Son of Babylon


Año: 2009. Duración: 95′. País: Iraq. Director: Mohamed Al Daradji. Guión: Mohamed Al Daradji, Jennifer Norridge. Música: Kad Achouri. Fotografía: Mohamed Al Daradji, Duraid Al Munajim. Reparto: Shazada Hussein, Yasser Talib, Hussen Mohammed, Bashir Al-Majid.

El victimismo del que hace gala la sociedad occidental es, cuanto menos, patético ante una parte del mundo, el llamado “tercero”, que hace aguas por todas las brechas que el colonialismo y neoimperialismo ha dejado allí, sumido en una pobreza estructural de difícil redención, y más aún tras la nueva estrategia geopolítica que significó el 11-S, fecha a partir de la cual los prebostes occidentales deciden satanizar  a los sátrapas que antes habían servido tan bien a sus intereses. A las claras, se interviene directa y militarmente, por causas falsamente humanitarias, allá donde los dictadorzuelos de turno no se mostraban proclives al abandono voluntario del poder, a favor de unas muy dudosas democracias dirigidas por las grandes corporaciones comerciales occidentales. Pero habría que preguntarse qué ocurrió en esa etapa previa a las aventuras neoimperialistas de EE.UU. y Europa, concretamente en Oriente Medio, periodo que sembró la semilla del panorama mundial tal y como lo conocemos hoy. Por aquel entonces, y en un país llamado Iraq –segundo estado elegido para su la democratización forzosa tras el 11-S; el primero fue Afganistán-, la Guardia Republicana de su dictador, Sadam Hussein, realizaba una operación de exterminio en el Kurdistán iraní, región que se alzó en armas durante la primera guerra del Golfo Pérsico, en la que George Bush (padre) intentó, sin éxito, destronar al megalómano dictador.

Son of Babylon (2009), segunda película de ficción del documentalista Mohamed Al Daradji, y ubicada temporalmente tres semanas después de la caída de Sadam Hussein, cuenta la odisea de una anciana (Shazada Hussein) y su nieto Ahmed (Yasser Talib) en la búsqueda de Ibrahim,  hijo y padre de ellos, desaparecido durante la represión al pueblo kurdo. La cinta se estructura en forma de road movie, de marcado carácter neorrealista, compartiendo puntos de conexión con la particular Alemania, año cero (Germanio, anno zero, 1948), de Roberto Rosellini, en una narración que recorre de un lado a otro el país, pasando por un destrozada y caótica Bagdad hasta una fantasmagórica Nasiriyah. No pasa inadvertida esta visión del país, machacado por la invasión de las tropas occidentales en 2003, que sumió definitivamente a la nación en un callejón sin salida, prácticamente imposible de recuperarse en generaciones. La presencia norteamericana se muestra de soslayo, mediante lejanas columnas de humo, ruido de ametralladoras, y la inquietante y peligrosa presencia de soldados norteamericanos en un control rutinario de carreteras.

No obstante, Al Daradji, usando como telón de fondo esa segunda guerra de Occidente contra Iraq, dirige su mirada al genocidio del pueblo kurdo. Los protagonistas recorren cárceles y fosas comunes con la vana esperanza de encontrar a Ibrahim en mitad de un país convertido en un desesperanzado desierto, devastado, y sumido en la más profunda miseria. Resultan estremecedoras muchas de las escenas en las que se nos muestra esta panorámica de Iraq, vestidas con una estética cruda, a la par que preciosista, conservando un tono de cruel belleza que no deja indiferente al espectador. Y es que esta cinta, al igual que otras que han denunciado las injusticias de la tiranía y el intervencionismo en los países árabes, como la coetánea The Stoning of Soraya M. (2008), no quiere renunciar a la belleza, aunque ésta se encuentre en un desierto sembrado de fosas comunes.

La presencia de un personaje esencial, Musa (Bashir Al Majid), sirve de contrapeso para equilibrar el aspecto emocional del film. Musa es un ex soldado  que participó, a la fuerza, en la represión del pueblo kurdo, y que se desvive por aliviar la tristeza de la anciana y su nieto. Sabedor de la tarea imposible que les aguarda, les promete llevarles a visitar los jardines colgantes de Babilonia, gloria del pasado iraquí y mito universal que les recuerda la edad de oro de su pueblo. Es la secuencia en la que se divisa la entrada al complejo turístico de los jardines colgantes con la que se finaliza la película, apareciendo este icono como un hito inalcanzable, huella de un pasado de esplendor que permanecerá vagamente en la memoria de los iraquíes.

Son of Babylon es una depurada muestra de cine social. Su contundencia y su belleza queda lejos de los histrionismos con que los realizadores occidentales han mostrado el conflicto iraquí, tales como el tímido victimismo que exhibe Ken Loach en Route Irish (2010). Durante la promoción de Las Tortugas También Vuelan (Lakposhtha hâm parvaz mikonand, 2004), film que trata desde otra óptica las consecuencias de la lógica belicista en el Kurdistán, su director, Bahman Ghobadi, indicaba que los invasores siempre prometen un paraíso a la nación invadida, pero ese paraíso es solamente para los primeros. Esta sentencia sintetiza con meridiana claridad quienes pagan los platos rotos del afán occidental para lograr el triunfo definitivo de la economía neoliberal, tal y como argumentaba Naomi Klein en La Doctrina del Shock (The Shock Doctrine, 2009).

Queda aquí esta inmensa muestra de dolor y de sufrimiento, pero también de búsqueda de la justicia, algo que no termina de llegar a estos rincones del planeta, donde sus habitantes crecen con el peso de la resignación, la de un futuro sin remisión, en el que quedan lejos, aún en la memoria colectiva, esos jardines colgantes de Babilonia.

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