Not Dead de 2014, donde interpreta a un profesor universitario ateo que obliga a sus alumnos a firmar una declaración renunciando a Dios para poder aprobar su asignatura (una trama que, dicho sea de paso, es tan verosímil como un documental sobre unicornios). Ha escrito libros defendiendo el matrimonio tradicional y criticando lo que él llama «la agenda homosexual». En definitiva, Kevin Sorbo es el paradigma del conservador estadounidense que ve comunistas hasta en la sopa.

Y este señor aceptó el papel de Dylan Hunt. Un personaje que, atención, dedica su vida a restaurar una utopía comunista que fue destruida por unos fanáticos del individualismo randiano.

Dylan Hunt no es un héroe ambiguo. No es un personaje con matices. Es un paladín de la Mancomunidad, un defensor a ultranza de los valores colectivistas que representa. En el primer episodio, cuando despierta después de trescientos años y descubre el estado de la galaxia, su reacción no es «bueno, las cosas cambian, supongo que tendré que adaptarme». Su reacción es: «Voy a reconstruir esto cueste lo que cueste. Voy a devolver la civilización a estos mundos perdidos. Voy a restaurar la Mancomunidad de Sistemas».

La serie, durante sus primeras temporadas (las que estaban bajo el control creativo de Robert Hewitt Wolfe, antes de que Sorbo tomara las riendas como productor ejecutivo y convirtiera la cosa en un festival de su propio ego), es un canto al colectivismo. Cada episodio es una lección sobre la importancia de la cooperación, la solidaridad interestelar y el bien común. Los personajes aprenden que el individualismo a ultranza conduce al desastre y que solo trabajando juntos pueden superar los desafíos.

Hay un episodio en la primera temporada, «To Loose the Fateful Lightning», donde Dylan y su tripulación encuentran un planeta que ha preservado la tecnología de la Mancomunidad pero que se ha convertido en una sociedad militarista y aislacionista. ¿El mensaje? Que el aislacionismo es malo. Que la cooperación es buena. Que hay que tender puentes en lugar de levantar muros.

Otro episodio, «The Mathematics of Tears», presenta una nave gemela de la Andrómeda cuya tripulación enloqueció por el aislamiento y terminó matándose entre sí. La moraleja: los humanos necesitan comunidad. No pueden sobrevivir solos.

Y así, episodio tras episodio, la serie martillea el mismo clavo: el individualismo es destructivo, el colectivismo es constructivo. Los nietzscheanos son el ejemplo de lo primero. La Mancomunidad, el ejemplo de lo segundo.

¿Se daba cuenta Kevin Sorbo de lo que estaba haciendo? ¿Era consciente de que su personaje era básicamente un Che Guevara espacial con menos barba y más gomina? Todo apunta a que no. Y si lo era, desde luego no dejó que eso interfiriera en su trabajo.

De hecho, cuando Sorbo ascendió a productor ejecutivo en la tercera temporada, la serie dio un giro notable. Robert Hewitt Wolfe fue despedido (oficialmente por «diferencias creativas», aunque los rumores apuntan a que Sorbo quería más protagonismo y menos «rollo comunista»). La trama se volvió más centrada en la acción y menos en la construcción de mundos. Dylan Hunt pasó de ser un idealista que quería restaurar la Mancomunidad a ser un héroe de acción más convencional que repartía hostias y soltaba frases lapidarias.

Pero el daño ya estaba hecho. Durante dos temporadas completas, Kevin Sorbo había sido la cara visible de un proyecto que defendía exactamente lo contrario de lo que él defiende en la vida real. Había sido el abanderado involuntario del socialismo galáctico. El comunista accidental de la ciencia ficción televisiva.

VI. LA CEGUERA IDEOLÓGICA DEL ACTOR CONSERVADOR: UN CASO DE ESTUDIO

¿Cómo es posible que alguien con las convicciones políticas de Kevin Sorbo no se diera cuenta de lo que estaba interpretando? La respuesta es más compleja, y más divertida, de lo que parece.

En primer lugar, hay que entender el contexto de la televisión de principios de los dosmiles. Andrómeda era una serie de acción y aventuras, con naves espaciales, peleas coreografiadas y efectos especiales que hoy día han envejecido como que bastante mal. El espectador medio (y, aparentemente, el actor protagonista) no se paraba a analizar el subtexto político de cada episodio. Veían a Kevin Sorbo dando puñetazos a aliens y pensaban: «Mola».

En segundo lugar, está el factor «Gene Roddenberry». El nombre del creador de Star Trek era un sello de calidad que garantizaba una cierta visión optimista del futuro. Pero muchos actores (y espectadores) asumían que esa visión era simplemente «un futuro mejor», sin detenerse a examinar qué significaba exactamente «mejor» para Roddenberry. Y para Roddenberry, «mejor» significaba una sociedad sin dinero, sin clases sociales y sin propiedad privada. Es decir, comunismo.

En tercer lugar, y esto es crucial, está el fenómeno psicológico conocido como «disonancia cognitiva». Cuando una persona se enfrenta a información que contradice sus creencias más arraigadas, su cerebro tiende a reinterpretar esa información para que encaje con su visión del mundo. Es más fácil decir «esto es ciencia ficción, no política» que admitir que estás interpretando a un personaje que defiende todo lo que tú detestas.

Así que Kevin Sorbo probablemente se decía a sí mismo: «Dylan Hunt es un héroe que lucha por la libertad y la justicia». Y punto. No importa que esa «libertad» y esa «justicia» se definieran en términos colectivistas. No importa que la Mancomunidad fuera una utopía socialista. Lo importante era que Dylan Hunt era el bueno, y los nietzscheanos eran los malos. Y si los malos resultaban ser una parodia del objetivismo randiano… bueno, eso era un detalle sin importancia.

El problema es que los detalles sin importancia, cuando se acumulan, acaban formando un cuadro muy revelador. Y el cuadro que pinta Andrómeda es el de un actor conservador que, sin saberlo (o sin querer saberlo), se convirtió en el principal defensor televisivo del comunismo espacial durante los primeros años del siglo XXI.

Reparto de la serie Andrómeda
Como matar la carrera profesional del elenco de una serie. Yo porque buceo en la serie B, pero estoy seguro que de memoria no me dice ni CRISTO, donde esta ninguno de estos trabajando. La madre que los parió.

VII. EL GIRO DE LA TERCERA TEMPORADA: CUANDO EL COMUNISTA ACCIDENTAL QUISO SER EL HÉROE Y ROMPIÓ SU PROPIO JUGUETE

Si hasta ahora hablábamos de una ironía involuntaria, a partir de la tercera temporada entramos en el terreno del disparate voluntario. Porque, efectivamente, Kevin Sorbo ascendió a productor ejecutivo y la serie dio un volantazo que los fans más acérrimos recuerdan con el mismo cariño que un dolor de muelas. Robert Hewitt Wolfe, el arquitecto de aquella utopía comunista tan meticulosamente construida, fue despedido a mitad de la segunda temporada por «diferencias creativas». La realidad, como suele suceder, era más prosaica: Sorbo consideraba que las tramas de Wolfe eran «demasiado complicadas y filosóficas», y el actor quería una serie más episódica, centrada en su personaje y, cómo no, con más acción. La cita textual de Sorbo es para enmarcar: «Robert es un genio, pero estaba escribiendo cosas demasiado complejas e inteligentes para que el resto de nosotros las entendiéramos». Si alguna vez habéis necesitado una definición perfecta de «disonancia cognitiva aplicada a la televisión», aquí la tenéis.

Así que, de repente, la serie que durante dos temporadas había sido un complejo tapiz de política galáctica, dilemas morales y construcción de alianzas interestelares, se transformó en «Las aventuras semanales de Dylan Hunt y sus colegas». Adiós a los arcos argumentales que exploraban las contradicciones del colectivismo o la corrupción inherente al poder centralizado. Hola a los alienígenas de la semana, las peleas coreografiadas y los monólogos de Sorbo mirando al horizonte con gesto adusto. Es como si, en plena emisión de «The Wire», a alguien se le hubiera ocurrido cancelar la trama del narcotráfico en Baltimore para convertirla en «Walker, Ranger de Maryland». La paradoja alcanza aquí su cenit: el hombre que inconscientemente había defendido el comunismo galáctico durante 44 episodios, al obtener el control, decidió demolerlo en favor de un individualismo ramplón y una narrativa que exaltaba, precisamente, al héroe solitario que todo lo puede. Sin quererlo, o queriéndolo sin saber lo que hacía, Sorbo aplicó la misma lógica que los nietzscheanos: destruir la utopía colectiva para imponer su propio yo. La diferencia es que los nietzscheanos, al menos, tenían espolones en los brazos y una filosofía (por muy burda que fuera). Él solo tenía un ego del tamaño de la Vía Láctea y una idea muy particular de lo que significaba «entretenimiento».

VIII. TYR ANASAZI: EL RANDIANO QUE LEÍA A RAND EN EL PUENTE DE MANDO Y SE QUEDÓ TAN PANCHO

No podemos cerrar este análisis sin detenernos en un personaje que merece un monumento a la coherencia interna: Tyr Anasazi, interpretado por Keith Hamilton Cobb. Tyr es un nietzscheano, sí, pero de una calaña muy particular. Es un superviviente de un clan aniquilado, un mercenario cínico que se une a la tripulación de la Andrómeda por puro interés personal. Su lealtad es al mejor postor, su brújula moral es su propia supervivencia y su filosofía de vida podría resumirse en un «sálvese quien pueda» llevado a la enésima potencia. Vamos, un randiano de libro.

Y he aquí uno de esos detalles que hacen que la ciencia ficción televisiva sea un pozo sin fondo de maravillas: Tyr Anasazi, el nietzscheano de la nave, aparece en un episodio de la primera temporada leyendo… «El manantial», de Ayn Rand. No es un guiño. No es una metáfora. Es literal. El nietzscheano, en el puente de mando de la nave que representa todo lo que él desprecia, se sienta a leer el libro fundacional de su cultura. La serie se toma la molestia de mostrar el libro, con su título bien visible, mientras Tyr pasa las páginas con gesto de profunda concentración. Es como si un marine espacial de Warhammer 40k se pusiera a leer «Mi lucha» en medio de una batalla contra los orkos. La sutileza, ese arte tan poco practicado en la televisión de principios de siglo, brillaba por su ausencia en «Andrómeda».

Pero, ¿por qué es esto tan importante? Porque la presencia de Tyr y su lectura randiana subrayan, una vez más, la ceguera ideológica de Sorbo. Mientras el actor conservador se paseaba por el plató repartiendo mamporros y creyendo que interpretaba a un héroe de acción al uso, a su lado tenía a un personaje que encarnaba, literalmente, la filosofía que décadas después Sorbo abrazaría en su cruzada personal contra el «marxismo cultural». Tyr es el objetivismo hecho personaje: egoísta, pragmático, despreciativo con los débiles y obsesionado con la supervivencia del más apto. Y es, además, uno de los personajes más fascinantes de la serie. La química entre Hunt y Tyr es el motor de muchos de los mejores episodios, precisamente porque representa el choque entre el colectivismo utópico y el individualismo radical. Es el debate entre Marx y Rand llevado al espacio exterior, con rayos láser de por medio. Y Sorbo, en medio de todo aquello, sin enterarse de nada.

IX. LA HERENCIA DE RODDENBERRY: UN COMUNISTA CONVENCIDO QUE CREÓ UTOPÍAS PARA QUE OTROS LAS DEFENDIERAN SIN SABERLO

Para entender la magnitud de la ironía, hay que remontarse a la figura de Gene Roddenberry. El creador de Star Trek y, póstumamente, de Andrómeda, era un tipo con las ideas muy claras. Ex piloto de combate, ex policía, ex guionista de series del oeste… y comunista convencido. No es una exageración: Roddenberry creía firmemente en la abolición del dinero, en la propiedad colectiva de los medios de producción y en una sociedad sin clases gobernada por una élite ilustrada (la Flota Estelar, en Star Trek; la Alta Guardia, en Andrómeda). Su visión del futuro era, en esencia, una utopía marxista con naves espaciales y alienígenas de látex.

Lo fascinante de Roddenberry es que logró colar su ideología en el mainstream televisivo sin que la mayoría de los espectadores se dieran cuenta. Star Trek era «una serie de aventuras en el espacio». Andrómeda era «la serie del Hércules en el espacio». Pero debajo de las capas de acción, efectos especiales y frases lapidarias, latía un corazón profundamente socialista. Roddenberry entendió algo que muchos ideólogos no entienden: la mejor manera de vender una idea es envolverla en una buena historia. Y si la historia tiene naves espaciales y peleas, mejor que mejor.

El legado de Roddenberry, por tanto, es una especie de caballo de Troya ideológico. Sus series han entretenido a millones de personas que, probablemente, jamás se han parado a pensar en las implicaciones políticas de lo que estaban viendo. Han normalizado la idea de una sociedad sin dinero, sin propiedad privada y sin clases sociales. Han plantado la semilla de que «otro mundo es posible», aunque sea en una galaxia muy, muy lejana. Y han logrado que actores como Kevin Sorbo, que en la vida real abominan de todo eso, se conviertan en sus más fervientes defensores en la ficción. Si eso no es un triunfo de la dialéctica, que baje Marx y lo vea.

X. EPÍLOGO: EL COMUNISTA INVOLUNTARIO Y LA LECCIÓN QUE NUNCA APRENDIÓ

Y así llegamos al final de este viaje por las contradicciones de la ciencia ficción televisiva. Kevin Sorbo, el paladín conservador que se queja de las listas negras de Hollywood, que ve «marxismo cultural» hasta en los dibujos animados y que se ha convertido en un referente del cine cristiano más militante, dedicó cinco años de su vida a interpretar al restaurador de una utopía comunista. Sin enterarse. Sin querer enterarse. O, quizá, enterándose pero decidiendo que el sueldo bien valía una pequeña contradicción dialéctica.

La historia de «Andrómeda» es, en el fondo, una lección sobre cómo la ideología se cuela por las rendijas de la cultura popular. Sobre cómo los mensajes políticos se transmiten incluso cuando los mensajeros no son conscientes de lo que llevan entre manos. Y sobre cómo la ironía, esa vieja amiga de los escritores, puede convertir a un defensor del capitalismo y el cristianismo en el abanderado involuntario del socialismo galáctico.

Hoy, cuando veais un episodio de «Andrómeda» en algún canal generalista olvidado, recordad esto: Kevin Sorbo está salvando la galaxia. Pero la galaxia que está salvando es, en esencia, un estado comunista. Y él, probablemente, sigue sin darse cuenta. O quizá sí, y por eso se dedica ahora a hacer películas donde los ateos mueren atropellados. Nunca lo sabremos. Pero la duda, como la Mancomunidad de Sistemas, merece ser preservada.

El mejor amigo de Kevin Sorbo, compartiendo cama con Delfi Rodriguez. La foto me la paso un amigo. Nolan.)