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Los Fantasmas del Sombrerero

Alfredo Bonzo on 20 Mayo, 2016 - 7:35 am in Cine de Autor, PELÍCULAS

los fantasmas del sombrerero poster los fantasmas del sombrerero

Crítica: Los Fantasmas del Sombrerero, de Claude Chabrol

Título: Los Fantasmas del Sombrero (Les fantômes du chapelier). Año: 1982. Duración: 120’. Guión: Claude Chabrol (Novela: Georges Simenone).  Música: Matthieu Chabrol. Fotografía: Jean Rabier. Reparto: Michel Serrault, Charles Aznavour, Aurore Clément, François Cluzet, Isabelle Sadoyan, Monique Chaumette.

La filmografía de Claude Chabrol se ha caracterizado por la utilización de muchos tópicos recurrentes en el cine francés, uno de ellos es la disección del pensamiento y hábitos burgueses. El retrato de las inquietudes de la clase media-alta francesa abarca prácticamente toda su filmografía, en muchas ocasiones basada en adaptaciones literarias. Los Fantasmas del Sombrerero (Les fantômes du chapelier, 1982) está realizada en una de sus épocas más prolíficas, abandonando definitivamente las formas del movimiento de la Nouvelle Vague al que él orgullosamente perteneció -donde cultivó esa querencia por el análisis de su sociedad- y tras cuya huida fue tildado de traidor por sus compañeros de hornada. Es cierto que las  películas posteriores a su etapa en la nouvelle vague tienen un sabor clásico que dista miles de años luz de aquella vanguardia francesa y del estilo de los realizadores que aún quedaban en activo practicando sus códigos estéticos, realizadores, empero, que seguían insistiendo en la validez de una forma de hacer cine que sin más remedio debía evolucionar. Los Fantasmas del Sombrerero está basada en la novela homónima del George Simenon, autor clave de la novela policíaca en lengua francesa del siglo XX -Simenon era de origen belga-, una adaptación construida de manera muy respetuosa con la fuente original en la que se acentúan los elementos más irónicos presentes allí.

los fantasmas del sombrero michel serrault los fantasmas del sombrerero

En una pequeña ciudad de provincias se suceden una serie de asesinatos de mujeres de mediana edad. Sin más nexo aparente que el de pertenecer a la clase acomodada de la ciudad, las víctimas aparecen siempre estranguladas, parece que hay un asesino en serie que repite metódicamente un patrón de comportamiento. En medio del pánico, un sombrerero (Michel Serrault) intenta que estos hechos no afecten a su negocio y su vida personal; su vecino, un sastre armenio (Charles Aznavour) de clase baja sospecha que alguien vinculado a la burguesía de la ciudad puede ser el autor de los crímenes, concretamente su vecino de negocio.

En Los Fantasmas del Sombrerero Claude Chabrol une a dos pesos pesados de la cinematografía francesa de la época en un duelo interpretativo en el que se desarrolla entre ambos personajes una relación de dependencia mutua. La desaparición de la escena del personaje del sastre deja al sombrerero en una situación de indigencia emocional que precipitará los acontecimientos hasta la resolución de los crímenes. Aparte de la trama detectivesca ,cuyo hilo conductor y conclusión ya se conoce desde prácticamente el principio de la película, lo más interesante es observar como Claude Chabrol construye el universo burgués de provincias, su jerarquía y la permeabilidad de la relación entre personajes de distinto estrato social –las escenas del casino-. En Los Fantasmas del Sombrerero no queda ni el estamento religioso fuera del foco del cineasta francés y se subrayan con más intensidad las diferencias aún más profundas entre el mundo rural y el urbanita, sustantivadas en la relación del sombrerero con su criada.

 Los Fantasmas del Sombrerero respira un aire muy clásico a pesar del año de producción, 1982; la dirección de arte se esfuerza en dotar de un tono antique a toda la escenografía y la guardarropía, no en vano el protagonista es un sombrerero, complemento de vestimenta que pertenece a un momento histórico muy pretérito. La fotografía de Jean Rabier envuelve toda la película de tonos pardos, retratando el color beig de la decadente arquitectura de esa ficticia ciudad de provincias y el no menos ajado hogar donde malvive el compañero de tribulaciones del sombrerero. Claude Chabrol demuestra también su versatilidad como cineasta en sus movimientos de cámara y cambios de plano, siempre con cierta sujeción formal. A pesar de ese clasicismo con el que hemos etiquetado a Los Fantasmas del Sombrero, su realización nos asoma a un realizador que procede de la vanguardia y deja su impronta en un producto a priori poco atractivo para una realización más experimental.

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Los Fantasmas del Sombrerero sorprende y destaca de otras producciones de asesinos en serie (psycho-killers)  por su gran sentido del humor; en un principio no se pretende ocultar la identidad del criminal pero sí sus motivaciones, elemento más hilarante de la historia. La sucesión de los asesinatos, sus consecuencias colaterales en la vida burguesa de la ciudad y cómo afectan en lo personal a los protagonistas -lo que les permite mostrar su bis más cómica- forman, en su conjunto, un título donde el sentido de la ironía ahoga cualquier morbo añadido a los crímenes, un humor negro donde la exhibición reprimida de las emociones más primarias realizan un severo retrato del asesino, pinceladas que nos evocan a aquellos psicópatas degenerados del Medio Oeste norteamericano del tipo Ed Gein. Desde el punto de vista del género no sólo hallamos guiños a Ed Gein, inspirador del filme american gothic Deranged (1974), también el maniquí como elemento suplantador de la persona dominante y castradora aparece en otros títulos de la época dorada del terror norteamericano: Trampa para Turistas (Tourist Trap, 1979) y Maníaco (Maniac, 1980).

Sorprendente esta película,  Los Fantasmas del Sombrero, para el aficionado contemporáneo al cine de terror, una grata experiencia firmada por uno de los directores más clásicos y reconocidos del cine francés que siempre ha explorado los entresijos de la clase burguesa en películas repletas de humor negro. Los Fantasmas del Sombrero tiene el añadido de la ambientación y del buen hacer de sus protagonistas, especialmente de Michel Serrault.

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