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Rob Zombie (II)

Alfredo Bonzo on 15 febrero, 2017 - 6:07 pm in REPORTAJES

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Dossier Rob Zombie: La Casa de los 1.000 Cadáveres y Los Renegados del Diablo

Fue la colaboración de Rob Zombie con la productora Universal en su parque temático del terror ubicado en Hollywood, Halloween Horror Nights Hollywood, lo que le valió la financiación de su primera película, La Casa de los 1000 Cadáveres (House of 1000 Corpses, 2003). Aunque el espectáculo que Rob Zombie diseñó ya no está disponible en la atracción, el realizador montó uno de similares características que llevaba en avance su propio nombre: Rob Zombie´s Great American Nightmare -actualmente cerrado-, centrado en el universo fílmico de su díptico La Casa de los 1000 Cadáveres y Los Renegados del Diablo (Devil´s Rejects, 2005). El coste de la producción del primer filme de Rob Zombie fue de 7 millones de dólares, llegando a recaudar en todo el mundo 17 millones, sólo en taquilla. Independientemente del buen rendimiento de la película en taquilla, se convirtió en un clásico instantáneo del cine de terror contemporáneo.

La Casa de los 1.000 Cadáveres toma ideas de muchas películas del horror norteamericano clásico, pero  señalaríamos tres títulos en concreto cuyos elencos compartirían algún actor con la película de Rob Zombie: Spider Baby (1968), Las Colinas Tienen Ojos (Hills have eyes, 1977) y La Matanza de Texas (The Texas Chainsaw Massacre, 1974), son títulos que Rob Zombie pasa por su túrmix, añadiéndoles su peculiar sentido estético freak show. La historia se plantea, de entrada, como un hecho real que pasa a la dramatización fílmica pocos minutos después de su comienzo. La acción de La Casa de los 1000 Cadáveres tiene lugar en una destartalada mansión propiedad de la familia Firefly, un núcleo familiar de hillbillies vetusto y depravado, cuya decadencia y salvajismo es precisamente lo que cohesiona a sus miembros e hila sus lazos afectivos. Considerándose virtualmente superiores al resto del mundo, la familia Firefly no tiene ningún tipo de empatía con lugareños ni forasteros, todos son susceptibles de ser torturados y asesinados alegremente en orgiásticos actos de nihilismo y barbarie, incluida la necrofilia.

Siguiendo la línea argumental de muchos títulos del subgénero hillbilly horror, unos urbanitas se dirigen a una zona rural, en este caso en busca de sitios curiosos para fotografiar y llevarse trofeos de los pueblerinos y los personajes extravagantes que encuentren en su camino. La actitud de los protagonistas es la de cierto complejo de superioridad respecto a sus congéneres de la América más profunda. Al encontrar el museo del horror del Capitán Spaulding (Sig Haid, también protagonista de Spider Baby), se ven abrumados por su interesante hallazgo. El ánimo de los jóvenes es el de divertirse con los descubrimientos freaks que van haciendo a lo largo de su ruta pero, como sucede en todas las películas de Hillbilly Horror, no están preparados para la oscuridad de una América profunda, ignota y heredera de algunos de los principios fundacionales de su nación: violencia, canibalismo e integrismo religioso, disfrazado aquí de satanismo. El aparentemente casual accidente que sufre su coche les conducirá a la casa de la familia Firefly, donde se inicia una narración de survival horror en la que todos los miembros de la familia darán rienda suelta a sus pulsiones más extremas. Se suceden entonces escenas de actos de extrema explicitud y violencia, matizados por insertos y tratamientos visuales que Rob Zombie emplearía posteriormente en algunos de sus videoclips, especialmente en el que hizo para el tema Dragula (del disco Hellbilly Deluxe, 2008). La noche de autos será precisamente la noche de Halloween, una constante en la obra de Rob Zombie.La-Casa-de-los-1000-cadaveres-capitan-spaulding los renegados del diablo

 

El efectismo con el que Rob Zombie adorna la película no pretende disimular su ajustado presupuesto. Su pretensión es la de ofrecer una galería de imágenes de locura freak show. Una vez que hemos penetrado en el mundo de la familia Firefly entramos en un cosmos insano en el que hasta la dulce Baby (Sheri Moon Zombie) es tan despiadada como su hermano Otis (Bill Moseley), degenerado y nihilista hillbilly que únicamente obedece a tres pulsiones: alimentarse de carne humana, la práctica de la necrofilia y una descarnada crueldad con sus víctimas. En el penúltimo acto de la película este personaje se revelará como sacerdote satánico -vestido con un traje rojo sangre, similar al de un obispo católico- y verdadero patriarca de la familia, amén de su otra autoridad, la madre Firefly (Karen Black), personaje que parece calcado de la incestuosa Kate Barker (curiosamente interpretado Shelley Winters) en Mamá Sangrienta (Bloody Mama, 1970). Hasta ese instante, Rob Zombie se muestra encajonado en las coordenadas de la rebeldía hillbilly y anti-sistema, con un guión cuya misantropía se manifiesta en todo momento en los actos de la familia Firefly. Queda claramente retratado este inconformismo anti-sistema en las vejaciones que sufre un grupo de animadoras, y en el asesinato y mutilación de dos miembros de las fuerzas del orden. Uno de los momentos más importantes de la película es aquella escena en el que vemos en plano cenital de tensión sostenida como Otis asesina al ayudante del sheriff Wydell.

Una vez llegada la hora del sacrificio ritual-satánico de los supervivientes del grupo de urbanitas, la ficción sobrenatural aparece de manera sanguinolenta y putrefacta. En satánica procesión, los jóvenes son vestidos de conejos rosas y obligados a entrar en una cueva donde los horrores preternaturales se quedan nimios comparado con lo que les espera, nada menos que el cirujano loco Dr. Satán, que está diseccionando cerebros en su morada de ultratumba. En medio de algunos insertos se cuela la canción de Rob Zombie, Run Rabbit Run, que forma parte de una efectiva banda sonora jaspeada de sonoridades groovies, psicodélicas y pesadillescas; esta canción también inspira la escena en la que Baby persigue y apuñala con saña a una de las chicas protagonistas vestida de conejo, sin duda un momento impactante.

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El registro de Los Renegados del Diablo es muy distinto al tono freak show de La Casa de los 1000 Cadáveres. En el principio de la película la familia Firefly está rodeada por la policía y se produce un brutal tiroteo al mando del sheriff John Wydell (interpretado por William Forsythe), un representante de la ley que parece salido de una máquina del tiempo procedente del Far West. Este tiroteo nos recuerda enormemente a los asedios a los forajidos de las películas del Oeste, pero más bien parece estar inspirado en el asalto a alguna de las granjas de la secta de Charles Manson en las que tuvo lugar el arresto de La Familia o, si queremos dotarlo de un halo de contemporaneidad, también nos puede recordar a hechos más cercanos en el tiempo, como el desastroso asalto al rancho del sectario David Koresh en Waco, Texas. Tras la refriega, la matriarca Firefly (ahora Leslie Easterbrook) es arrestada. Sin embargo Baby (Sheri Moon Zombie) y Otis (Bill Moseley) consiguen huir por una cloaca, acompañados por la canción Midnight Rider, del grupo Allman Brothers Band. Pronto se unirá a ellos el Capitán Spaulding (Sid Haig), desprovisto ya de su look de killer clown. Los Renegados del Diablo es una road movie que realiza una nueva aproximación al universo contracultural de la carretera, lisérgico y empapado en plomo y sangre, un tan característico estilo de vida de muchos personajes de la escena de la época, como Charles Manson y sus moteros de aspecto post-apocalíptico, o la sociedad discreta Hell Angels.

Los Renegados del Diablo es una obra sucia y bestial, alejada de los estilemas que lastran la producción musical-visual del director, con un look árido y realista desde el primer momento del metraje, estilo subrayado por el tratamiento fotográfico y el grano de la imagen. La segunda película de Rob Zombie es una cinta que funciona de una forma casi independiente a su predecesora, adquiriendo una fuerza propia, visceral, amparada en las desventuras de los asesinos y su periplo criminal, sangriento y enfermizamente fetichista, pero también dotado de cierto ánimo redentor, aunque parezca increíble.

Si no cabía la empatía entre el público y la familia Firefly en La Casa de los 1000 Cadáveres, en Los Renegados del Diablo hay varios hechos que marcan un viraje en las intenciones de Rob Zombie de consagrar a la familia Firefly como esos fuera de la ley que pugnan hasta la muerte por una poco entendible libertad individual. Zombie convierte a la familia Firefly en anti-héroes mediante con la filmación de varias escenas en las que sufren los excesos de la persecución del sheriff Wydell -y por tanto de la Ley-, todo esto a pesar de la brutalidad de los asesinatos que comenten en la primera parte de la película, como el salvaje asesinato de una camarera que se detiene a asistir a Baby en la carretera. El asesinato a sangre fía de la matriarca Firefly por el sheriff -ávido de desquite por la muerte de su hermano en la primera entrega, el sheriff George Wydell (Tom Towles)-, la traicionera celada de que son objeto Otis, Baby y Spaulding en un prostíbulo, o la sesión de “torture porn” a que les somete el mismo sheriff, ebrio de whisky y venganza, consiguen lo imposible: que el público vea a los Firefly como víctimas y no como verdugos. Como víctimas, en primer lugar, de una venganza, pero también del sistema y la sociedad en la que vivimos y apoyamos nuestras normas de convivencia.

Los renegados del diablo rob zombie los renegados del diablo

La incorrección política de Rob Zombie no solo es manifiesta, también es épica: en la climática escena final de Los Renegados del Diablo los protagonistas son acribillados por las fuerzas del orden en un control de carretera mientras suena de fondo el tema -¿cómo música diegética?- Free Bird, del grupo de rock sureño Lynyrd Skynnyrd. Antihéroes o víctimas de un sistema que pretende enjaular a ese llamado espíritu americano (Free Bird en la canción de Lynyrd Skynnyrd) dentro los márgenes de la ley y de la corrección política, esa escena final muestra el cariño que la cultura norteamericana dispensa a sus míticos criminales, ensalzándoles como representantes de aquella libertad plena -paradójicamente, para matar o para hacer lo que les diese la gana- que bien podría ser una personificación del neoliberalismo económico que con el que se construyó la nación y que sigue vigente a día de hoy.

Tras el atento análisis de este díptico dedicado a la familia Firefly podemos concluir que la consagración de Rob Zombie como realizador de películas de horror es un hecho incuestionable. Si añadimos la versatilidad que muestra para desarrollar su universo personal a todos los niveles cinematográficos, concluiremos que Rob Zombie no es sólo un notable director de películas de terror, también es un autor al imprimir su huella con una más que evidente severidad en desde sus primeras obras.

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