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Rob Zombie (I)

Alfredo Bonzo on 28 Enero, 2017 - 9:54 pm in REPORTAJES

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Dossier: Rob Zombie, freakshow y brutalidad

Las small towns, el desierto, las granjas abandonadas, las carreteras polvorientas, los poblados white trash. Son esos y otros lugares en los que la casi ausencia de ley hace posible la existencia de zonas oscuras, agujeros negros en los que no cabe otra opción que la de apoyar el relato en la hiperrealidad y el acontecimiento luctuoso como desencadenantes de la espiral del horror. Es indudable que el cine es un claro reflejo de la realidad en la que se vive, pasada por el tamiz de la codificación cinematográfica. Esa radiografía es la que hace Rob Zombie en una clave rabiosamente freak, en un imaginario rico y estimulante, aún con el riesgo -ojalá no suceda- de verse encasillado en las fronteras de su propia creatividad. Rob Zombie no recrea todas esas referencias de forma minuciosa, pero sí actualiza sus códigos culturales y los hace partícipes de una atmósfera agresiva y bizarra, unas veces de forma pictórica y otras alegórica, mostrándonos la cara menos amable de su país mediante un retrato hiperrealista y deformado.

Según a quien nos dirijamos, Rob Zombie (Robert Bartleh Cummings, 1965, nacido en Haverhill, Massachusetts) era más conocido como músico que como realizador de películas o viceversa. Lo cierto es que su espectro artístico es aún más amplio. Nacido en el seno de una familia de feriantes, sus intereses y dedicación posterior le convirtieron en un creador polifacético: a productor musical, diseño gráfico, ilustrador y director de la mayoría de sus videoclips, sumémosle también su labor como guionista casi en todas sus películas (únicamente fue coguionista junto al escritor de comics de terror Steve Niles en el filme Lords of Salem). El bagaje cultural y existencial de Rob Zombie ha hecho de él un personaje poliédrico, pero también autocomplaciente, cómodamente asentado en el universo freak show que ha creado a su medida; sus referencias están extraídas de una cultura popular norteamericana que ha puesto su ancla en momentos puntuales de su historia, especialmente en el ambiente contracultural de los años 60-70 y en un Far West que nunca terminó de abandonar las zonas más rurales y profundas de Norteamérica.

Durante su niñez, es más probable que Rob Zombie tuviera la dudosa suerte de presenciar la Guerra de Vietnam (1955-1975) en su televisión. La nación entera no fue ajena a un conflicto que se retransmitía de forma entusiasta a través de los boletines diarios -sin censura- que terminaron por mostrar precisamente lo contrario al triunfalismo oficial. A partir de 1975, cuando se produce la desmovilización de las tropas y un gran número de veteranos regresa a casa, el panorama es desalentador: una generación entera de norteamericanos estaba afectada por numerosos traumas psicológicos producto de la contienda, amén de las secuelas físicas a miles de veteranos como resulta de las heridas recibidas en el campo de batalla. La cultura cinematográfica de la época ya llevaba una década sublimando el sentir de la nación en forma de una corriente fílmica decisiva para el ulterior desarrollo del realizador, el American Gothic. Analizada hasta la saciedad, esta época dorada del cine de terror norteamericano reinventó los iconos del terror clásicos con un giro sanguinolento y rabiosamente incontenido, adaptándolos a la realidad de un país que debía convivir con sus propios monstruos, sus muertos, mutilados, desquiciados y el sentimiento de culpa por los continuos excesos y brutalidad de las tropas norteamericanas contra la población vietnamita.

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En el American Gothic nos encontramos áreas rurales pobladas de asesinos analfabetos, mutantes, caníbales sectas satánicas, casas de campo encantadas por antiguas maldiciones familiares –arrastradas desde la época de los primeros colonos-. El acervo de Rob Zombie se nutre de todo esa caterva de anomalías, también del producto cultural de la Guerra de Vietnam, la psicodelia y la contracultura. En lo musical, y a pesar de que a Rob Zombie se le encasille, con evidentes motivos, en el rock industrial o metal industrial, apreciamos en sus composiciones algunas sonoridades con una clara deuda de las bandas de psicodelia y rock de los años 70, reinventadas por Rob Zombie para crear un opus siniestro y agresivo. Así fue como mutó la percepción del fenómeno hippy a raíz de los asesinatos de Charles Manson y su secta. Charles Manson y su secta La Familia fueron los causantes de la masacre en el apartamento que habitaban Roman Polansky y Sharon Tate. Manson y sus acólitos irrumpieron en una fiesta y mataron a Sharon Tate, embarazada de ocho meses, y a todos sus invitados. La ritualidad de los asesinatos ha sido reproducida en gran número de films, pero fue en la  alocada I Drink Your Blood (1970) donde la inspiración en los asesinatos y excesos de Charles Manson llegó al paroxismo de ese retrato de la decadencia de la contracultura norteamericana. Rob Zombie tendría muy presente a Charles Manson y la muerte del flower power en la primera parte de su filmografía, concretamente en su díptico La Casa de los Mil Cadáveres (2003) y Los Renegados del Diablo (2005).

En el año 1978 se estrena un filme que marcaría profundamente la idiosincrasia cultural del rockero de Massachusetts, Rob Zombie quedaría impresionado por un género nacido en el crepúsculo del American Gothic: el slasher. La Noche de Halloween (1978), dirigida por el prometedor John Carpenter, cuenta las sangrientas peripecias de Mike Myers, un asesino en serie que cubre su rostro con una máscara de material plástico. Esta máscara inexpresiva le hace inmune a cualquier tipo de corriente empática con el público; el anonimato que da lugar a un rostro frío e inmutable le confiere el poder de perpetrar los asesinatos más salvajes con total iniquidad, ayudado por un enorme cuchillo de cocina y asestando brutales puñaladas debieron impresionar a toda una generación de jóvenes norteamericanos, entre ellos al bisoño Rob Zombie, tanto que se haría cargo del remake del principal título de la saga, Halloween El Origen (2007) y realizaría una de sus secuelas, Halloween 2 (2009), hasta la fecha quizás su mejor título. La noche en la que se desarrolla la película (Halloween o nuestra Noche de todos los Santos) es un continuo referente en su obra, Halloween es la noche de Saitan, en la que, según la tradición celta que llevaron a Norteamérica los primeros colonos, las almas de los muertos, junto a seres del inframundo, salen a la superficie y se manifiestan como fuerzas diabólicas de insanas intenciones.

El mosaico religioso cristiano norteamericano está principalmente construido por credos evangelistas, baptistas, católicos, protestantes, adventistas y también por cientos de iglesias locales y sectas de extrema radicalidad; a pesar de tanta diversidad, y por el origen tan contemporáneo de casi todos esos credos, ninguno dispone de las claves para decodificar el significado de dicha fiesta. Halloween es una festividad que muestra una inspiración más satánica que neopagana en su manifestación popular; para percatarnos de este hecho sólo hay que echar un vistazo al espectacular conglomerado de ofertas, eventos y parafernalia “diabólica” que Halloween está exportando a todo el mundo. El satanismo, aunque vinculado ideológicamente en los años 70 a la emergente Iglesia de Satán (fundada la noche del 30 de abril de 1966, noche de Walpurgis, por Anton Szandor LaVey), generó sonoros ecos en la cinematografía de la época, con prominentes títulos como La Semilla del Diablo (Roman Polansky, 1968). El American Gothic usó el satanismo como un elemento contracultural y diferenciador de la América profunda y telúrica, en contra de la otra América, urbana y consumista. El satanismo, como religión subterránea que el género sitúa en los pequeños pueblos del Medio Oeste norteamericano o en desérticos parajes perdidos en laberínticos cruces de carretera, es incorporada por Rob Zombie a su imaginario creativo, de hecho el realizador dedica de forma expresa al satanismo un capítulo de su filmografía con la hermética y poco comprendida Lords of Salem (2012), aunque menos explícitamente en el resto de su filmografía.

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Rob Zombie, fan de Alice Cooper, e incluso colaborador ocasional del que fue figura del glam-rock -en la canción “Hands of the Dead” (1996)-, aprovecha la idea de éste para llevar a los escenarios un nuevo espectáculo, un concepto diferente de horror show, con una música más dura y agresiva, una explicitud sonora de Metal con ambiente de pesadilla circense, una síntesis de esta puesta en escena que podemos encontrar en el DVD Zombie Horror Picture Show. Su carrera, a día de hoy, se compone de cuatro discos con su grupo White Zombie y seis discos como solista, ha girado por todo el mundo y ha participado en cientos de festivales multitudinarios, casi todos ellos adscritos al Metal y al rock duro, creándose a sí mismo un personaje que se implica en las performances más atrevidas.

En el terreno musical no habría inconveniente en hacer un paralelismo entre las carreras de  Rob Zombie y Marilyn Manson, ambos son músicos cuyas trayectorias se desarrollan paralelamente, en el marco de la reinterpretación de la iconografía del horror popular de los años 90. Aunque los dos artistas se hayan etiquetados como “rock industrial” o “metal industrial”, hay extraordinarias diferencias de carácter entre ambos. Si bien el aparataje estético de Marilyn Manson toma elementos de muchas tendencias, tiempos y lugares –desde Europa a Estados Unidos y desde el modernismo hasta la estética fetish-, la lectura que él hace del mundo actual es muy distinta a la de Rob Zombie.  Marilyn Manson -su nombre artístico es un referencia expresa al líder de la secta La Familia y a la diva Marilyn Monroe- utiliza la posmodernidad para diseccionar los sentimientos más profundos y la crisis social y de valores de su país; de hecho, los pequeños papeles que ha tenido en algunos filmes (El Corazón es mentiroso, 2004 o Let me make you a martyr, 2016) han sido los de un marginado solitario impregnado de cierta pátina de intelectualidad, un personaje envuelto en asuntos turbios pero, finalmente, mundanos.

Rob Zombie, sin embargo, ha huido del protagonismo ante la cámara excepto en sus videoclips, obviamente es el frontman de su banda. Ha sido su mujer, Sheri Moon Zombie, la que ha tenido un gran peso en el protagonismo de casi todos sus títulos, quizás para el músico y director es una forma de estar presente en la figura de la musa que parece inspirar gran parte de su trabajo musical y cinematográfico y sobre la que vierte sus obsesiones personales cuando escribe los personajes para ella. En su última película, 31 (2016), su filme más extremo después de Halloween 2, Rob Zombie realiza una brutal alegoría del orden social contemporáneo usando un juego mortal en el que Sheri Moon Zombie es la principal protagonista.

Con este inciso sobre el desarrollo de su carrera musical de Rob Zombie quedan apuntados los pilares fundamentales en los que se basa su universo creativo, aunque, obviamente, en este artículo nos interese mucho más su parte cinematográfica. Pasaremos de puntillas por su trabajo de animación The Haunted World of Superbeasto (2009), el fake trailer Werewolf women of the SS (2007) y por el proyecto fallido T-Rex. También nos quedaría en el tintero ampliar el presente texto a la iconografía e imaginario de sus ilustraciones y videoclips, pero indudablemente no buscamos tal alcance en este artículo puesto que derivaría en un artículo que, con toda probabilidad, se nos escaparía de los contornos que queremos acotar desde estas primeras líneas.

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