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Siete notas en negro

David G. Panadero on 17 junio, 2016 - 7:30 am in Giallo, PELÍCULAS

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Crítica: Siete notas en negro, de Lucio Fulci

Título: Siete notas en negro (Sette note in nero). Año: 1977. Duración: 95 min. País: Italia. Director: Lucio Fulci. Guión: Lucio Fulci. Música: Franco Bixio, Fabio Frizzi, Vince Tempera. Fotografía: Sergio Salvati. Reparto: Jennifer O’Neill, Gabriele Ferzetti, Marc Porel, Gianni Garko, Ida Galli, Jenny Tamburi, Fabrizio Jovine, Riccardo Parisio Perrotti, Loredana Savelli, Salvatore Puntillo.

Conocido por sus peculiares tablas de carnicero, Lucio Fulci se adueñó de los cines de barrio a principios de los 80 con películas que jugaban al más desagradable todavía. Aunque su debut como realizador data de 1959, y ha cultivado todos los géneros populares en boga en el cine italiano —de comedias a cine juvenil, de spaghetti western a cintas históricas o de gánsteres—, lo cierto es que la mayor parte de su abundante filmografía se encuentra en el limbo del cine descatalogado, que en muchas ocasiones no ha sobrevivido a la Era digital.

Siete notas en negro (1977) es una de esas películas que hasta fechas recientes ha sido una joya oculta, conocida ahora gracias a la edición en DVD de Regia Films. Muy posiblemente hubo ediciones disponibles en VHS en los primeros tiempos de los videoclubes, y de su paso por salas españolas —una copia aligerada en algunos minutos respecto al original italiano— no queda constancia en nuestro Ministerio de Cultura, ni siquiera a título estadístico.

Vi por primera vez Siete notas en negro hará un par de años y me ayudó a romper un tópico muy extendido entre los cinéfilos de mi generación, los que nos educamos visualmente entre la desaparición de los cines de barrio y la aparición de los videoclubes. Conocíamos a Lucio Fulci sobre todo por tres películas que tuvieron especial repercusión: Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (1980), El Más Allá y Aquella casa al lado del cementerio (las dos últimas de 1981). Muchos le considerábamos desmañado y absurdo, aunque nos atraía la expresividad de cada uno de sus fotogramas, su aire enfermo y desquiciado. Su peculiar sello, digamos autoral,  combina el terror de trazo grueso con el surrealismo y el Teatro de la crueldad. Su falta de escrúpulos unida a su cultura visual y experiencia como crítico de Arte le ha llevado lejos, al menos para cierto tipo de cinéfilos entre los que me incluyo.

Conocido por esa irracionalidad y esa exploración continua de los límites, sorprende pensar que hubo otro Fulci artesanal, equilibrado, que sabía rematar perfectamente cada detalle de una trama de misterio, que dirigía a sus actores de forma competente y se permitía una elegancia estética llena de matices en iluminación y composición, dosificando con habilidad la intensidad de los momentos cumbre.

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Partiendo de un guión especialmente inspirado en el que participan el propio Fulci y el entonces prolífico y a menudo brillante Dardano Sacchetti, Siete notas en negro se sumó a la corriente entonces ya estancada del giallo pero desde una perspectiva novedosa. Su título de referencia, del que tomó prestado más de un detalle, es Rojo Oscuro (1975), pero se permite incluso superarla. No desde los apartados técnicos o de presupuesto, pero sí por la irrupción de lo sobrenatural en su argumento. Se cuenta que fue Pupi Avati quien le recomendó a Argento una deriva esotérica en su cine, y da la impresión de que de forma soterrada, fue Fulci quien llevó ese consejo hasta las últimas consecuencias.

Una mujer (la irresistible brasileña Jennifer O´Neill) que ha contraído matrimonio con un poderoso hombre de negocios se ve asaltada por visiones turbadoras que amenazan su felicidad. Aunque en su entorno le aconsejarán que desatienda sus corazonadas, se adentrará en una mansión propiedad de su marido, y no pudiendo vencer la curiosidad, echará abajo una pared y encontrará un esqueleto… El esquematismo de tantos y tantos gialli se vence en dos direcciones: Lucio Fulci apostó por el esoterismo y no incurrió en dobles explicaciones. La ambigüedad queda desterrada: las visiones acercan a esa mujer a la Verdad. Además, no es tanto la identidad del asesino lo que se cuestiona como la demostración de un principio teórico: ella misma teje el Destino del que quiere escapar.

El ambiente artístico y esotérico de Siete notas en negro, las leyendas locales, lo que se rumorea sobre determinada mansión de las afueras, el cadáver tras la pared —alusión directa a Poe, su gato negro y su miedo al entierro prematuro—, la divulgación de un crimen del pasado que tendrá consecuencias lamentables… Son muchos los puntos en común entre Siete notas en negro y Rojo Oscuro. Pese a las diferencias de producción entre una y otra, la película de Fulci no es en absoluto desdeñable, incluso dosifica con más sabiduría las sombras y el color, creando un conjunto más detallista y delicado, que no cae en la saturación estética y la reiteración tan típicas de Argento.

Al contrario que en tantas otras cintas italianas del género, la eficacia narrativa de Lucio Fulci le ayuda a salir de más de un callejón sin salida —las paradojas del argumento crean un bucle que, una vez conocido el desenlace, nos invita a revisarlo mentalmente para fijar y ordenar las piezas—. Posiblemente solo se acusan las carencias de presupuesto. Contrasta demasiado el reiterativo uso del zoom —aquí es más una solución de continuidad facilona que un recurso expresivo— con el detallismo de muchas escenas, en especial la galería de arte o el interior de la mansión, de luz manierista y contrastada. Como tantas veces, se nota la pasión volcada en ciertos momentos y la rutina que nos lleva a ellos.

Hablando de Rojo Oscuro y de cómo sirvió de modelo para Siete notas en negro no puedo dejar de mencionar otra película de ese mismo año que a mi parecer parte de la misma premisa. Shock (1977) es la última película de Mario Bava, realizada con una notable precariedad de medios, rodada casi totalmente en un chalet y con efectos caseros.

El realizador de San Remo consigue, con todo, imprimirle suficiente nervio para que de alguna manera siga siendo un referente: viendo Babadook (Jennifer Kent, 2014) se recuerda en más de un momento esta modesta película. Aunque la trama siga otras estrategias y el realizador se centre en otros puntos de vista, el conflicto y el argumento son los mismos que los de Rojo Oscuro y por tanto, los mismos que los de Siete notas en negro. Nanas infantiles desquiciadas, un pasado funesto que vuelve a la luz, un secreto tras las paredes…

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