Me Bebo Tu Sangre (I Drink Your Blood)


i drink your blood

Año: 1970. País: EE.UU. Duración: 90 minutos. Director: David E. Durston. Guión: David E. Durston. Música: Clay Pitts. Fotografía: Jacques Demarecaux. Reparto: Bhaskar Roy Chowdhury, Jadine Wong, Rhonda Fultz, George Patterson, Riley Mills, John Damon, Elizabeth Marner-Brooks, Richard Bowler, Tyde Kierney, Iris Brooks, Alex Mann

ADIOS AL HIPPY BUENO

En 1968 Roman Polanski dirigió una de las películas fundamentales del terror moderno, La Semilla del Diablo (Rosemary´s Baby, 1968), en la que una secta de satanistas urbanitas elegía a una mujer de clase media como receptáculo del hijo del Maligno en la Tierra. Tras sufrir una violación por el mismísimo Diablo, Rosemary despierta cubierta de arañazos y magulladuras, pero feliz y tranquila por el violento coito. Algo ha cambiado en Norteamérica y en el cine norteamericano. La Semilla del Diablo no fue la primera, pero sí una de las muestras más importantes del despertar de la inocencia de una nación. Ese despertar se llamó Vietnam, y a su sombra surgió un cine que no hablaba explícitamente de la guerra ni de las bolsas de cadáveres que llegaban semanalmente a Estados Unidos -eso lo harían diez años más tarde la retahíla de cintas que surgirían a la sombra de Apocalypse Now (1979)- pero sí vomitó el sentimiento de una generación de artistas que veían como sus amigos y parientes volvían a casa muertos y mutilados, y que todas las tardes contemplaban en directo como esos compatriotas arrasaban aldeas y reducían la selva a cenizas. Esa respuesta cinematográfica se llamó American Gothic. La primera de estas películas, y cinta fundacional del American Gothic fue La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, 1968), obra referencial sin la cual no se puede entender el resto del cine de género creado en la década de los setenta.

Roman Polanski fue aclamado por la crítica y el público, pero hubo otros que también pusieron sus ojos en él. El 8 de agosto de 1969 irrumpieron en su casa Charles Manson, Patricia Krenwinkel y Susan Atkins. Miembros de la secta satánica “La Familia”, creada por Manson, armados y completamente colocados con LSD, asesinaron a la mujer de Polanski, Sharon Tate, y a tres de sus invitados durante un ritual satánico. Del 15 al 17 de agosto de 1969 tenía lugar el Festival Woodstock, cuna del amor libre y el flower power, que logró reunir a una multitud nunca vista. El 6 de diciembre de ese año, el Almont Free Concert desembocó en luctuosos sucesos debido el consumo de drogas y alcohol: un joven afroamericano perdió la vida a manos de un motorista de los Hell Angels.  La era de Acuario, aquella en la que el ser humano encontraría el camino de luz y del amor con la ayuda de las drogas, mostraba sus claroscuros. La vertiente más dadivosa de esta movida, empapada con generosas dosis de LSD, hacía salir del interior de los simpáticos hippies a monstruos iguales a los que veían todas las tardes en televisión. Era el comienzo del fin de la contracultura.

Al socaire de estos acontecimientos, el cine norteamericano divide la contracultura en dos estereotipos. Por una parte la que representa el hippie soñador y libertario, cuyo film referencial es aquella oda a la libertad dirigida por Dennis Hooper, Easy Rider, en busca de mi destino (Easy Rider, 1969), y al lado el hippie malo, que encontraría su imagen en un film menos ambicioso, más exploit, pero no por ello vacío de referencias y significados, aunque más genéricos que la película anterior. El film es Me bebo tu sangre (I Drink Your Blood, 1970), escrita y dirigida por David E. Durston. Concebida como auténtico grindhouse, formó parte de un programa doble junto a otra de muy inferior calidad llamada I Eat Your Skin (1970). Ésta última, cinta de zombis en blanco y negro, minimalista y cutre como ella sola, desmerece totalmente tanto en forma como en fondo a su acompañante en la sesión doble.

HAY QUE HACER ALGO CON ESE MANOJO DE HIENAS SALVAJES (Dr. Banner)

Un grupo de hippies (multirracial, a más señas, pues hay componentes de varias etnias), realiza un ritual satánico en un bosque. Una lugareña es testigo de la ceremonia y es atrapada y violada. Al día siguiente, los hippies, cuya furgoneta está pintada con todo tipo de símbolos macabros en vez de flores y mensajes alegres, llegan a un pequeño pueblo carpenter gothic que va a ser tragado por las aguas de un pantano. Los escasos habitantes del pueblo, gente rural y pacífica, tendrán que hacer frente a los excesos de estos representantes de la modernidad, que no han llegado precisamente en son de paz. Y añado lo de “venir en son de paz” por lo que el film tiene de western; no en vano el jefe de la secta de hippies satánicos es un indio llamado Horace Bones  (Bhaskar Roy Chowdhury) que, aparte de ser trasunto de Charles Manson, también encarna al arquetipo del “apache sanguinario” con look a lo Geronimo. Otra referencia western, que está dentro del  guión, es la del típico pueblo del Oeste sin ley que se enfrenta a un rebaño de criminales que toman el pueblo, línea argumental vista en films como Infierno de cobardes (High Plains Drifters, 1972).

Tras la introducción, la primera parte de la película consiste en el acoso y la vejación de los paisanos por parte de los hippies, que no dudan en nombrar a un afroamericano como mandamás de la secta por una noche, tras ganar una cacería de ratas. Todo un insulto para los pocos WASP que residen en el pueblo. La coartada de la secta, hacerse pasar por un grupo de teatro, no dura mucho tiempo. Además, en su atrevimiento, el único que les hace cara, el Dr. Banner, veterinario del pueblo y de avanzada edad, es humillado y drogado con LSD, lo que provoca que su nieto, un chico rubito que parece salido de la película de Robert Mulligan El Otro (The Other, 1972) –otra obra referencial del American Gothic-, infecte con sangre de un perro rabioso unos pastelillos de carne que son ofrecidos a los hippies. Es éste el punto de giro de la cinta hacia otro terreno distinto al western, el del horror y la diversión más gamberra: el grindhouse.

Los hippies, infectados por el virus de la rabia, muestran comportamientos irracionales, feroces y promiscuos, abandonando las reglas “morales” -o mejor “inmorales”- que regían el funcionamiento de la secta, convirtiéndose en animales salvajes sedientos de sangre y sexo que actúan por solitario, y no como grupo. Además, transmiten la rabia mediante mordiscos o contagios venéreos, creando más monstruos. David Cronenberg utilizaría un recurso parecido en la vampírica Rabia (Rabid, 1977).

Esta parte de la película nos remite directamente al clásico de los clásicos, la ya mencionada Noche de los Muertos Vivientes. Los infectados asedian a los sanos con interés de asesinarles, morder su carne, o tener relaciones sexuales con ellos, un rato de violencia paroxista que es la parte más divertida de la película con numerosas escenas de una splatter hilarante con disecciones, decapitaciones, inmolaciones a lo gonzo e incluso una gang-bang. “Lo que más me preocupa es que estos hippies están drogados. Combinado con los efectos del virus de la rabia, son propensos a sufrir complicaciones inimaginables”, dice el Dr. Banner. Un tiroteo en off del sheriff y sus ayudantes acabará con la mayoría de los infectados. Hippies, drogas, rabia, violencia: puro grindhouse, pura diversión.

Otro apartado que merece la pena destacar es el musical. La banda sonora de la película, de Clay Pitts, es una soundtrack expresiva, llena de efectos y que se combina con géneros como el psychobilly en los momentos más emocionantes. A buen seguro que Sam Raimi tuvo en cuenta esta banda sonora cuando realizó Posesión Infernal (Evil Dead, 1981).

Los años setenta fueron tiempos en los que el cine norteamericano explotó el miedo a la existencia de cultos satánicos dentro del tejido rural de su nación. La película Carrera con el diablo (Race with the devil, 1975) fue concebida como una road movie de acción en la que, a modo de moderno western, una secta satánica encarnada por ciudadanos de apariencia normal –e incluso conservadora- acosa a unos desmelenados urbanitas por carreteras secundarias y polvorientos parajes desérticos. En La Lluvia del diablo (The Devils Rain, 1975) una familia acosada por una centenaria maldición busca sus orígenes en un alejado pueblo del Medio Oeste, donde se mueve a sus anchas una peligrosa secta satánica. Todos éstos, y más que quedan en el tintero, son ejemplos del miedo que el mencionado suceso de Charles Manson causó en la sociedad norteamericana y el impacto que tuvo en el cine.

Y al otro lado del charco, en España, en plena dictadura franquista, y como muestra de nuestra estrechez de miras, nos divertíamos mofándonos de los hippies con bizarrías como la canción de un grupo formado por conocidos actores de la época, Los Hippy-Loyas, y que dedica a los incomprendidos hippies una canción llamada LoveLoveLove. Mientras que películas como La Semilla del Diablo eran censuradas aquí, en Estados Unidos la contracultura vivía su auge y decadencia en plena orgía de LSD. Duró poco pero dio mucho de sí, para bien y para mal.

 

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2 comentarios

  1. Coño si Polanski viera aqui incluida su semilla del diablo. Sin duda se descojonaria. Por cierto la de los hipis si la vi. Un desfase total y absoluto, hay incluso uno de ellos que se muere varias veces….

    1. jajaja, hombre, no creo que le hiciese mucha gracia de entrada, que debió ser fuerte lo de Charles Manson, pero bueno, igual hasta se acercaba al video-cutre de la esquina a alquilarla y comerse un buen bol de palomitas.
      Lo del desfase, sin duda, menuda orgía de violencia los últimos veinte minutos. Es una pena que ya no hagan películas como éstas, para disfrutar sin complejos. Ayer me puse a ver “Mañana cuando la guerra empiece”, una versión libre de Amanecer Rojo, y no la pude terminar, que cansina…Cuanto hecho de menos un cine menos acomplejado por los FX y las noñerías adolescentes. En este sentido, lo que hace Tarantino -y no soy un gran fan suyo- me parece muy loable.

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