Las Colinas Tienen Ojos (1977 y 1985)


Durante la promoción de la película Forrest Gump (1994), su protagonista, Tom Hanks, indicaba con buen tino que la Guerra de Vietnam significó el fin de la inocencia de Norteamérica. Sin duda, la intromisión de EE.UU. en el conflicto indochino y sus graves consecuencias dejaron un poso de amargura y violencia reprimida en la sociedad estadounidense. Todas las tardes a las 18 30 h durante prácticamente una década, los ciudadanos norteamericanos podían ver en televisión como las tropas que habían mandado allí  para combatir a la quinta esencia del Mal, el comunismo, terminaban usando su “arsenal de la democracia” contra indefensos campesinos y perpetraban terribles masacres. El impacto que generaban estos visionados junto al gran número de cadáveres y soldados mutilados que volvían a casa afectó al ánimo de la sociedad americana en su conjunto, que veía como la cotidianeidad de un pueblo anclado en los valores tradicionales de la familia y la religión se desmoronaba ante la lógica de aquellos “jardines de piedra” de los que hablaba Francis Ford Coppola (Gardens of Stone, 1987) que iban sembrando de sepulturas el país de costa a costa. Algo se había roto en la sociedad norteamericana: el asesinato de Kennedy, las tensiones raciales en las grandes ciudades, los veteranos guerra que salían a la calle reclamando un por qué, la contracultura, y la aparición en los medios de crueles asesinos  en ignotos lugares de la América profunda, hizo sentir a los norteamericanos que tras el mundo de comodidad edificado al finalizar la Segunda Guerra Mundial quizás el código genético de su nación tenía un trasfondo más oscuro y sangriento de lo que sus mandatarios se empeñaban en demostrar, no en vano las raíces fundacionales de la nación norteamericana fueron regadas con sangre durante el genocidio de las tribus indígenas.

En este contexto, la evolución del cine de terror estadounidense abandona la línea de producción de la Universal, con sus formalismos y referencias clásicas, y el género se lanza a la creación de obras viscerales y sangrientas, con películas en las que aparecían monstruos que no tenían nada de sobrenatural sino que eran producto del propio sistema socio-político norteamericano; nace el American Gothic, un marca de fábrica más que un género en sí, donde tienen cabida desde zombis caníbales producto de desconocidos experimentos (La Noche de los Muertos Vivientes, 1968), macarras de pueblo que se dedican a violar a jóvenes urbanitas (La Violencia del Sexo,  1978), hasta familias rurales de asesinos abandonados a su suerte en el midwest como consecuencia de la crisis económica (La Matanza de Texas, 1974).

En 1972 el joven director Wes Craven realiza una película feísta y cruda, La Última Casa a la Izquierda (Last House on the Left, 1972), orquestada con disonancias sonoras y rodada en unos 16 mm de grano grueso que logra un gran nivel de desasosiego e incomodidad en el espectador, todo esto aparte de la ferocidad de la violencia mostrada y de la insolencia de sus actores –algunos de ellos procedentes del cine porno- al realizar interpretaciones secas y contundentes, en absoluto medidas. Wes Craven había iniciado el descenso a los infiernos de la descomposición de la familia norteamericana que vertebraría el eje central de su mejor obra hasta la fecha, Las Colinas Tienen Ojos (The Hill Have Eyes, 1977).

Los Carter, una acomodada familia norteamericana viaja por un paraje inhóspito con la intención de visitar una mina de plata. Tras la parada en una gasolinera la familia se queda bloqueada en un desértico paraje rodeado de colinas. Éste lugar, antiguo banco de pruebas de armas atómicas del ejército norteamericano, es también la morada de una familia de mutantes caníbales que acosará a los visitantes con la intención de matarles y comer su carne.

Las Colinas Tienen Ojos también ejemplariza el choque cultural entre la ciudad y el mundo rural, y el traumático descubrimiento de esos monstruos existentes en la América profunda, supuesto lugar donde se guarda el tarro de las esencias de los más nobles valores norteamericanos. La familia Carter, con patriarca policía e hijos guapos y rubios, representa a la civilización y el orden, y la familia de mutantes caníbales representa al desapego la barbarie, una barbarie seca y sin contemplaciones que es consecuencia de aquella otra barbarie tecnológica –los experimentos con armas atómicas- que pretende salvaguardar el estatus social de comodidad de un reducido núcleo de la población norteamericana –como los Carter- a costa de la mayoría desfavorecida –la familia mutante-. Esta lectura sigue vigente hoy en día, como lo estará siempre, por eso la revisión de una película como Las Colinas Tienen Ojos resulta de lo más estimulante, y más si se trata de un film realizado con buen pulso y que ha soportado con entereza el paso del tiempo.

En el aspecto formal contemplamos a un Wes Craven amoldado a un rodaje más estándar y cuidado, usando recursos visuales muy en boga en la época como los zooms, los contraluces o los fundidos, pero que no deja atrás los elementos genéricos que le proporcionaron tanta fama en La Última Casa a la Izquierda. Las escenas de violencia son crudas, y más para la época, quedando perfectamente planificadas y ofreciendo pocas cortapisas a la hora de mostrar los sangrientos enfrentamientos cuerpo a cuerpo, como el brutal bodycount que diezmará rápidamente a la familia Carter. La secuencia del asalto de los mutantes a la caravana se resuelve con la espectacular muerte a tiros de dos de sus miembros en tan angosto espacio mientras que afuera el patriarca Carter es el plato principal de una barbacoa previa crucifixión. Incluso uno de los perros de la familia –icono de cohesión familiar exportado ya a Europa- es objeto de muerte y rapiña por los mutantes.

La familia de caníbales se asemeja a la de unos legendarios indios norteamericanos donde resplandece con luz propia el actor Michael Berryman, cuya gran envergadura (2,20 m de altura) y difícil morfología facial le ha hecho convertirse en un icono del cine fantástico de la época. Un nuevo contraste aparece en pantalla cuando Doug (Martin Speer) irrumpe en la cueva de los mutantes. Éstos se sirven de todo tipo de desechos dejados por los acomodados urbanitas y viven de forma tribal pero no miserable, como si de un mundo especular y torcido se tratase.

El final de la película juega con un tono actioner que aporta una extraordinaria dosis de entretenimiento a un guión ya de por sí robusto, el de una historia que también busca entretener y apartar al director de la peligrosa marginalidad con la que coqueteó en La Última Casa a la Izquierda: finalmente la familia Carter debe hacer frente a los caníbales con trucos de guerrilla, al igual que el Vietcong hacía para desgastar a las tropas norteamericanas, en una conclusión triunfalista no exenta de horror cuando Brenda (Susan Lanier) se torna en desquiciada scream queen y remata al Mercurio (Arthur King), el líder de la familia caníbal; entre tanto Doug asesina violentamente a Júpiter (James Whitworth) con un final fundido en rojo y el comienzo de los títulos de crédito bien acompañados de la banda sonora de Don Peake. El buen uso de los espacios abiertos y la ejecución de las escenas nocturnas redundan en la redondez de una película que es un clásico por derecho propio y que se demuestra imprescindible a la hora de hablar del cine de una época convulsa pero cinematográficamente muy rica.

Treinta años después el cineasta francés Alexandre Aja, responsable de la imprescindible Alta Tensión (Haute Tension, 2004) realizaría un remake de idéntico título, Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, 2006), que modernizaría el aspecto visual del original de Wes Craven y además enriquecería la iconografía de los mutantes dedicando varias secuencias al poblado a lo far west donde viven. La película de Aja fue todo un éxito de público y crítica y una muy digna revisión del clásico de Craven, a la vez que servía al director francés para su desembarco en los holgados presupuestos del cine norteamericano.

Las Colinas Tienen Ojos 2

La carrera de Wes Craven parece que no levantó cabeza desde su legendario film sobre los caníbales mutantes. Su cine se volvió más plano y descuidado, dejando atrás lecturas sociopolíticas y ambientes malsanos, y rubricando esta pérdida de talento con una cinta que más que una película parecía un videoclip de larga duración, la vacía e inocua Pesadilla en Elm Street (Nightmare at Elm Street, 1984).Tras ese lucrativo desastre artístico se decidiría a realizar la segunda parte de Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes 2, 1985). Pero ya son los años 80 y la escena cinematográfica ha cambiado, el slasher arrasa en las taquillas y cualquier propuesta que se salga de las estrechas coordenadas de ese subgénero está abocada al fracaso. En la continuación de Las Colinas Tienen Ojos no encontraremos ninguna de las razones que justificaron el éxito y  el paso a la posterioridad de su obra matriz. La nueva película de Wes Craven da más protagonismo al personaje de James Whitworth y se adscribe a las referencias genéricas de la época: el slasher y el cine postapocalíptico al estilo de Mad Max.

No es sólo el personaje de James Whitworth el que repite, también la joven Ruby (Janus Blythe), hija pequeña de la familia de mutantes, vuelve a aparecer en escena convertida ya en toda una señorita que reparte patadas de karate a los que fueron una vez su familia. En el comienzo del film también aparece brevemente el personaje del traumatizado Bob Carter (Robert Houston), como gancho meramente introductorio que es desechado por el guionista rápidamente.

Un grupo de amigos llega a la misma zona inhóspita donde vivían los caníbales, pero ya sólo queda allí Júpiter, acompañado del hermano de Papá Mercurio (una incoherencia respecto al primer film pues allí no se habla de que Mercurio tuviera ningún hermano) que lleva por nombre El Segador (Reaper). La pandilla de amiguetes se dedicarán a hacer el imbécil con sus motos -referencia a otro clásico del american gothic, Carrera con el Diablo (Ride with the Devil, 1975)-, a practicar sexo y a cabrear a los mutantes, que presentan un look más sofisticado y claramente inspirado en las estéticas postapocalípticas de la época. Uno a uno los excursionistas van a ser asesinados de forma horrible.

La película se construye aprovechando mucho metraje de la obra de 1977 y haciendo gala de una escandalosa falta de imaginación siquiera para plantear un punto de partida interesante. Sencillamente, y como les ocurría a la gran mayoría de los slasher de la época, a la película le falta una historia que contar. No es suficiente con rememorar los buenos tiempos de la anterior producción y poner en pantalla a unos cuantos adolescentes con exceso de testosterona a merced de los mutantes, se necesita mucho más para crear una obra tan inmensa como la de 1977.

Y si Las Colinas Tienen Ojos dio para una secuela, los productores de la versión de 2006 no podían esperar para hacer otro tanto y poco después del remake de Alexandre Aja se estrena El Retorno de los Malditos (The Hills Have Eyes 2, 2007), bajo la batuta del prometedor Martin Weisz, el director de Grim Love (2006), un film que narraba con buen tino y sensibilidad la historia del famoso Canibal de Rotemburgo. Los resultados de El Retorno de los Malditos quedan muy lejos de lo esperado al tratarse de una cinta de bajo presupuesto que juega con el manido argumento de un pelotón del ejército que se ve en apuros y que gracias a su formación castrense sabe salir victorioso del trance en el que se encuentra, en esta ocasión rodeado de mutantes. Destaca una escena erótica muy explícita entre una soldado y un mutante que quizás sea de lo poco interesante de la película.

La editora independiente 39 Escalones ha lanzado un pack doble en el que se reúnen las dos películas de Wes Craven. Las películas se presentan por primera vez en formato 16/9 y con el doblaje del estreno en cines, un lanzamiento que no debe faltar en la colección de cualquier aficionado al cine fantástico y, por añadidura, al cine norteamericano de los años 70. Y aunque la secuela generada por Las Colinas Tienen Ojos no sea tan interesante como la obra de donde procede, la inclusión de esta continuación en la presente edición es un interesante añadido que hará las delicias de los completistas; y bien merece dedicarla un par de visionados para comprender el auge y caída del american gothic, una forma de hacer cine que murió al mismo tiempo que una nueva generación de norteamericanos –los chicos que serían masacrados en los slashers ochenteros- estaba siendo cautivada por aquel consumismo que criticó George A. Romero en Zombie (Dawn of the Dead, 1978) y olvidó que el conflicto de Vietnam, la lucha por los derechos civiles y el asesinato de Kennedy eran parte de su historia contemporánea. Además, el pack se presenta en edición doble con una sugestiva portada y dos interesantes fotos en B/N en la contraportada.

FICHA TÉCNICA DEL PACK

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6 comentarios

  1. Ey Alfredo!!
    Ésta si la he visto. Suavita; pero muy dramática.
    Abrazotes

    1. bueno, para la época era la caña jaja, mejor la versión del 2008, que es más bestia.

  2. Estas dos películas, como adivinaras me parece una completa mierda, cargadas de efectismo barato, gore gratuito y sin el encanto de lo cutre. Eso si, tu articulo como nombras a otras y analizas de forma brillante, pues se hace llevadero. Cuídate

    1. La segunda parte es bastante mala jeje, tiene todo lo peor del cine de los 80, pero la primera es todo un clásico. Has visto la nueva versión?? Si te parece un poco cutres y baratas, ésta nueva versión creo que te gustará. Vivan los mineros mutantes!!!

      Abrazote!

  3. creo que vi el principio, es algo de unos militares o algo así que caen a una especie de cueva. Vi un rato ne el plus…prefiero no opinar. Feliz verano figura

    1. Esa es la secuela, el retorno de los condenados, me refería a la Alexandre Aja. A ver si tienes ocasión de verla alguna vez que creo que te va a gustar.

      Buenas vacaciones Plared!

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