Blood Drive pósterBlood Drive, el Evangelio de la Sangre (con dos cojones de mono ahumado): Julián Slink y la puta profecía anticapitalista que ni Syfy ni vosotros, los borregos, supisteis ver

Prólogo: La tele es una putísima mierda y vosotros os la coméis con patatas.

Estoy de muy mala hostia y esto no va por vosotros, si no por la gente sin criterio y zombificada que ademas no conoce este blog, para tener un criterio decente, y solo dice imbecilidades.

La gente que lee este, nuestro blog, es la puta hostia en verso.

Si tenéis alguna queja os dejo mi Twitter absolutamente real y para nada fake: @AlternativaChusca

La televisión actual es una teta seca. Un puto desierto de ideas donde cada serie parece escrita por un comité de ejecutantes con miedo a que les demanden por ofender a alguna Karen. Todo es premium, todo es contenido con mucho anuncio aunque pagues, todo es una mierda recubierta de chocolate sin gluten que sabe a cartón mojado. Y el público, la masa amorfa de zombies con tarjeta de crédito, aplaude como un chimpancé subnormal y borracho con cero criterio. Aplaude los mismos arcos de redención, los mismos diálogos que parecen sacados de un anuncio de seguros, la misma corrección política que convierte cualquier atisbo de mala hostia en un sermón de instituto.

En este páramo cultural de mierda apareció Blood Drive. Trece episodios. Trece putos episodios que Syfy se apresuró a enterrar en el mismo hoyo que a tu esperanza de tener un trabajo digno y bien remunerado. Cancelaron la serie el mismo día que emitieron el final, como quien se lava las manos después de mearse encima o como si la cadena necesitara deshacerse de un cadáver apestoso antes de que los vecinos empezaran a preguntar. Era junio de 2017, y ni los ejecutivos de la cadena, ni los críticos pajilleros, ni el espectador medio, ese que se emociona con el último truño pichicolorístico de Marvel de turno, entendieron una puta mierda.

¿Qué vieron todos ellos? Una serie de “bugas” que funcionan con sangre en vez de gasolina. Un homenaje a Tarantino para frikis con poco criterio. Algo para ver borracho un sábado por la noche y olvidar al domingo por la mañana.

Pues no. Blood Drive es la crítica más brutal y descarnada del capitalismo que se ha colado en televisión abierta desde que existe la televisión abierta de par en par con gusto esperando al “Primer Contacto” de la polla del productor pijo de turno. Y Julián Slink, el maestro de ceremonias con sonrisa de psicópata y drama queen, no es el villano. Es el único que ha entendido las reglas. Es tu puto salvador, pero estabais demasiado ocupados mirando el culo de Grace D’Argento para daros cuenta.

Este artículo va a demostrar que Blood Drive fue una obra anticapitalista de manual, que su cancelación no fue por su baja audiencia (esa fue la excusa), sino porque Heart Enterprises —la corporación ficticia de la serie— tiene su reflejo en la vida real y se llama Comcast, Warner o cualquier otro mamotreto que posee las cadenas y que las sodomiza y doma todos los días hasta que todo sea exactamente la misma mierda predecible. Y que Julián Slink, el bufón sangriento, es el único personaje con dos cojones en toda la maldita serie.

Así que si eres un piel fina cristalito llorón, si te ofendes con las palabras malsonantes, si crees que el capitalismo es arreglable con más regulación y una sonrisa, lárgate ahora. Esto va a escocer.

Blood Drive

– Señorita, tengo que arrestarla.

-¿Porque?

– Por haberle robado el corazón a un agente de la ley y el orden, del mundo de chufla este en el que vivimos.

– ¡Estoy aquí! ¡Míreme a la cara! Solo lo dice porque le gusta mi culo.

– Y tus tetas.

– Ya, y mis tetas. Como el chiste del perro.

Capítulo I: El 1999 distópico ya está aquí, pedazo de iluso

Blood Drive transcurre en un «futuro distópico» que casualmente es 1999. Qué coña más fina, ¿verdad? El futuro que nos prometieron los ochenta con sus coches voladores y sus replicantes resulta que era un pasado reciente, pero con el culo reventado a conciencia por los terremotos del fracking. Los «Great Fracking Quakes» han partido los “IU ES EI” (Los USA) por la mitad, abriendo una sima gigantesca llamada «the Scar». El cambio climático ha convertido California en un horno de 46 grados. El agua es más cara que la lefa de Mongolan que usas para tu piscina de lefa, la gasolina cuesta 2.000 cucufloros el barril y la policía, esa institución que tanto amas, ha sido privatizada para obligarles a hincar la rodilla ante una megacorporación llamada Heart Enterprises.

Suena a ciencia ficción de opereta, pero os recomiendo trincar un periódico de ahora (da igual el año que leas esto) y ya si eso me decís en los comentarios. Los incendios arrasan medio mundo, las eléctricas te cobran por respirar y la policía sigue siendo un brazo armado del estado, pero al menos antes había algo de pudor. Roland, el creador, no estaba prediciendo nada. Estaba diagnosticando. La serie no especulaba sobre un futuro improbable; diagnosticaba el presente con la certeza del médico que te dice que el tumor ya está ahí, solo que todavía no te duele lo suficiente.

Y en medio de este páramo ANCAP —llamémoslo por su nombre ANARCO CAPITALISMO, que no nos asustan las palabras por aquí—, Heart Enterprises es el estado, la iglesia, la puta madre que te parió y la que te va a enterrar. Han colonizado tu vida entera. Hasta tu caca tiene el logo de Heart Enterprises, seguro. Solo que se llama Protect and Gamble, Monsanto o Activision-Blizzard.

Y casualmente se llama como el órgano que bombea la sangre. La máquina que mantiene vivo al sistema mientras vacía a los individuos de su sustancia vital. La metáfora es tan obvia que duele: Heart Enterprises es el corazón del capitalismo, y el combustible que lo mantiene latiendo es la sangre de los trabajadores, de los pobres, de los desplazados, de los que no tienen nada que perder salvo sus vidas. La metáfora es tan obvia que habría que ser bastante subnormal para no verla. Pero mira, la audiencia de Syfy de la época era tan lista como la caja de bombones de Forrest Gump, así que no me extraña que se lo tomaran a puta coña.

La serie se llama Blood Drive y no es casualidad. «Campaña de donación de sangre». Y no es una metáfora. Es literal. Los coches de la carrera funcionan con sangre humana. Tu vida es el combustible. Tu muerte es el espectáculo. Y la movilidad social —el sueño americano, la puta mentira que nos venden desde niños— es un espejismo de diez millones de dólares que nunca vas a ver. Esa es otra, diez millones. La lotería sangrienta. El premio para el que esté dispuesto a matar, a morir, a venderse como carne de cañón. El capitalismo, amigos, es una carrera de resistencia donde la mayoría muere aplastada, y el que gana solo demuestra que ha sido más hijo de puta que los demás. ¿Alguien quiere aplausos? No. Pues a cerrar el pico y la bragueta.

El sueño americano ahora reescrito por George Miller y el mismísimo Satanás.

Reeeeeeeeelaaaaaaax Guuuuuuy

Capítulo II: Julián Slink, el cabrón con más verdades que ganas de vivir en el Capitalismo nosotros

Y entonces aparece él. Julián Slink. Interpretado por Colin Cunningham, un actor que debió de firmar con sangre el contrato porque se come la pantalla como un cerdo se come la basura. El «Master of Mayhem». El tipo que se autodenomina “God of the Stage” y no le falta razón.

Visualmente, Slink es la razón de por qué el vodevil y la mala hostia deberían casarse más a menudo. Pelo engominado, sombrero de copa, gafas de sol en interiores (porque la luz del capitalismo es demasiado horrible para verla directamente), traje de cabaret siniestro con plumas de dios sabe que y una sonrisa que te advierte de que vas a disfrutar más de lo que deberías. Habla como un tele predicador voceras, se mueve como un animador de concursos ochentero y tiene la moral de un verdugo en día de saldo.

Lo primero que hay que dejar claro, porque los críticos pajilleros de turno no entendieron nada, es que Slink NO es el villano. Repite conmigo: NO. ES. EL. VILLANO. Sí, lleva una maquinita para hacer explotar cabezas. Sí, trabaja para Heart Enterprises —al menos hasta que le sale de los cojones—. Sí, se lo pasa putamente bien viendo cómo se descuartizan los concursantes. Pero eso no le convierte en malo. Le convierte en honesto.

Slink es el personaje más lúcido de toda la serie.

Porque Slink ha entendido algo que el protagonista Arthur —el policía bueno, el idealista, el que cree que se puede arreglar el sistema desde dentro— tarda toda la temporada en asimilar: el sistema no se arregla. El sistema se destruye. O se le baila encima de su cadaver mientras se derrumba, pero nunca, jamás, se reforma. ¿Reformar el capitalismo? Eso es como intentar limpiar una mierda con un pañuelo de papel: al final te manchas las manos y la mierda sigue ahí. No se puede vencer al sistema desde dentro del sistema. Que cualquier intento de reforma, de redención, de «hacer lo correcto» dentro de las reglas establecidas está condenado al fracaso. Porque las reglas las ha escrito el enemigo. Y el enemigo no juega limpio.

Slink tiene el botón de las explosiones. Pero ese botón es la metáfora perfecta del poder del empresario, del político, del que tiene el capital. Tú crees que compites en igualdad de condiciones, que si te esfuerzas ganarás. Pero en cualquier momento, tu jefe —o el algoritmo, o el mercado, o la puta casualidad— puede hacer detonar tu vida. Te despiden. Te enfermas. Te embarga el banco. Boom. Cabeza explotada. Y mientras tanto, Slink sonríe y dice: «Bienvenido al infierno, las puertas se cierran detrás de ti».

Hay una escena, en el primer episodio, donde Slink se gira a cámara —rompiendo la cuarta pared, como el cabrón que es— y suelta: «La única salida es a través de mí». La mayoría se lo tomó como una amenaza. Es una puta promesa. La única forma de salir del sistema es volverse contra el sistema. Y Slink es la puerta. La puerta de entrada a la locura necesaria para romperlo todo. El problema es que nadie se atrevió a cruzar. Prefirieron quedarse viendo The Walking Dead hasta que les salieron pelos en las palmas de la mano.

La Mejor puta presentación de la historia

Capítulo III: El capitalismo explicado con sangre y vísceras (porque los libros de texto aburren)

Vamos a desgranar las reglas de la carrera, a ver si así os entra en esa mollera que tenéis por cráneo y al final entendéis de que va la vaina.

1. Parejas de dos. Como en la vida. Nunca estás solo, pero tu compañero puede apuñalarte por la espalda en cualquier momento.

2. Coches que funcionan con sangre humana. Como el mercado laboral. Tu fuerza de trabajo es la gasolina. Y cuando te quedas sin sangre, te quedas parado. Y te mueres.

3. Cada etapa, la última pareja en llegar explota. Como los despidos, los ERE, la precariedad. El que no rinde, fuera. Pero ojo: no es que rinda poco. Es que siempre hay alguien que rinde más, o que miente mejor, o que nació en la cuna adecuada y ademas se aprovecho de sacar beneficio en alguna dictadura de turno.

4. El premio: diez millones. La lotería. La zanahoria. El espejismo que hace que sigas corriendo aunque sepas que lo más probable es que termines con la cabeza reventada.

¿Alguien ve el paralelismo o tengo que coger un punzón y grabaros el mensaje en la frente? Porque no es sutil. Es tan sutil como una corrida de Xenomorfo en la cara.

El capitalismo es una carrera donde la mayoría pierde. Las reglas las escribe el que controla el capital. El combustible lo pones tú con tu cuerpo, tu tiempo, tu salud mental. Y el premio —la casa, el coche, la jubilación digna— es cada vez más inalcanzable, pero te siguen diciendo que si aprietas los dientes y trabajas doce horas al día, igual, igual, con mucha suerte, llegas.

Blood Drive

Spoiler: Ni de puta coña.

Arthur Bailey, el policía bueno, representa al imbécil integrado. El que cree en la justicia. El que denuncia a los corruptos porque confía en que el sistema tiene mecanismos de autocorrección. Pero el sistema no se autocorrige, pedazo de ingenuo. El sistema se autoconserva. Y si para conservarse tiene que aplastarte, te aplasta. Y Arthur lo descubre a base de hostias, traiciones y ver cómo su código moral no vale para una shit en un mundo donde la moral es un lujo que solo pueden permitirse los muertos.

Grace D’Argento es la otra cara. La superviviente. La que ha aprendido a moverse en la mierda sin mancharse las bragas. No cree en nada, pero sabe que el que no corre, explota. Es pragmática. Es cínica. La actriz es la nieta de Severo Ochoa. Es la clase de persona que te sacaría de un apuro pero que te dejaría tirado si la cosa se pone fea. También es el mismo tipo de persona que te arrancaría los parpados por dos kilómetros más de autonomía. En otras palabras: es una persona real, no el holograma de virtud que pone Netflix en sus series para que te sientas bien contigo mismo.

Pero ni Arthur ni Grace son el centro. El centro es Slink. Y el centro del centro es su filosofía: el arte como única respuesta digna ante el horror.

Capítulo IV: «Soy un artista», dice el cabrón mientras se taladra los dientes

Hay una frase de Slink que resume toda su existencia. La suelta casi de pasada, como quien dice «voy a por tabaco», y es tan profunda que a la mayoría se les escapó entre los chorros de sangre. Dice así: «Estoy tratando de mantener mi integridad como artista».

¿Que qué cojones significa eso en un tío que hace explotar cabezas para una corporación malvada? Pues significa que Slink no ve la Blood Drive como una carrera. La ve como una performance. Una obra de arte total. Teatro, música, poesía, vísceras, sudor y muerte. Todo junto. Todo sincronizado. Todo con un tempo glam de revista musical pero con más hemoglobina.

Slink es un artista en el sentido más puro: no crea belleza. Crea verdad. Y la verdad del capitalismo es que es una máquina de picar carne que funciona con tus sueños. La mayoría de los directivos de Heart Enterprises quieren que la carrera sea eficiente: que los coches gasten poca sangre, que los concursantes duren lo justo para generar publicidad, que la violencia sea aséptica, de andar por casa. Pero Slink se niega. Él quiere espectáculo. Quiere que la sangre brille bajo los focos. Quiere que los concursantes tengan nombres memorables y muertes aún más memorables. Quiere que el público —el público dentro de la serie y el público real— no pueda apartar la mirada.

Porque esa es la función del arte en el capitalismo tardío: hacer visible lo invisible. Convertir el sufrimiento cotidiano, la explotación silenciosa, la muerte lenta del trabajo precario, en algo que no puedas ignorar. Y Slink consigue que no ignores el problema con su manera de ser. Tú ves la serie y te ríes con las exageraciones, pero al día siguiente, cuando llegas a tu puto trabajo de mierda, cuando tu jefe te pide que te quedes dos horas más sin pagar, cuando ves que tu sueldo no llega a fin de mes, igual, solo igual, te acuerdas de Slink. Y te das cuenta de que no es tan exagerado. Es solo un poco más degenerado. Y con más sangre.

La escena de Slink recitando Hamlet mientras se perfora los dientes con una herramienta eléctrica es tan grotesca que casi da vergüenza ajena. Y es perfecta. Porque el artista, en este sistema, tiene que mutilarse para crear. Tiene que vender su salud mental, su tiempo, su dignidad, a cambio de la posibilidad de decir una verdad. Y luego el sistema —Heart Enterprises, Syfy, el que sea— le da la patada. Porque la verdad ofende. Porque la verdad no vende anuncios de coches eléctricos. Porque la verdad, amigos, es que estáis todos condenados y la única diferencia es el ritmo al que os desangráis.

The Hollywood Reporter calificó la serie como «a veces sangrienta, siempre sangrienta». Qué críticos más perspicaces, ojalá me pagaran por escribir obviedades. Lo que no dijeron —lo que ninguno de esos mamarrachos dijo— es que la sangre era la única forma honesta de hablar del capitalismo. Porque el capitalismo no es un debate de salón. El capitalismo es sangre. Tu sangre. La que no ves pero la que pagas cada día en forma de alquiler abusivo, salario de mierda y ansiedad crónica.

Blood Drive
Slink te la pone delante. Y tú te ríes. Y luego vuelves a tu vida de mierda y no te ríes tanto. Qué cosas.

Elige la vida. Elige un trabajo de mierda para pagar la letra de un coche que ni siquiera devora peatones. Elige una hipoteca en una urbanización donde tú vecino no sacrifica vírgenes en el jardín, si, ese tío aburrido. Elige sentar la cabeza, pero no en un altar azteca motorizado, porque eso son cosas de chavales. Elige la puta vida cómoda. Elige sangrar, elige un motor cebado de tus propios miedos, elige ser el puto protagonista de tu propia matanza grindhouse, con purpurina y casquería fina.

Capítulo V: Heart Enterprises gana siempre (incluso cuando pierde)

Hacia el final de la temporada, la serie te suelta la bomba: Slink trabaja para Heart Enterprises. Es un empleado más de la corporación. Todo ha sido orquestado por ellos. La carrera, las muertes, los premios, todo. Y el espectador medio, ese ser de luces cortas, se queda con la idea de que Slink era un malo encubierto. Que el bufón resultó ser el verdugo. Que nos engañaron.

Pues no, Slink siempre ha trabajado para Heart Enterprises, Igual que tú trabajas para el sistema. Igual que yo trabajo para el sistema. La diferencia es que él lo sabe y tú finges no saberlo. La diferencia es que él utiliza su posición para sabotear la máquina desde dentro, para ridiculizarla, para hacer que sus engranajes chirríen. Tú, en cambio, llegas puntual a tu puesto, sonríes a tu jefe y cobras tu nómina agradecido. ¿Quién es más esclavo? ¿El que baila la danza del diablo riéndose de la situación, o el que se la traga callado?

En el final de la temporada, Arthur, Grace y el propio Slink atacan las instalaciones de Heart Enterprises. Es un acto de rebelión. Es la única vez que vemos a Slink fuera del escenario, sin la máscara de animador, empuñando un arma como uno más. Y casi ganan. Casi destruyen el corazón del sistema. Pero la serie termina con una nota de ambigüedad: ¿lo han conseguido? ¿O solo han cambiado de verdugo?

La vida real fue menos ambigua. En la vida real, Syfy canceló Blood Drive el mismo día que se emitió el final. Heart Enterprises —la corporación, el sistema, los ejecutivos que no entendieron nada— apretó el botón y la cabeza de la serie explotó. ¿Casualidad? No. Lógica. El sistema se protege. Y si una obra de arte le señala las vergüenzas, la entierra. La silencia. La convierte en un objeto de culto menor, para que cuatro frikis la recuerden con nostalgia y nadie más hable de ella.

Pero aquí estoy yo, cabrones de SYFY. Hablando de ella. Y vosotros leyendo. Así que igual no funcionó del todo, ¿eh?

Capítulo VI: Por qué sois todos unos Rompetechos de la vida (y no, no es culpa de la televisión)

Vamos a ser sinceros, que para eso me pagan (no, no me pagan, lo hago por mala hostia. Al menos por esta vez). Blood Drive fracasó. Fracasó en audiencia, fracasó en crítica, fracasó en todo. Y no fue porque fuera mala. Fue porque era demasiado inteligente para el público al que se enfrentaba.

El espectador medio del siglo XXI está entrenado para no pensar, solo para consumir. Para tragarse la historia sin hacer preguntas. La televisión le ha enseñado que la violencia es entretenimiento, que la crítica social es un adorno, que el final feliz es un derecho adquirido. Y Blood Drive le dijo: «No, colega, aquí no hay final feliz. Aquí hay sangre y muerte y una corporación que te va a follar igual que te folla tu banco. Y encima te vas a reír, porque lo que te muestro es tan absurdo que no puedes evitar reírte, pero en el fondo sabes que no es tan absurdo. Es solo tu vida con un poco más de maquillaje».

Y el público no soportó la incomodidad. Prefirió cambiar de canal. Ver The Big Bang Theory por séptima vez. Cualquier cosa antes que mirarse al espejo y verse la sangre en los dientes.

Los críticos, por su parte, hicieron lo que mejor saben hacer: vomitar opiniones prefabricadas. «Demasiado violenta», «excesiva», «sin sustancia». Como si la violencia en una serie sobre el capitalismo tuviera que ser comedida. Como si la sustancia estuviera en los diálogos profundos y no en las imágenes. Pero es que estos críticos son los mismos que aplauden series donde la crítica social se limita a que un personaje diga «el capitalismo es malo» en un momento dado, para luego seguir con la trama romántica. Blood Drive no te dice que el capitalismo es malo. Te lo muestra. Te lo mete por los ojos. Te lo hace sentir en las vísceras. Y eso, para un crítico que vive de escribir sobre series, es demasiado. Porque no sabe cómo etiquetarlo. Porque no encaja en ninguna casilla de las que le han enseñado. Porque le debe lealtad a quien le debe lealtad.

Y los ejecutivos de Syfy… bueno, los ejecutivos de Syfy son lo más parecido a Heart Enterprises que existe en el mundo real. Gente que solo entiende de números. Gente que mira una serie y no ve arte, ve contenido. Ve horarios. Ve funnels de audiencia. Y cuando vieron que Blood Drive no daba los números esperados —y encima generaba controversia, y encima les señalaba a ellos mismos como parte del problema—, hicieron lo único que saben hacer: cortar por lo sano. Cancelar. Enterrar. Fingir que nunca existió.

La cancelación de Blood Drive es la prueba definitiva de que la serie tenía razón. El sistema mata lo que le amenaza. Y lo mata con la misma sonrisa impersonal con la que Heart Enterprises mataba a los concursantes rezagados. «Lo siento, las reglas son las reglas». Las reglas las escribes tú, cabrón. Pero bueno, para qué discutir con un cadáver.

Epílogo: Julián Slink sigue ahí, dándonos pollazos en la cara hasta que espabilemos como sociedad.

Blood Drive fue cancelada. Los coches dejaron de correr. La sangre dejó de manchar las pantallas. Y Syfy siguió emitiendo sus porquerías habituales, sus series de género sin género, su catálogo de mierda insípida.

Pero Julián Slink no murió. No puede morir. Porque Julián Slink es una idea. Es la idea de que el arte puede ser un campo de batalla, una guerra cultural. De que la risa es un arma. De que enfrentarse al sistema con mala hostia y estilo es la única postura digna para un artista en tiempos de mierda.

Slink está ahí, en algún rincón podrido de la cultura pop, esperando. Esperando a que el público espabile. Esperando a que los críticos dejen de mirarse el ombligo. Esperando a que una generación de espectadores hartos de precariedad, de contratos basura, de alquileres imposibles, de ansiedad crónica, mire la serie y diga: «Hostia, tenía razón. No era solo una serie de coches con sangre. Era mi vida».

Hasta entonces, Slink seguirá con el taladro en la boca, recitando a Shakespeare, sonriendo a cámara y diciendo esa frase que resume todo lo que necesitas saber:

Me gustaría saber como SYFY limpio todo este zancocho. Me refiero a hacer que prácticamente desapareciese de todas partes la serie.

«Bienvenidos al infierno, señoras y señores. Las puertas se cierran detrás de ustedes. La única salida es a través de mí».