Las Manos del Destripador


Año: 1971. Duración: 85’ País: Reino Unido. Director: Peter Sasdy. Guión: L.W. Davidson. Música: Christopher Gunning. Fotografía: Kenneth Talbot. Reparto: Eric Porter, Anghard Rees, Jane Merrow, Keith Bell, Derek Godfrey, Dora Bryan, Marjorie Rodhes, Lynda Tabon, Marije Lawrence, Margaret Rawlings.

A finales de los años sesenta los productores de la Hammer, conscientes del hastío que estaban provocando las antiguas fórmulas que antaño les otorgaron un éxito sin precedentes, decidieron tomar un nuevo rumbo reinventando por una parte las antiguas constantes hammerianas, y por otro, proponiendo nuevas temáticas, todo sin salirse de la tónica british con que estaban barnizados todos sus productos. Y dentro de ese giro –no tan radical como se pueda pensar- se encontraba el nombre de un director de la casa, Peter Sasdy, el autor de una de las mejores películas de la saga de Drácula, El Poder de la Sangre de Drácula (Taste the Blood of Dracula, 1969), quien se encargaría de la realización de unos cuantos títulos de la nueva etapa; uno de ellos, Las Manos del Destripador (Hands of the Ripper, 1971). Ésta no fue la primera aproximación de la Hammer al legendario asesino, la primera fue Room to Let (1955), cuyo guión coescribía el propio Sasdy; tampoco fue la última pues en el mismo año de producción de Las Manos del Destripador, otra película de la Hammer, El Doctor Jeckyll y su hermana Hyde (Dr. Jekyll and sister Hyde, 1971) también incluiría en su guión referencias más que implícitas al asesino de Whitechapel. En este ánimo renovador, Peter Sasdy también se animó a dirigir una de las películas más famosas sobre la Condesa Bathory, la fallida y grotesca Condesa Drácula (Countness Dracula, 1971).

Peter Sasdy, cineasta de origen húngaro, toma el personaje de Jack el Destripador casi de refilón, sin llegar a hurgar en los entresijos de los crímenes de este serial killer. Ahora la responsabilidad de los asesinatos recae sobre su hija Anna (Anghard Rees), que de pequeña, desde su cama observa como Jack el Destripador asesina a su madre –y esposa de este asesino- en su propia casa. El recuerdo traumático de este crimen, unido a detalles como el resplandor del fuego de la chimenea y un beso en la mejilla, serán los detonantes para que la personalidad de Jack el Destripador se despierte en su hija, pese a los denodados esfuerzos del Dr. Pritchard (Eric Porter), que la acoge para intentar curarla y finalmente es encubridor de los crímenes que ella perpreta en estado de enajenación. Este desdoblamiento de la personalidad tiene unas causas de índole fantásticas que sólo en el último acto del film quedan claras: en la escena en la que Anna, al intentar asesinar a su última víctima, se nos muestra un primer plano de los ojos de Anna que, a renglón seguido, se superponen con los de Jack el Destripador. El origen del mal queda desvelado, descartando la hipótesis de la esquizofrenia: Anna está poseída por el espíritu de su padre, que se manifiesta en los momentos en el que confluyen los detonantes mencionados. Estos detalles argumentales, junto a la diversidad en la ejecución de los asesinatos y de las armas utilizadas, nos remiten de lleno a otro género que estaba arrasando en Europa en aquellos momentos, el giallo. La idea del guiño genérico queda reforzada si tenemos en cuenta que todo el peso de la violencia recae sobre el género femenino, amén de que la película cuenta con un componente sexual que flota de forma evidente en el ambiente, y que motiva y condiciona claramente a los personajes.

Anna aparece retratada como un ser de naturaleza inerte, casi pasivo, con un espíritu manipulado y condicionado por la voluntad de su padre, el Destripador. Anna va de mano en mano, sin entender lo que la está ocurriendo y sin tener consciencia de los crímenes que está cometiendo, crímenes de crueldad extrema que son reflejados en pantalla mediante escenas de gran contenido gore. La relación de ésta con el Dr. Pritchard va más allá de un mero trato médico-paciente para convertirse en una suerte de historia a lo Pigmalión, de carácter casi pedófilo –Anna tiene 17 años mientras que Pritchard es un hombre bien maduro-, que queda meridianamente claro cuando el Dr. Pritchard da un beso en la boca a la inconsciente Anna. La pedofilia, como práctica habitual de la nobleza, queda escenificada cuando sucede el primer asesinato, en el que ejerce como testigo de cargo el Sr. Dysart, interpretado soberbiamente por Derek Geoffrey, que exhibe una lección de flema británica difícil de olvidar. No obstante, son el Dr. Pritchard y Anna el eje alrededor del que se mueve todo el film, que termina siendo una película romántica, de amores imposibles, mediante la caída de Anna desde lo alto de la catedral de San Pablo –reproducida en un set ante la negativa para filmar in situ- y su muerte junto al  moribundo Pritchard. En esta escena, el score, de tintes postrománticos –firmado por Christopher Gunning- cambia a un estilo más lírico y operístico durante el contrapicado por el que se opta como solución visual para la escena.

Jack el Destripador, como personaje principal, aunque sea entre bambalinas, aparece con todo su esplendor en la escena en la que asesina a su esposa, cuando ésta descubre que su marido es el sanguinario asesino. En esta escena, Jack el Destripador aparece caracterizado con todo su atuendo habitual: un elegante traje, capa, sombrero de copa y el indispensable cuchillo de grandes dimensiones. Al final de esta escena se muestra su cara en un primer plano: está cubierta de pústulas; los creadores del personaje remarcan de esa manera una de las motivaciones que pudieron llevar a Jack el Destripador a cometer los asesinatos: habría sido contagiado de sífilis por una prostituta y sus crímenes serían una forma de venganza. Una caracterización más impresionante y perturbadora llegaría de mano de los Hugh Brothers en su película Desde el Infierno (From Hell, 2001 ).

En Las Manos del Destripador la Hammer abandona el entorno rural que caracterizaba a sus más famosas producciones y nos lleva a la vida cotidiana del Londres victoriano, en el que también existen esos contrastes de clases tan subrayados por la Hammer en todas sus producciones, pero donde se adivina la existencia de una clase media incipiente que convive entre la acomodada nobleza urbanita y un grueso de la población sumido en una pobreza estructural. En este caldo de cultivo, en el que se van a producir profundos cambios sociopolíticos –estamos en las postrimerías del siglo XX-, la superstición es abandonada en pos del desarrollo de algunas ciencias analíticas que pretenden explicar los fenómenos paranormales desde una óptica científica; no en vano, el Dr. Pritchard es un médico psicoanalista y pretende curar a Anna mediante una novedosa terapia –el porqué del ahínco por proteger a la muchacha ya se ha comentado anteriormente-. Además, una nueva religión ha irrumpido con fuerza en los círculos burgueses de la ciudad, el espiritismo. El guión pone varias veces sobre el tapete la teoría espiritista, la primera como fraude, en el que Anna se ve utilizada, y la segunda como realidad, como una forma de sanación y de introspección anímica. Y las cosas no sólo se mueven en los círculos burgueses, las clases bajas comienzan a despertar y reclaman sus derechos; en uno de los paseos del Dr. Pritchard por Whitechapel apreciamos una pintada sufragista en la pared de una calle.

Las Manos del Destripador, con su fotografía brumosa, su música pástel y su lectura redundante en el poder manipulador del sexo, es una película que se muestra correcta en su puesta en escena, sin carencias ni estridencias, para nada una obra menor, aunque la productora Hammer, por aquellos años, ya estaba viviendo un otoño que convirtió su verdor en gris ceniciento, y del cual parece que vaya recuperándose, cuarenta años después, con producciones como La  Mujer de Negro (Lady in Black, 2012). Pero la Hammer clásica seguirá siendo irrepetible, y aparte de las sagas de los mitos terroríficos clásicos, cintas como Las Manos del Destripador nos ofrecen un postre estupendo a ese festín fantástico que es el catálogo de la productora. En nuestras retinas quedarán grabados los asesinatos de la enajenada Anna y la escena, increíblemente bizarra, en la que el Dr. Pritcher, se arranca un sable que Anna le ha clavado hasta la empuñadura –en la realidad eso es una muerte segura- con ayuda de la manilla de una puerta.

Puede que Peter Sasdy y la Hammer disfrutaran de mejores momentos, pero éste es inigualable y merece ser rescatado por el aficionado. La edición española de Las Manos del Destripador, editada por DIVISA, tiene un estupendo aliciente al ser una edición remasterizada,  y a un buen precio. Es una oportunidad de oro para completar nuestra colección de la Hammer con un título poco conocido pero indispensable.

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